La noche de antes en Cheste

Si entendemos los adjetivos «impresionante» e «increíble» como calificativos objetivos, me parecen más que apropiados para definir lo que vi ayer por la noche en Cheste. Me interesa mucho dejar este aspecto claro antes de empezar a hablar del espectáculo al que asistimos ayer por los motivos que luego comentaré.
La noche del sábado antes del GP en Cheste es sencillamente espectacular (aquí podéis ver un vídeo que tomé llegando por la noche desde la moto de Nabuco, una BMW f650). No sólo por las decenas de miles de personas que inundan un pueblo que, normalmente, no llega a los 8.000 vecinos, sino por todo el montaje que se origina alrededor del mundo de las motos; es algo así como un terra mítica para motoristas, pero a lo bestia. Sin demasiado esfuerzo puede encontrarse casi cualquier cosa relacionada con el mundo de las ruedas, desde recambios a banderas, complementos, guantes, neumáticos (gomas) o, incluso, tangas (¿¿??) de cualquier escudería y marca.

Este fin de semana Cheste se convierte en un mercado gigante y nadie quiere perder la oportunidad de hacer negocio; además de los bares, cualquier pequeño comercio con una puerta a la calle monta su chiringuito y prepara bocadillos y copas hasta bien entrada la madrugada. Cuando digo cualquier negocio me refiero desde tiendas de electricidad hasta carnicerías como la que aparece en la foto al margen. Impresionante. La verdad es que cenamos unos buenos bocadillos de bacon con longanizas y unas cañas, a buen precio y con buena música.

También resulta impresionante ver cómo un puñado de cabestros destroza sus máquinas, que les habrá costado un buen puñado de miles de euros, a base de quemar el embrague o desgastar las gomas prácticamente hasta que toca la llanta. Así pasamos la noche, entre decenas de miles de personas y el olor a gasolina y caucho derretido.

Pero lo más impresionante de todo es el espectáculo -no tan off the record– que se celebra en una calle cuyo nombre no he conseguido averiguar, sita en la zona alta del pueblo, tristemente célebre porque todos los años alguien muere o queda malherido a consecuencia de un accidente. Y lo que resulta más increíble de todo es que no sucedan muchos más accidentes porque el espectáculo es demencial: multitud de motos, scooters y un buen número de quads se cruzan en esa calle a velocidades de vértigo sobre una, dos, tres o cuatro ruedas, en función del vehículo y la «ronda», rodeados de cientos de personas que no dejan de cruzar la calle o acercarse a los vehículos.

No sé cómo acabaría el tema este año, pero pude observar que cada hora que pasaba el ancho de la calle se estrechaba aprox. medio metro por la aproximación de los espectadores a la calzada, así que no me extrañaría que alguien se hubiese llevado, al menos, un buen susto. En uno de los últimos cruces que yo vi, justo antes de irme, dos quads rampantes, sobre sus dos ruedas traseras se cruzaban a más de 80 km/h en un espacio de poco más de tres metros. En uno de ellos iban tres personas -ninguna de ellas con casco, claro-.

Realmente se trata de un espectáculo digno de ver y ayer, mientras lo disfrutaba, pensé que al fin yu al cabo no es tan distinto al riesgo que supone tener a centenares de personas, que llevan tres días sin dormir, con una cantimplora con dos o tres kilos de pólvora durante 8 horas, como sucede en Alcoy el día del Alardo, el último de las fiestas de Moros y Cristianos.

Pensándolo bien, existe una diferencia muy importante entre una y otra cosa, que es la misma que existe entre un riesgo asumido y un riesgo controlado. Toda la gente que asiste a Cheste sabe que estar en ese lugar en ese momento supone un riesgo incontrolable y que, en cualquier momento, los frenos pueden fallar o un transeúnte poco precavido puede intentar cruzar en un momento inoportuno o el piloto que va de pie sobre su moto a más de 80 km/h puede cometer un error.
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No elogio ni critico ese espectáculo, me limito a describirlo y a reconocer que disfruté viéndolo. Simplemente espero que nadie acabara la noche en peores condiciones, o que no llegara a acabarla.

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