Uno de los primeros efectos que provoca la crisis en las organizaciones es la paralización de cualquier inversión o gasto en áreas distintas al core productivo de la empresa. Vamos a criogenizarnos y a ver qué pasa. Cuando esa fiebre se traslada a todo un sector de actividad, ya conocemos el resultado. Menos inversión, menos innovación, más de lo mismo, menos clientes, menos empleo, menos de todo, piiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii. Sólo falta que el forense certifique la hora de la defunción.

Por suerte, siempre hay gente que está dispuesta a seguir caminando, incluso en los peores momentos. Creo que el concepto de emprendedor ha sido tan (mal) utilizado durante los últimos años que se encuentra desgastado, denostado, agotado ontológicamente.

¿Qué es un emprendedor? ¿Cuál es su misión en una economía en crisis?

Desde hace meses los políticos se llenan la boca alabando la figura del emprendedor y recordando el importantísimo papel que juega para sacar adelante la economía. Muy bonito. Nos dejáis un mercado decrépito, pequeño, aburrido y cansado, pretendéis reducir la inversión en innovación y aumentar el IVA para poder pagar sueldos a quienes llevan años sin pegar ni un palo al agua ¿y ahora os atrevéis a pedirnos que seamos nosotros los que nos esforcemos aún más para sacar adelante el país?

No nos equivoquemos. Un emprendedor es alguien dispuesto a sacrificar su vida para sacar adelante un proyecto, que renuncia a muchas cosas para convertir una idea en un negocio rentable, pero su objetivo no es reflotar la economía. Si las administraciones pretenden que los emprededores carguemos con aún más peso en nuestras espaldas, cuando estamos dedicando todos nuestros recursos a parir y hacer crecer un negocio desde cero, es más que probable que se encuentren con una gran fuga de talento a otros entornos mucho más propicios, que apuesten por la innovación y el esfuerzo frente al conformismo y el tocamiento orgánico.

Parte de este problema reside en la imagen idealizada y deformada que los medios y los propios políticos ofrecen a la sociedad de la figura del emprendedor, al que pintan como un joven -o no tan joven- de éxito que en unos años tiene la suerte de amasar una gran fortuna gracias a un pelotazo que ha cerrado con una llamada de móvil mientras apura un Daikiri tumbado en una hamaca en un resort del Caribe.

Hay muy pocos casos como éste. La historia de los emprendedores está llena de esfuerzos hercúleos, de miles de horas de trabajo robadas al sueño, de privaciones, decepciones y, claro está, algunas grandes satisfacciones y un pequeño puñado de casos de éxito.

Pocas veces veréis a un emprendedor quejándose. Al fin y al cabo, ha elegido ese camino voluntariamente. No pedimos que el estado nos mantenga, ni que nos regale el dinero cuando las cosas van mal. No necesitamos que los bancos paguen nuestras deudas, ni que nuestros competidores dejen de innovar o crecer para poder ser competitivos en un entorno mediocre.

Sólo pedimos que no nos toquen las narices, que no seamos los principales perjudicados tras un descomunal error de planificación; que no nos obliguen a trabajar por todos los que se quedan en su casa viendo la tele, para poder pagarles un sueldo y que no se reduzcan las ayudas a la innovación y a la investigación, porque apoyar el capital humano e intelectual es la única opción real que tiene este bonito país de salir del agujero.

Un poquito de responsabilidad, por favor.

Tocando las narices a los emprendedores
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