
La semana pasada, Lola se levantó con dolor de barriga..
El día anterior había ido a recogerla al colegio a media mañana, me llamaron para decirme que no se encontraba bien. Al llegar a casa, se puso a jugar y olvidó ipso facto todos sus males; se fue a dormir pronto, contenta, y, al levantarse el día siguiente, volvió ese dolor punzante en la boca del estómago.
Acaba de cambiar de colegio, se está adaptando y tiene pocos recursos para identificar que está nerviosa e insegura. Su cuerpo está reaccionando de una forma que ella no sabe interpretar.
Como era de esperar, me pidió no ir al cole tampoco ese día.
Todos hemos sufrido esta conducta típica de evitación y que suele atribuirse al eje cerebro-intestino, un mecanismo que se activa de forma muy similar en los casos de estrés normal adaptativo y de ansiedad anticipatoria.
Ante su insistencia, mantuve una conversación con ella sobre la responsabilidad y las obligaciones que, obviamente, se la trajo al pairo.
Le dolía la barriga y no quería ir a clase. Punto. A los 8 años buscamos la protección y el amparo de la gente que nos quiere. Su expectativa era quedarse en casa a ver la tele y jugar con sus ksimeritos, porque eso no le hacía sentir mal.
Los padres no siempre podemos evitar el sufrimiento de nuestros hijos y, además, tenemos la obligación de inculcarles los valores y principios que les permitan desarrollar los recursos que necesitan para sobrevivir en el mundo cuando dejemos de estar alrededor, aunque les duela. Y a nosotros, claro.
Así que, aunque no conseguí calmarla del todo, le dejé claro que su estrategia no iba a funcionar, le expliqué que no estaba enferma, sino nerviosa, que a medida que pasara el día se encontraría mejor, y la dejé con su mochila verde menta en el colegio, a la hora de siempre.
Al cabo de un par de horas, recibí una llamada de su tutora, en la que me decía que Lola volvía a quejarse de dolor de barriga. Ésta sí que me la esperaba.
Pero en esta segunda llamada, cambió todo. Paula ya no me estaba pidiendo que la recogiera, sólo me explicaba que a Lola le dolía la barriga y me preguntaba qué quería hacer. Me estaba poniendo a prueba a mí, no a Lola, porque Paula es una de las personas con más intuición que conozco y sabe muy bien dónde están los límites.
Le expliqué la conversación que había tenido con Lola y que mi intención era trasladarle la importancia del esfuerzo y que a veces tenemos que hacer cosas que no nos gustan, aunque nos duela. Que las responsabilidades cuestan.
Lo entendió en un segundo, me dijo que no me preocupase y colgamos.
Cuando fui a recoger a Lola por la tarde, estaba dando saltitos en el patio, contenta por lo bien que había ido el día.
No le ha vuelto a doler la barriga desde entonces.
Paula había vuelto a hacer su magia porque sabía que contaba con nuestro apoyo y que no queremos que Lola se convierta en un trozo de carne lloriqueante que se rinde ante la adversidad. Sé que nunca podré pagar la deuda que tengo con ella por todo lo que está haciendo con Lola. Ojalá tengas la suerte de encontrar una Paula Poppins en la vida de tus hijos.
Si ese día me la hubiese llevado a casa por segunda vez, su pequeño cerebro habría automatizado un mecanismo de defensa perverso: es mejor rendirse ante una dificultad que afrontarla. Al quejarme, alguien vendrá a solucionar mis problemas y evitarme el dolor.
Si quieres convertirte en un adulto funcional, las cosas no funcionan así. Has de desarrollar los recursos internos que te permitan enfrentarte a tus retos, para ser capaz de superarlos. Y esto sólo se consigue luchando todos los días frente a tus miedos, inseguridades y limitaciones.
La vida adulta está llena de obligaciones que nos gustaría evitar, de personas insufribles, de situaciones incómodas, de dolor físico.
Seguro que conoces a adultos inanes, que pasan por la vida sin que parezca afectarles, que caminan bajo la lluvia sin mojarse.
No se comprometen, no asumen responsabilidades, no lideran ni se dejan liderar. Sus mecanismos internos de defensa están tan rotos que han acabado convirtiéndose en robots de primera generación, con menos sensores que un seat panda.
Si no sientes, no percibes el dolor. Si no asumes responsabilidades, no tienes que esforzarte. Si vives en la queja, en el rechazo, en los márgenes de la sociedad y en el victimismo permanente, puedes llegar a pensar la vida es un poco más sencilla. No esperas nada de nadie, ni nadie espera nada de ti.
Fácil, sí.
Pero, en realidad, no. Porque entonces te conviertes en un mierda al que nadie quiere cerca, una decepción permanente para los pocos que aún no te conocen y han depositado su confianza en ti, sin saber que eres menos confiable que Donald Trump.
Ahora que tengo más años que un bosque, he aprendido a detectar a estas personas y no quiero que Lola se convierta en una de ellas.
Una gimoteante profesional.
Un ser de luz que no se responsabiliza de lo que pasa a su alrededor.
Una evitadora de conflictos, que vive en su propio mundo de fantasía, sin dejar que nadie se le acerque.
Una onanista del dolor.
Yo prefiero que, de vez en cuando, la vida me pase por encima.
Sentir que un fragmento de mi destino depende de mí y enfrentarme a los retos con pasión, aunque la mayoría de las veces las cosas no salgan como esperaba.
Equivocarme mucho más de lo que me gustaría, sentirme mal por no haber estado a la altura. Esforzarme por cumplir mis objetivos, aunque parezcan irrelevantes en la gran foto del universo, sólo porque son míos y me importan.
Lanzarme al vacío. Querer mucho y esperar que me quieran de vuelta.
Hacer las cosas, aunque duelan.
Hay días que cuestan más que otros. Mañanas en las que ofrecerías un miembro no demasiado importante de tu cuerpo a cambio de que te dejasen darte la vuelta y seguir durmiendo eternamente.
Cuando tengo un día de estos, lo primero que hago es darme una ducha y salir a la calle, me da igual que llueva, nieve o haga un calor de mil demonios.
Este gesto, salir de tu casa y pisar la calle, es un acto de rebeldía frente a tu plañidera interior. Le estás diciendo a tu ansiedad que tú eres más fuerte que ella y que no vas a dejar que te domine. Que te vas a responsabilizar y a afrontar tus retos y tus obligaciones porque te importan y quieres importar.
Que vas a comportarte como un adulo y no como un niño asustado.
Ojalá Lola aprenda esta lección.
Y ojalá que tú, que has dedicado un rato de tu día a leer esto, puedas ponerlo en práctica cuando las cosas se pongan feas.
Olvidamos demasiadas veces que nadie nos debe nada y el esfuerzo que nos ha costado conseguir lo poco o mucho que tenemos.
Si quieres algo, sal a buscarlo. Esfuérzate, enfréntate a tus puñeteros demonios y, cuando tengas la suerte de salir victorioso, atesora esa sensación de orgullo en tu memoria, porque te será muy útil la próxima vez que tengas que decidir entre luchar o huir.
Resiste. Sé valiente aunque tengas miedo, o precisamente por eso.
Y hazlo, aunque duela.
Que tengas un día genial.
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