Tercer domingo de la primavera y primer domingo de ramos de la tercera década del siglo XXI, según cómo lo cuentes. 5 de abril de 2020 y seguimos encerrados en casa, cada uno en la suya, con algunas excepciones.

Todos los augurios hacían presagiar que esta canción del domingo sería un homenaje a Luis Eduardo Aute, ese gran mito de mis 20 años que nos dejó hace un par de días. No lo he hecho porque, además de ser una obviedad oportunista, el mensaje que quiero lanzar hoy va en una dirección distinta.

Si has interactuado con otro ser humano en algún momento de las últimas 4 o 5 semanas, seguro que has escuchado el mantra que inunda las redes sociales desde el inicio de la pandemia: todo saldrá bien. ¿Y sabes algo? Que no es cierto.

En el momento de escribir este post llevamos 12.418 fallecidos en España atribuidos de forma oficial al coronavirus, 64.949 en todo el mundo. Muchos de estos fallecidos han dado el salto al otro lado sin tener a alguien querido -esto es opinable- cerca, esperando un respirador o sabiendo que los pocos que quedan son para otros. Con un poco de suerte, ya habrán sido incinerados, en la más absoluta soledad. En caso contrario, su cadáver seguirá apilado en cualquier morgue improvisada, esperando su turno, como si siguiesen vivos en la pescadería del Mercadona.

Lo de los muertos es una putada. Pero es que, además, hemos batido el récord histórico de destrucción de empleo y conozco unas cuantas docenas de empresas que han cerrado sus puertas para no volver a abrirlas. Hoy, hay millones de familias arruinadas y desesperadas que sólo esperan que les digan cuándo van a poder a reabrir su pequeño negocio, con la esperanza de volver a tener alguna fuente de ingresos, porque la cuesta de enero es dura, pero cuando se alarga cuatro meses, se convierte en una curva inescalable, lineal o logarítmica (perdonad, aún no he entendido la diferencia).

Quizá te preguntarás por qué te cuento todo esto, si ya lo sabes. Resulta que durante las primeras semanas de confinamiento todo el mundo se ha dedicado a poner en marcha millones de iniciativas, digámoslo así, poco útiles: conciertos enclaustrados, webinars de casi cualquier temática, recetas imposibles, concursos de chistes, botellones a través de Zoom. Yo mismo he sufrido el virus de la hiperactividad vacía, que nos impulsa a hacer cualquier cosa -textualmente- con tal de no pensar en qué va a pasar dentro de unas semanas, cuando tengamos que enfrentarnos a un futuro tan incierto como inevitable.

Pero lo cierto es que no todo va a salir bien, porque muchas cosas ya han salido terriblemente mal. Pasado el shock inicial, es nuestra responsabilidad decidir qué vamos a hacer dentro de unas semanas, cuando salgamos a partirnos la cara en un mundo parecido al que abandonamos hace casi un mes, pero que será muy distinto, por muchos motivos. ¿Cómo se hace eso? Pues no lo sé, no soy político. No tengo todas las respuestas, pero creo que ha llegado el momento de que nos hagamos las preguntas que estamos intentando esquivar desde hace demasiado tiempo.

Hasta aquí las malas noticias.

Las buenas son que saldremos de ésta, de una forma u otra. El futuro, al menos el más cercano, no va a ser Mad Max ni el neofeudalismo con el que algunos sueñan. Muchas cosas han salido mal, pero tú y yo seguimos teniendo una conexión a internet, un techo sobre nuestras cabezas, algo que comer y un cerebro que, llegado el momento, seguro que podemos reconectar. No nos engañemos, nuestros negocios se verán afectados y tendremos que ayudar o pedir ayuda a gente inesperada pero, insisto, saldremos de ésta.

El coronaleches se ha convertido en una inesperada cura de humildad para todos: para los que creen saberlo todo, para los ilusos que piensan que tienen control sobre sus vidas y para los opinadores profesionales, que ahora pasan más tiempo borrando twits que escribiéndolos. Todos nos hemos equivocado en esta crisis y los que habéis acertado -más o menos- no habéis conseguido más que tener razón -y, te recuerdo, la razón, no se puede comer-, además de pasar más tiempo que el resto recluidos en vuestras casas.

No todo saldrá bien, pero algunas cosas sí, o al menos no cambiarán tanto como nos tememos. Seguiremos saliendo a tomar cañas con amigos. Quizá nos queramos un poco más. Desharemos muchas de las rutinas que hemos creado por nuestra reclusión, pero otras se quedarán ahí para siempre.

Por eso, la canción del domingo 5 de abril de 2020 es «desde que te perdí«, de Kevin Johansen:

Desde que te perdí, las puertas se me abren de par en par.

Se me abrió hasta la puerta de Alcalá y yo aprovecho cada oportunidad

Desde que te perdí nunca tuve tal libertad

Desde que te perdí no me importa nada de ná.

La trayectoria de Kevin Johansen es una oda al eclecticismo y el sincretismo musical; tras nacer en Alaska, ha pasado buena parte de su vida viviendo en latinoamérica y ha creado un estilo propio que llama des-generado. En sus composiciones mezcla ritmos del folklore criollo con pop, rock o, incluso, rumba, como en el tema que hoy nos ocupa. De hecho, no se te escapará que en la versión que he escogido aparece Kiko Veneno, uno de mis artistas favoritos de todos los tiempos y que fue protagonista de la anterior canción del domingo (los delincuentes).

«Desde que te perdí«, una canción que escuché hasta el hastío hace un par de años, es muy pertinente en este momento, porque contiene un mensaje útil frente a la desesperanza: lo malo pasa y, aunque las cosas no salgan como uno esperaba, siempre hay motivos para chutar el balón y salir corriendo detrás de él. Si te dejan tirado, puedes refugiarte en el trabajo, salir a tomar cañas o acabar convirtiéndote en el Hugh Hefner aragonés (sic), aunque no fuera tu propósito inicial.

Por desgracia, aunque estamos programados para sobrevivir, no estamos preparados del todo para que nos pasen cosas horribles, pero nos pasan y, cuando llegan, si conseguimos sobrevivir a ellas, seguimos adelante con más o menos cicatrices, aprendiendo poco y con una determinación de la que nosotros mismos somos los primeros sorprendidos. Es cierto, no todo va a salir bien, pero no es el fin del mundo, amigos.

Lo explicaba magistralmente mi buen amigo Chapu Apaolaza en uno de sus cuadernos, al hilo de la frasecita de marras:

Teníamos que estar contando los días para San Fermín y no esperando el jodido pico. Violence me recuerda frases que de tanto escucharlas, es que las estamparía contra la pared como un vaso. Todo va a salir bien, por ejemplo. No, todo no va a salir bien. 

¿Y esa cosa de “Éramos felices y no lo sabíamos”? ¡No, perdona, no lo sabrías tú!

Ahora que parece que estamos atravesando lo peor de la puñetera pandemia y que pronto la curva empezará a vencer, es un momento tan bueno como cualquier otro para hacer nuestra primera evaluación de daños y decidir a qué dedicaremos el tiempo libre dentro de unas semanas, cuando se acaben los webinars y las quedadas online, y tengamos que reinventarnos otra vez.

La mayoría no tendremos más opción que seguir apretando el culo, mirar al frente y galopar a pesar de todo porque,  por suerte, todavía dependemos de nosotros mismos. Es posible que, incluso, disfrutemos algo del camino.

Suerte con eso. Ah, y feliz domingo, claro.

PD: aquí tienes mi lista de spotify con las ¡131 ya! canciones del domingo

Canción del domingo: desde que te perdí (Kevin Johansen)

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