Mi big hair -debería de haberme acercado a ver a mi amigo Pere antes de salir de España- y yo ya estamos en Hong Kong. Esta mañana me he despertado a las 04:45 en Chengdu, he acabado de recoger un par de cosas y me he ido directo al aeropuerto. Al llegar a Hong Kong, he cogido el tren expreso, que me ha dejado en la estación de Kowloon, cerquita de Tsim Sha Tsui, el barrio en el que está mi hotel, el Kowloon Hotel.

Hong Kong tiene poco que ver con lo que hasta ahora he visto de China; es una ciudad occidental transportada a uno de los extremos más meridionales del país. La influencia británica en la isla es tal que no parece que haga ya diez años que los ingleses zanjaron de una vez y para siempre el protectorado. En Hong Kong, Kowloon y en las islas aledañas la gente habla inglés en los comercios, en los taxis e incluso por la calle, los Mc Donalds abren las 24 horas, en cada esquina hay un starbucks o un seven eleven y los rascacielos y las calles mantienen sus nombres ingleses. Incluso se mantiene la conducción por la izquierda, por lo que todos los cruces o lugares de paso más frecuentes han incorporado los típicos carteles de “look right” o “right left”, omnipresentes en el Reino Unido.

Dado que, por primera vez en mi viaje, estoy solo ante el peligro, he aprovechado para darme una buena paliza de andar, después de descansar un rato en el hotel; además, la habitación del Kowloon hotel me ha decepcionado bastante, así que tenía una doble motivación para echarme a andar.

Tras un breve paseo por el puerto de Kowloon, y de visitar el boulevard de las estrellas, donde he podido visitar las estrellas de Jackie Chan, Jet Li o la estatua de Bruce Lee, me he decidido a coger el Star Ferry para cruzar hasta Hong Kong. La travesía en un barco de madera con casi cincuenta años de antigüedad resulta fascinante, sobre todo por la cercanía, cada vez mayor, de los grandes rascacielos, como la IFC Tower, uno de los 3 edificios más altos del mundo.

Al llegar no me he podido resistir a hacerme unas fotos ante los rascacielos y a visitar el centro comercial de la IFC Tower, donde me he encontrado con tiendas como Mango o Zara, saturadas de ejecutivos cantoneses.

Después de mucho pasear, al final me he decidido también a comprar un móvil nuevo, con una tarjeta de prepago de una compañía filipina que opera en Hong Kong, pero no en el resto de China; me tocará comprarme una nueva tarjeta el martes cuando llegue a Guangzhou, pero al menos me ahorraré unos buenos HKD hasta entonces en llamadas.

Pese a que Hong Kong me está gustando menos de lo que esperaba, he podido disfrutar de dos buenos momentos: el crucero a las 20:00, la hora a la que los grandes rascacielos de ambas orillas ejecutan diariamente un número multimedia de luz y música en el que se mezclan grandes cañones de luz con los carteles de millones de leds y los neones de las estructuras. Una pasada de espectáculo, aún más desde la cubierta de uno de los night cruise star ferries.

El otro gran momento ha sido la visita al mercado de Temple Street, en el extremo opuesto a mi hotel de Nathan Road; durante el día, proliferan las tiendas de jade, pero por la noche se convierte en un hervidero de pequeños puestos en los que pueden encontrarse prácticamente de todo, desde cds a artesanía, pasando por karaokes en vivo –una extraña moda que consiste en combinar música de lata con cantantes terroríficos y músicos aficionados- juguetes, ropa o juguetes eróticos, estos últimos extrañamente abundantes. He aprovechado para comprar algunos regalos.

Para acabar el día, que ha resultado agotador en especial porque no he dormido apenas esta noche, me he acercado a un seven eleven para comprar un sándwich de pollo, un paquete de chips con sabor a pizza y una botella de 600 ml de heineken, todo muy inglés y adecuado para una noche de descanso en mi diminuta habitación del Kowloon hotel.

Mañana, si hace un tiempo tan bueno como el de hoy, madrugaré para acercarme por la mañana a la cima Victoria (Victoria peak), desde donde se puede contemplar una vista general de Hong Kong desde la colina en la que se concentró lo más granado de la burguesía de la isla a mediados y finales del XIX.

Lo mejor que puedo decir de Hong Kong hasta el momento es que resulta espectacular, cosmopolita y fácil de visitar y de recorrer gracias al idioma. Mañana espero poder contar muchas más cosas, aún mejores.

Paseando por Hong Kong
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