Primer domingo del sexto mes de la segunda década del siglo XXI. 6 de junio de 2010. El calor ha llegado para quedarse de verdad. 41 grados en Valencia el lunes y bajando -porque si llega a ir in crescendo, esto no lo aguanta ni Lawrence de Arabia-.

Por no perder las costumbres, esta última semana ha estado plagada de malas noticias económicas. Resulta que ahora que Hungría se ha desmaquillado, de repente se ha encontrado justo al borde del abismo. Es una auténtica lástima porque el país es un claro ejemplo del grandísimo esfuerzo que hay que hacer para ponerse al nivel del resto de Europa tras la guerra fría y la losa que el comunismo supuso para ellos. Hace poco tuve la suerte de pasar unos días en Budapest, y me pareció una ciudad majestuosa, señorial, que ha sabido resurgir de sus cenizas y que luce con orgullo sus cicatrices. Es difícil reconstruir al mismo tiempo la democracia y la infraestructura económica de un país, en especial en una situación de crisis global.

Otro de los temas más destacados de la semana fue el asalto por parte del ejército de Israel a un par de buques, en aguas internacionales, que pretendían saltarse el bloqueo impuesto a Gaza, sin aceptar la inspección de la carga por parte del personal de la ONU acreditado en la región. Creo que lo peor de todo este asunto es la pérdida de vidas humanas y de toda objetividad por parte de los agentes implicados. Siempre me he mostrado reticente a opinar sobre la situación en Israel y Palestina, porque nunca me he tomado la molestia de informarme adecuadamente, así que no lo voy a hacer en este caso.

En cuanto a mi semana, de nuevo ha sido larga e intensa, con dos días apasionantes en Barcelona, en los que, entre otras cosas, he podido disfrutar del décimo aniversario de mi graduación en ESADE. Cuando recibí el correo de la asociación de antiguos alumnos, invitándome al evento, recuerdo que, por una parte pensé que era imposible que ya hubiesen pasado diez años; sin embargo, al pensarlo bien, el hecho de haber estudiado una carrera y un máster en Barcelona me parece algo tan lejano como una vida pasada o una dimensión paralela.

Hace unos meses, en febrero de 2010, escribí lo siguiente, al enterarme de la organización de una cena de promoción de mi colegio de Alcoy:

«Cuando has perdido el contacto con alguien durante quince años, lo más probable es que se deba a que te importaba un carajo. Y si hace quince años te importaba un carajo, imagínate lo que realmente te importa ahora»

Pues bien, pese a que mantengo esa opinión, reconozco que la cena -y, sobre todo, las copas que nos tomamos luego como si se fuese a acabar el mundo- fue uno de los momentos más divertidos que recuerdo de los últimos meses; al final, resultó una auténtica gozada reencontrarme con gente a la que aprecio y recordar con ellos grandes momentos de la carrera, de nuestros viajes, de nuestros trabajos actuales y pasados y, en general, de todo lo que ha pasado durante este tiempo. En efecto, todos estamos un poco más gordos, calvos y ocupados, pero fue una sorpresa reconocer en esta cohorte de ejecutivos de Garrigues, Cuatrecasas, Landwell, Gómez Acebo y demás, casados, con hijos y una -o varias- hipotecas, a un puñado de antiguos compañeros de juergas.

A ellos, y al resto de gente que no pudo asistir a la cena por unos u otros motivos, va dedicada la primera canción de Oasis que aterriza en esta sección: Wonderwall.

And all the roads that lead to you were winding
And all the lights that light the way are blinding
There are many things that I would like to say to you
I don’t know how

Wonderwall forma parte de la banda sonora de mis primeros años en Barcelona. El disco (What’s the Story) Morning Glory? salió publicado en octubre de 1995, apenas un mes después de mi aterrizaje en la ciudad y eso hizo que actuase como elemento catalizador de muchos de los momentos que recuerdo con mayor intensidad de aquellos tiempos: las primeras clases, los primeros conocidos, las primeras juergas, los primeros exámenes y tantas otras cosas que ahora parecen tan lejanas como si hubiese sido otro quien las viviese.

No he escuchado a Oasis desde entonces. Para mí ese disco fue tan especial que no me ha interesado nada de lo que han hecho a continuación. Sin embargo, cada vez que escucho la guitarra de la introducción de Wonderwall no puedo evitar acordarme de las bravas del Tomás, del dónut (ESADE 2) o del primer paso al que fui.

Os dejo con los hermanos Gallagher y os deseo un gran domingo wonderwallero.

Canción del domingo: Wonderwall (Oasis)
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