Nunca he sido un gran fan de Madrid. He pasado la mayor parte de mi vida adulta en Barcelona y, bueno, ya sabéis cómo funciona esto; el mar, el fútbol, el pa amb tomàquet (creedme, no es tan difícil escribirlo bien), la Costa Brava, el Barça y la Moreneta no suelen llevarse demasiado bien con la capital del reino. Los AVEs entre Madrid y Barcelona suelen volver llenos de gente que protesta porque es imposible hacer negocio en campo contrario. El fútbol y la política no están tendiendo puentes, precisamente. Me han vetado en operaciones en Madrid por ser de Barcelona, y eso que soy de Alcoy, por mucho catalán que hable. Cuando dos no se llevan bien, acaban dándose patadas en culo ajeno, y ahí ha estado el mío para recibirlas.

Avalancha de tópicos, lo sé. Sé fuerte, aún quedan unos cuantos.

Durante la primera década de este siglo, Madrid se convirtió en un suplicio para mí, una combinación de puentes aéreos, AVEs, taxis, Cabifys, metros, prisas y reuniones en lugares imposibles. Maletas, mochilas, cargadores, billetes. Perseguir una red wifi o un enchufe como un yonki. Las huelgas de taxi, de metro y de tren. Las obras. Los parkings. Urbanizaciones imposibles y tráfico a casi cualquier hora. Notas de gasto, facturas, recibos, comprobantes. Booking.com y la web de RENFE, semana tras semana. OMFG.

No es fácil enamorarte de alguien que te trata a patadas.

Sin embargo, hace ya un tiempo que decidí tomarme Madrid con un poco más de calma y mucha más perspectiva. Venir a trabajar, sí, pero también a comer y cenar con amigos. A salir de copas los martes y los miércoles e, incluso, algún que otro lunes. A descubrir sitios que molan y personas que molan y a entender las dinámicas de una ciudad inabarcable, que es como un montón de pueblos temáticos abigarrados.

Conocer gente interesante en Madrid me ha resultado más sencillo que en cualquier otro lugar del mundo, quizá porque muchos de mis amigos ya vivían aquí o, tal vez, porque, aunque suene a tópico, casi nadie es de Madrid y a todo el mundo le gusta hablar, salir y tomar algo, aunque en otras ciudades no lo parezca. Gracias a Raúl, María, Pascual, Álvaro y Carlos por haberme puesto las cosas tan fáciles.

Unas cosas han llevado a otras y, mira tú por dónde, he acabado amando con pasión esta ciudad, hasta tal punto que, desde el pasado jueves, vivo con Gemma, Tarzán y Seis en Chamberí, un barrio lleno de vida, de parques, de oportunidades y de sitios por descubrir.

Me ha encantando vivir 14 años en Barcelona y pasar los tres últimos en Valencia, casi de puntillas entre AVEs y Euromeds, pero ahora Madrid es el lugar en el que más cómodo me siento, donde más están creciendo mis empresas y donde mejor nos lo estamos pasando.

Pero, eh, no nos confiemos. Queda mucho por hacer. Casi todo, de hecho.

Todavía estamos poniendo en marcha la nueva oficina de Metricson, Terminis y Metagest, la tercera tras Barcelona y Valencia, y buscando un/a office manager (si conocéis a algún posible interesado, enviadle esta oferta, va, que no os cuesta nada), entre otros perfiles que iremos incorporando durante los próximos meses, así que en septiembre vamos a estar trabajando en Google Campus, gracias a nuestros amigos de Seedrocket y Tetuan Valley.

En otro post os explicaré algo sobre mi otro gran proyecto personal en marcha. Mi GRAN proyecto. O mejor, tomamos unas cañas y os lo cuento. Es lo que se hace aquí, ¿verdad? ¿VERDAD?

Madrid
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