Segundo domingo del decimoprimer mes del decimonoveno noveno del siglo XXI. 11 de noviembre de 2018. En un mes y medio tendremos la Navidad exactamente como la queremos: finiquitada.

Mi última canción del domingo – Si salimos de ésta– fue un ejemplo tan inquietante de premonición que hasta ahora no había tenido ganas -o cojones- de volver a escribir; 11 meses después, ha llegado el momento de pasar página y la mejor forma de hacerlo, quizá, sea retomar el blog y elegir bien temas que, de materializarse, me traigan alguna alegría, por si Matrix entra en bucle y lo de las premoniciones se repite.

El caso es que la semana que ahora acaba ha sido una bonita muestra de cómo me suelen ir las cosas. De martes a jueves estuve en Lisboa, asistiendo a Web Summit, uno de los eventos de negocios online más importantes del mundo. Ya sabéis cómo funciona esto: durante el día conoces a gente y por la noche haces negocios con ellos. Tras este palizón, llegué a Madrid y me quedé solo ante el peligro con mi hija Lola durante 4 días, en una secuencia infernal que ha resultado ser, en conjunto, una de las mejores semanas que recuerdo en mucho tiempo. Gracias a todos los que habéis sido parte de ella.

En Lisboa hice un montón de cosas, algunas de las cuales no puedo contar porque tendría que mataros después, pero sí que recuerdo haber pasado un buen rato -en las dos acepciones del término- en este local que lindaba con Pink Street, el epicentro del networking nocturno de Web Summit el martes: Palheta.

Lo mejor del local era la música, y no porque tuviesen un DJ cojonudo, sino porque durante buena de la sesión, un chaval brasileño (chaval=menos de 30 años; así están las cosas, amiguitos) estuvo tocando al piano Sambas y Bossa Novas, coreado por el público; vamos, como un Toni2 lisboeta pero con copas a 6 euros y sin micrófono. ¿Qué más se puede pedir?

De repente, entre clásico y clásico, el barman hizo una petición que me dejó con el culo torcido: el cuarto de Tula. La noche no podía empezar mejor.

 

En el barrio la cachimba
se ha formado la corredera

All fueron los bomberos
Con sus campanas y sus sirenas

Al Cuarto de Tula le cogió candela

Se quedó dormida y no apagó la vela

El Cuarto de Tula se ha convertido en uno de los grandes estándares de la música cubana gracias, entre otras, pero por encima de otras, a la grabación de Ry Cooder y Nick Gold en Buena Vista Social Club (1997).

Siguiendo la tradición, partimos de una letra muy sencilla y un estribillo que se repite ad libitum, intercalado por todo tipo de variaciones e improvisaciones hasta convertir un tema sin pretensiones en un auténtico viaje instrumental y vocal, para gozarlo de principio a fin.

¿De qué habla la letra? Quizá sea lo de menos, pero si su tono críptico no te permite acceder al contenido, puedes acudir a las variaciones posteriores:

¡Que llamen a Ibrahim Ferrer, que busquen a los bomberos!
Que yo creo que Tula lo que quiere es que le apaguen el fuego

(…)

Tula está encendida ¡Llama a los bomberos!
Tú eres candela ¡Afina los cueros!

Ahora sí, ¿verdad? 😉

Aunque no estés familiarizado con el punto, el guguancó -una variación de rumba-, el son o, en general, con la música popular cubana, seguro que al menos has reconocido en este tema los grandes conceptos presentes en la música de Celia Cruz, Ibrahim Ferrer o Compay Segundo.

En general son composiciones aparentemente sencillas, con letras cargadas de dobles y triples sentidos, pensadas para que los intérpretes las expandan y se luzcan con  letras secundarias, improvisaciones y todo tipo de variaciones, de forma que cada sesión sea única, distinta y tan disfrutada por el que la interpreta como por el que la baila. Porque, claro, intenta escuchar esto sin moverte.

El martes me lo pasé pirata en Palheta, rememorando las cientos de veces que he cantado y tocado el cuarto de Tula, el negro bembón o lágrimas negras con mis amigos en los lugares más insospechados, desde los muelles de Puerto Rico a las tabernas de Toulouse, los asadores de Pamplona o los bares de pescadores de Mahón.

Aún me esperan unos cuantos viajes y unas cuantas experiencias divertidas antes de que concluya 2018 y se lleve para siempre otros momentos amargos que, quizá, tenía que vivir para recuperar el sabor de las cosas por las que vale la pena esforzarse.

¡Que tengáis un feliz domingo!

PD: como siempre, aquí tenéis mi lista de Spotify actualizada con casi todas las canciones del domingo, ordenadas por orden inverso de aparición.

Canción del domingo: el cuarto de Tula (Buena Vista Social Club)
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