
Déjame empezar hablando sobre el elefante en la sala: la inteligencia artificial no va a acabar con los abogados. Luego profundizaremos en esto.
Cuando aterricé en Barcelona para estudiar la carrera de derecho en ESADE, en el siglo pasado, todo parecía nuevo y viejo al mismo tiempo. Éramos la segunda promoción de protoabogados en una escuela de negocios que llevaba 40 años formando a empresarios y directivos, por lo que no sabían muy bien qué hacer con nosotros.
El decano de la facultad en aquellos días era Antonio Marzal, uno de los escasos genios que he tenido la suerte de conocer en el campo de las humanidades. Nos enseñó derecho laboral sin apenas abrir el Estatuto de los Trabajadores, consciente de que las normas cambian, pero la esencia del derecho permanece. Sus planteamientos eran tan radicales que, treinta años después, siguen estando vigentes.
A pesar de lo que comenta todo el mundo, el ejercicio del derecho no ha cambiado tanto con el cambio de siglo. Hacemos las mismas cosas, de forma ligeramente distinta.
Cuando empecé las prácticas durante la carrera, el acceso a las bases de datos de legislación y jurisprudencia se hacía a través de ordenadores conectados a un sistema multipuesto con DVDs físicos, que llegaban de las editoriales jurídicas de vez en cuando. Si necesitabas sentencias antiguas, tenías que irte a los tomos de Aranzadi y buscar en los índices por temáticas y años.
Esa parte del trabajo me encantaba: sumergirme durante horas en esos tochos inacabables de sentencias impresas con una fuente minúscula hasta encontrar la que necesitaba para fundamentar mi caso.
Fotocopiarla.
Transcribirla.
Desarrollar mis argumentos, imprimir mis conclusiones y que mi asociado o, con suerte, mi socio (entonces, esto significaba que los asociados y los socios eran ellos) me las devolviesen pintarrajeadas de rojo.
En EBAME aprendí sobre jerarquías y diferencias entre especialidades. Yo trabajaba en el área de penal económico y mi trabajo no tenía nada que ver con lo que hacían mis compañeros de mercantil o fiscal.
En EY aprendí a ser abogado gracias, entre otros, a Santiago, Oriol, Kiko y MEJ. Era el rarito que tenía la mesa llena de trastos porque me dedicaba a una cosa llamada IP litigation y tenía que entender cómo funcionaban los cacharros que nuestros malvados oponentes copiaban.
Muchas veces me quedé a no dormir en el despacho. Recuerdo un par de ellas, en las que entré el viernes por la mañana y volví a casa el lunes a mediodía.
Había un tipo con un bigote enorme cuyo trabajo era estar pendiente del fax. En función de si eran faxes entrantes o salientes, se imprimían en amarillo o en blanco y todo pasaba a un archivo físico descomunal.
Era otra época y los recursos eran más rudimentarios que en la actualidad, pero nuestro trabajo era sustancialmente el mismo: hablar con los clientes, entender sus retos y expectativas, preparar una estrategia y ejecutarla.
Cuando creé Metricson en 2009, adaptando algunas cosas que había aprendido de las boutiques legales de la costa oeste de EEUU, tomé algunas decisiones que, en su día, no eran tan obvias.
Dividí la práctica entre mercantil y protección de datos. Luego se convirtió en corporate -incluyendo fiscal- y compliance -incluyendo regulatorio y propiedad intelectual-. Y monté una gestoría alrededor del servicio legal. Casi 20 años después, muchos de nuestros competidores funcionan así. El mundo está lleno de casualidades. ¿O no?
Decidí que no utilizaríamos papel y que sólo tendríamos archivo digital, para que todos pudiésemos acceder a toda la información desde cualquier lugar. Piensa que Dropbox y AWS habían nacido un par de años antes, por lo que había recursos para alojar información en remoto, pero el acceso a estos servicios en Europa no era tan sencillo como introducir un e-mail y compartir una carpeta en dos clicks.
Puedes imaginarte la de problemas que nos evitó llegar al confinamiento con un sistema de trabajo en remoto pulido durante diez años.
También decidí tutear a todo el mundo y utilizar un lenguaje que mis clientes pudiesen entender. Preferí abordar la confianza desde la cercanía, en lugar de hacerlo desde la atalaya intelectual desde la que hablan muchos de los abogados que conoces.
También pensé que sería buena idea inundar internet con contenido legal propio.
Creé el blog de Metricson y lancé un mensaje en twitter que decía:
si puedes hacer tu consulta en 140 caracteres, podemos darte una respuesta legal en 140 caracteres
Para que tengas una referencia, el mensaje anterior mensaje ocupa 98 caracteres. Y funcionó bastante bien.
Creé un tarificador online automático hace 12 años para convertir las propuestas en self service. Lanzamos un programa de office hours gratuitas para founders, creamos un club de startups, un grupo para legal counsels y llevamos más de una década organizando un evento llamado Gin&Law, con el que hemos echado unas cuantas noches muy divertidas.
Hemos hecho un montón de experimentos -y seguimos haciéndolos- porque no sé hacer las cosas si no las rompo antes y veo lo que hay dentro. Cuando empecé, parecía algo divertido. Ahora lo llaman estilo de aprendizaje o trastorno de déficit de atención e hiperactividad.
Los abogados, como las cucarachas, hemos sobrevivido a muchos retos extintivos y hemos aprendido a adaptarnos a los distintos zeitgeist -y van unos cuantos-.
Hace 2.500 años ayudábamos a nuestros conciudadanos con poco talento en la preparación de sus alegatos de defensa, porque por aquel entonces, cada uno se defendía como podía.
A lo largo de los siglos, empezamos a organizarnos, a tener un rol propio dentro de la maquinaria de la Justicia e, incluso, empezamos a cobrar por hacer nuestro trabajo, algo que muchos de mis compañeros todavía no han conseguido de una forma regular, porque la función social del abogado también tiene sus límites.
Creamos colegios (me gusta mucho más el concepto inglés, donde los abogados nos agrupamos en bars) y nos convertimos en procuradores, notarios, registradores y un montón de figuras más que han ido desapareciendo con el paso de los años.
Con la irrupción de la IA, parecemos estar de nuevo en peligro de extinción, porque la percepción externa del trabajo de los abogados es que nos dedicamos a rellenar formularios, hablar en abogadés y pelearnos por tener siempre la razón.
Sin quitarle la razón a los que pensáis esto, pienso que las personas siempre necesitaremos a alguien que nos ayude a tomar decisiones y a quien echarle la culpa cuando las cosas no salgan como esperábamos.
Dicho esto, estoy convencido de que los abogados no redactaremos contratos ni demandas dentro de 10 años.
Los procesos judiciales mutarán poco a poco hasta convertirse en un intercambio casi automático de información.
Las negociaciones se limitarán a la configuración de unos pocos parámetros dentro de estructuras lógicas y semánticas homogéneas.
La clave, como siempre, será qué tecla tocar.
¿Qué haremos, entonces, los abogados a partir de la cuarta década del siglo XXI?
Tenemos dos opciones: o redefinimos nuestro rol y volvemos a los orígenes de nuestra profesión o moriremos en el barro, luchando por un statu quo que, en realidad, nunca hemos tenido.
Yo me siento muy cómodo en la profesión de consejero. Ya me entiendes: ser el consigliere, el mentor, la persona de confianza de mis clientes.
No tengo ningún interés en ser el técnico jurídico pedante y desconectado del mundo real en el que muchos de mis compañeros se han convertido. Es normal que hagáis chistes sobre nosotros.
Los nuevos abogados tendremos que entender mejor que nadie cómo funciona el mundo, no solo el derecho. Nos toca volver a ser expertos en geopolítica, tecnología, estrategia y finanzas. Y meternos en el barro hasta el cuello, asumiendo responsabilidades y marrones que no tienen nada que ver con nosotros.
En la actualidad, hay más de 250.000 abogados colegiados en España, de los que alrededor de 150.000 son ejercientes. Esto significa que hay algo más de 3 abogados activos por cada 1,000 habitantes, un ratio que se ha multiplicado casi por diez durante los últimos 100 años. En 1925, apenas había un abogado por cada 2.500 personas.
Estas cifras anticipan muy bien la transformación brutal a la que nos enfrentamos.
Se acabaron las praderas de juniors hacinados alrededor de sus portátiles. Las revisiones, las versiones, los typos. La búsqueda de jurisprudencia. Las fotocopias. Las horas facturables.
Dentro de unas semanas tengo una vista en el Tribunal Supremo por un procedimiento complejísimo -y divertidísimo- que arrancó en 2017 y cuanto más lo pienso, menos sentido tiene todo. Qué pérdida de pasta para el cliente, de tiempo para todas las partes, de recursos públicos para ti, que no tienes nada que ver con todo esto.
El cambio, como el mileniarismo, va a llegar. O, mejor dicho, ya ha llegado.
En la práctica, muchas de las tareas que solíamos hacer los abogados hoy ya las llevan a cabo sistemas de IA, que son mucho más eficientes y precisos que nosotros a la hora de interpretar y sistematizar la información.
Y en nuestra particular vuelta al origen, habrá profesionales de todas las disciplinas posibles luchando por la atención de nuestros clientes.
Pero si piensas que los abogados estamos abocados a la extinción, te equivocas.
Si blockchain no ha acabado con los notarios y los registradores -aún-, Uber no ha sustituido a los taxistas y los jóvenes se han puesto a fumar otra vez, significa que los cambios pueden obligarnos a recolocarnos y adaptarnos, pero no expulsan a todos los agentes de todos los sistemas.
Aunque cambiemos de color o, incluso, de forma, los abogados seguiremos dando guerra y acompañándote cuando tengas dudas y necesites un abrazo durante, al menos, otros 2.500 años.
Te pido perdón por adelantado.
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