Hoy he hecho, al menos, tres cosas –de forma consciente- por primera vez en mi vida.

Hacer cosas nuevas, distintas, es importante para tu salud mental, aunque eso suponga que tengas que escapar un poco –o mucho- de tu zona de confort. En una entrevista en la que participé unas semanas atrás reflexionábamos sobre el propio de concepto de “zona de confort” y concluíamos, grosso modo, que no existe porque en un entorno tan cambiante, pretender aferrarse a ciertas seguridades constituye un suicidio, cuando no una quimera.

Suelo explicar que mi zona de confort profesional está en algún lugar que oscila en la intersección entre los mundos del derecho y de la tecnología, porque es donde me he movido, con mayor o menor acierto, durante los últimos veintidós años de mi vida. Eso no quiere decir que sea capaz de aportar valor en alguno de estos dos campos, tan ricos en debates y detalles; simplemente es un entorno en el que me siento cómodo, aunque sea por aquello del diablo, que es más sabio por viejo que, en fin, por ya sabe Vd. qué.

Las zonas de confort son los padres. Al pensar en ellas, me viene a la cabeza el sofá de Homer Simpson: cuando consigues que tenga la forma que quieres, cambian las cosas y, hala, otra vez a empezar. Muchos dedicáis vuestra vida a definir zonas de confort bajo distintos nombres y categorías: un trabajo, una especialización, una ciudad, una familia.

No me entiendas mal: está bien que te crees la ilusión de que estás seguro en tu entorno, como un mecanismo de autoprotección. Si no creyésemos en la inmutabilidad o el control sobre algunos aspectos de nuestras vidas, nos volveríamos locos.

La sensación de control, de permanencia, de que las cosas no van a cambiar, no es más que una mentira autocomplaciente que tu cerebro utiliza para poder dedicar parte de tus neuronas a cosas irrelevantes en lugar de tratar mantener constantemente tu mundo en orden, porque, además, sabe que eso es imposible. La gente muere, las empresas cierran, las familias se separan y las parejas se rompen, muchas veces por motivos ajenos a nuestra voluntad o a nuestra capacidad de intervención.

Aunque dedicases todos tus esfuerzos conscientes e inconscientes a mantener intacto tu entorno, no lo conseguirías, créeme.

Imagina por un momento que realmente fueses capaz de decidir sobre cada uno de los aspectos que tienen incidencia en tu vida: la salud de tus seres queridos, la viabilidad de la empresa para la que trabajas, las decisiones de los políticos que tus conciudadanos han elegido para representarte, el tiempo que hará mañana, los sentimientos de tu pareja y el motor de tu coche. No podríamos enfrentarnos a todo eso, al mismo tiempo, y en el momento en que empezásemos a delegar algunas de esas tareas, volveríamos a perder el control y a estar fuera de nuestra zona de confort.

¿Qué hace entonces nuestro cerebro? Nos dice “no te preocupes por esto, está controlado”. “Tu familia estará bien, tu pareja te seguirá queriendo, tu jefe contará contigo y te pagará tu sueldo a final de mes, todo saldrá como esperas”.

Cada día, cuando te levantas, te engañas a ti mismo porque no tienes otra opción. Acabas confiando en que todo seguirá en su sitio y decides dedicar las pocas horas de ese día a los quehaceres que consideras apropiados, por obligación, por gusto o, simplemente, por inercia.

A mí esto me cuesta un montón. Me levanto por la mañana con TODO en la cabeza TODOS LOS DÍAS. Pienso en la desproporcionada cantidad de cosas que tengo que hacer, lo que podría salir mal, lo que seguramente saldrá bien y todo lo que no voy a poder acabar –ni empezar- ese día. ¿Frustrante? Sí. ¿Realista? Quizá ¿Agotador? Seguro.

Sin embargo, estas últimas semanas me siento un poco mejor, incluso con la agenda en llamas. Mi descubrimiento personal ha sido darme cuenta de que no todo requiere el máximo esfuerzo ni toda mi atención durante todo el tiempo.

No me entendáis mal, no me he vuelto un utilitarista radical. El rollo de convertirme en un espectador benévolo, aséptico e imparcial de mi existencia, como lo definió John Stuart Mill, no me va N-A-D-A. Sin embargo, cada vez me formulo con más frecuencia la pregunta “¿para qué?”.

¿Para qué sirve que me agobie por esto? ¿Qué utilidad tiene este esfuerzo? ¿De verdad necesito enfrentarme a esta situación que no he generado yo?

Y la respuesta, cada vez más frecuente también, es “no sirve para nada”, “no tiene ninguna utilidad” o “no necesito esta mierda”. Jeremy Bentham estaría encantado conmigo. Bueno, no.

Sin caer en el estoicismo, me está resultando muy práctico enfrentarme a la consecuencia o, mejor dicho, la utilidad de mis actos, con más frecuencia. No es que me haya vuelto un vago –o quizá sí-, simplemente he dejado de creer en el sufrimiento gratuito y estoy optando por buscarle, cada vez más, un sentido teleológico a mis actos, sin volverme loco, sin caer en la parálisis por análisis.

Es mucho más fácil de lo que parece: cuando me enfrento a un montón de decisiones o tareas pendientes, intento clasificarlas –o, incluso descartarlas- en función de su utilidad. Es un criterio como cualquier otro –será por filtros- pero muchas veces la urgencia o la importancia no son criterios suficientes para tomar una decisión. Hay cuestiones urgentes e importantes que no son nada útiles, y decisiones cuya incidencia en el largo plazo nos exige ser ágiles al adoptarlas, aunque podamos posponerlas en el corto plazo.

Por cierto, que las zonas de confort no tienen ningún sentido desde esta perspectiva. Engañarnos a nosotros mismos es una de las cosas menos útiles que podemos hacer desde un punto de vista estrictamente pragmático, si excluimos el componente de supervivencia que he comentado antes.

Y tú, paciente y aguerrido lector, te preguntarás a qué viene toda esta chapa. Simplemente he pensado que, compartiendo este aprendizaje, que me está siendo de ayuda últimamente, podría hacer tu vida un poco más fácil o menos estresante. Si es así, compártelo. Si no, también. Me encanta que me quiten la razón, sobre todo cuando no la tengo.

La zona de confort y el principio de utilidad
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