El domingo pasado tuve el placer de presenciar en Segorbe una ceremonía a la que nunca antes había asistido: una ordenación diaconal.

El acto en cuestión tuvo lugar en la catedral episcopal de Segorbe que, según pude conocer, es la sede del obispado de Segorbe-Castellón, pese a que la ciudad apenas supera los 8000 habitantes.

Curiosidades históricas al margen, la ordenación me pareció espectacular, por la cantidad de sacerdotes congregados -más de noventa- y por el lleno absoluto de la catedral. Incluso llegaría a decir que la ceremonia me resultó amena pese a su duración, ya que consistió en una amalgama de ritos y actos solemnes bastante curiosa y que nunca antes había presenciado.

De todo lo que vi y conocí el domingo, lo que más disfruté fue el reencuentro con algunos de mis amigos del Colegio Mayor Pedralbes, donde viví durante los primeros años de mi carrera, y es que la ocasión no merecía menos: uno de los nuevos diáconos era Marc, compañero de Colegio Mayor y de facultad -que no de estudios-.

Superada la impresión inicial de verle vestido con el clergyman y el alzacuellos -sobre todo porque las últimas veces que le vi hace años andaba vestido también de negro pero con una pandereta, una beca verde y dando saltos-, fue un verdader placer poder hablar con él después de tanto tiempo y comprobar que mantiene su carácter abierto y pragmático, con una alegría envidiable.

En este momento de denostación de la clase sacerdotal y de reproches recíprocos que, en muchos casos, alcanzan la descalificación, reconforta reencontrarse con gente extraordinaria, inteligente y consciente de la realidad, que es capaz de comprometerse con sus ideas hasta las últimas consecuencias.

Ánimo Marc, tienes mucho camino por delante, con una pequeña parada en octubre. 🙂

La ordenación diaconal de Marc
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