Excusión por Lanzarote

Después de la excursión a Fuerteventura, dejé de narrar mi viaje por Lanzarote por varios motivos: porque no quería estar demasiado pendiente del ordenador en mitad de mis vacaciones y porque me quedé sin wifi en la habitación. De hecho, no sólo dejé de disponer de conexión a Internet, sino que el lunes 30 de julio, en plena ola de calor, el aire acondicionado dejó de funcionar en el hotel, por lo que conseguimos, tras varias llamadas, que nos realojasen en uno nuevo, el Dream Gran Castillo, en Playa Blanca.

Lo cierto es que se trató de una jornada casi angustiosa: no pudimos elegir un día peor para subir al Timanfaya a montar a camello, porque a las 9 de la mañana el termómetro rebasaba los 40 grados de temperatura, y el viento quemaba -literalmente- al rozar la piel. Sin embargo, teníamos un plan y los planes se hacen para cumplirlos; además, en el hotel hacía casi tanto calor como en en la calle, así que allá que nos fuimos, camino de una de las extensiones de lava más grandes del archipiélago canario -y, por ende, del mundo-.

El paseo en camello resultó bastante divertido, aunque la ruta era corta, absurda y bastante poco práctica: no fuimos a ningún sitio ni vimos nada extraordinario, pero aún así la experiencia fue interesante; el calor nos respetó y los camellos también. Aquí, una foto con nuestra camella, Gracia, que se portó divinamente durante el trayecto.

Tras el paseo, hicimos un breve recorrido por el parque natural de Timanfaya, donde asistimos a algunas pruebas que demuestran la existencia de actividad en el interior del volcán. Esta visita constituía uno de mis pocos y vagos recuerdos de mi anterior visita a la isla de hace 24 años, por lo que me hizo especial ilusión volver a ver a los guías echando cubos de agua dentro de tubos excavados en la roca, o el interior del horno construido con basalto para asar la carne directamente con el fuego del volcán, algo me pareció tan kitsch como curioso e innecesario.

El siguiente paso en nuestra excursión fue La Geria, región vitivinícola del interior de la isla, donde el cultivo de la vid es un auténtico arte, ya que las condiciones climáticas obligan a fortificar las parras, para evitar el sol y el viento. El jueves, ya a punto de marcharnos, volvimos a esta zona a comprar un vino blanco que nos pareció excelente, en las bodejas Bermejo. Al tratarse de zonas protegidas, no permiten colocar carteles ni indicaciones por lo que me parece que lo más práctico es pedirlo por teléfono o e-mail.

Para acabar la jornada, el sátrapa de nuestro guía nos llevó a comer a un antro llamado «la esquina» donde nos alimentaron a base de potaje de garbanzos, pollo rebozado y plátanos sudados; por suerte no había aire acondicionado, el agua estaba caliente y el vino aguado, porque, con los 47 grados que hacía fuera -y adentro- del comedero, no era cuestión de hacer las cosas agradables. Fue una verdadera lástima, porque la excursión verdaderamente mereció la pena.

La llegada al hotel, con ese calor y el aire acondicionado estropeado, fue de las que hacen historia, pero no perdimos el humor y conseguimos que nos cambiasen al hotel que comentaba antes, donde vivimos otras peripecias interesantes; más datos, en próximos posts, porque ahora me voy a ver la película de los Simpson!!

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