Vivimos tiempos extraños. Tiempos duros, tiempos difíciles, tiempos agudos y esdrújulos a la vez.

Vivimos tiempos en los que la tecnología permite la comunicación instantánea, ubicua y permanente; en los que todos podemos ser Dios y estar en todos los sitios en todos los momentos. Y sin embargo, cada vez encontramos más motivos para separarnos, para ser autónomos, independientes, autistas ontológicos irredentos y absurdos.

Recurrimos a la tecnología para ser mejores, para prosperar, para apalancar una vida nimia y convertirla en algo grande, mediático, falso y sin sentido. Y cuando nos damos cuenta de lo absurda de nuestra existencia, culpamos a la tecnología, porque  no ha conseguido que seamos felices; la convertimos en el Virgilio de nuestro paso por el purgatorio matricial, pero al final no encontramos a Beatriz ni llegamos a Sión, simplemente porque no existen.

Vivimos tiempos extraños. Nunca las civilizaciones estuvieron tan cerca y tan lejos, nunca había existido tanta distancia entre lo que un hombre necesita y lo que puede tener, ni había existido tanto para tantos, ni tantos con tanto, ni tantos con tan poco. En estos tiempos las cosas tienen precios absurdos, e incluso se dice que todas las personas tienen un precio. Yo no tengo un precio. Inténtalo.

Son tiempos extraños, acelerados y blandos, como nosotros. Tiempos en los que la necesidad -o, quizá mejor, su ausencia- nos ha hecho poco resistentes a la frustración, inermes ante el fracaso, cobardes ante nuestro propio futuro y poco ambiciosos al definir nuestras metas. Frente a estos tiempos se nos plantean oportunidades tan evidentes que no somos capaces de convertirlas en objetivos y el camino nos asusta tanto que renunciamos a andarlo.

Vivimos tiempos extraños. Conseguimos la felicidad. La perdemos. Fácil, rápido. Podemos pasar de la alegría a la pena, de la esperanza a la frustración, del todo a la nada, incluso de 0 a 100 en unos pocos segundos. Todo es efímero. En realidad, todo siempre ha sido efímero y lo seguirá siendo, porque es como debe ser.

Vivimos tiempos extraños y nos gusta vivirlos. De lo contrario, estaríamos ante el fracaso de nuestra civilización, el callejón sin salida de la humanidad, la pérdida de nuestro sentido como especie. Si hemos llegado hasta aquí es porque hemos decidido transitar este camino, a sabiendas de adonde conducía y por donde nos obligaría a pasar.

Vivimos tiempos extraños y a mí me gustan. Soy un sujeto activo de mi tiempo. He decidido vivirlo y agotarlo. No pretendo cambiarlo, pero no renuncio a no sufrirlo, a no quejarme, a sorprenderme y a aprender. Son tiempos duros, tiempos difíciles, en los que, a veces, tenemos que cerrar los ojos, coger aire, volver a abrirlos y seguir caminando, corriendo, saltando.

Vivimos tiempos extraños. Pero son los nuestros y nadie nos hará renunciar a ellos ni podrá arrebatárnoslos jamás.

Jamás.

Vivimos tiempos extraños

4 thoughts on “Vivimos tiempos extraños

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