
En mi casa siempre se han reído de mí porque me escabullo cuando llega la hora de llamar por teléfono para pedir comida a domicilio. Tampoco soy fan de reservar en los restaurantes e, incluso, me cuesta ser el que entra a preguntar si hay mesa.
No me gusta hablar con gente a la que no conozco, porque hablo raro.
¡Oh, sorpresa! ¡No nos habíamos dado cuenta!
No se paren, vayan circulando, por favor.
Cuando tenía la edad que ahora tiene mi hija Lola, intentaron ayudarme apuntándome a teatro y participé en un montón de obras del Tesalín (Teatro Salesiano Infantil), uno de los lugares más mágicos del planeta y un espacio único para soltarte y perder el miedo a mostrarte a los demás.
Allí aprendí muchas cosas, pero no a hablar.
Durante la carrera, pedí ayuda a una logopeda/foniatra en Barcelona, con la que trabajé la respiración y todos los mecanismos de la dicción; hicimos un montón de pruebas, entrenamientos y ejercicio, con todo tipo de cachivaches, hasta que llegó a la conclusión de que el problema no estaba en mi articulación fonética, sino en la forma en la que funciona mi cabeza y cómo se relaciona con el resto de trozos de mi cuerpo.
Recuerdo cómo me lo dijo, porque fue una extraña mezcla entre un panegírico, la peor de las maldiciones gitanas y el Eureka de Arquímedes:
“Seguro que eres capaz de hablar bien en público, si respiras, piensas un poco y no intentas decirlo todo de golpe, pero cuando te relajes y estés con tus amigos o con tu familia no van a entender nada de lo que les dices. No te preocupes, si ya te conocen estarán acostumbrados”
Vaya consuelo. Creo que no he vuelto a estar relajado desde ese día. Y aún así, mis amigos y mi familia siguen sin entenderme. Chúpate ésa, Lionel Logue.
Para intentar mejorar los aspectos más mecánicos del habla, como la respiración, porque el resto ya no eran de su competencia, me sugirió apuntarme a clases de canto, una actividad que disfruté un montón y que me abrió la puerta a experiencias tan locas como cantar en el teatro Gayarre de Pamplona, el palacio de congresos de Granada, la Gare du Midi en Biarritz o el auditorio Winthertur de Barcelona. Por no hablar de las noches del Toni 2, eso lo dejo para otro post.
Hablar siempre ha sido un pequeño -o gran- escollo para mí, un ejercicio que me ha costado más esfuerzo que a la mayoría de vosotros, oh humanos bien parlantes, por inseguridad, vergüenza y la sensación incómoda de tener que repetir una y otra vez las cosas, porque mi interlocutor no ha entendido lo que he dicho.
También ha dado pie a un buen número de malentendidos -nunca mejor dicho- que, vistos en perspectiva, tienen bastante gracia, pero tendría que mataros si os los contase, así que nos lo vamos a ahorrar.
Porque, claro, no puedes dejar de hablar si eres abogado y un porcentaje significativo de tu ejercicio profesional depende de tu capacidad para expresarte y convencer a otras personas.
Así que llevo casi treinta años haciendo de mi capa un sayo, de la necesidad, virtud, y todos los modismos y lugares comunes que te vengan ahora a la cabeza para expresar que hablo sin parar, en más idiomas de los que conozco, muy por encima de mis posibilidades y con cualquiera que tenga la paciencia de escucharme.
No sólo hablo con clientes y abogados. También doy clases en un montón de universidades y escuelas de negocios y, por supuesto, paso unas cuantas horas al año en salas de justicia; la última de ellas, la Sala Civil del Tribunal Supremo, en un procedimiento del que llevo la dirección letrada desde hace casi nueve años y que me quita tanta vida como me da.
Te cuento todo esto porque si yo he conseguido vivir de hablar, que es probablemente la actividad para la que estoy peor preparado desde un punto de vista genético, tú puedes conseguir cualquier cosa que te propongas.
Quizá te asuste enfrentarte a hablar en público o exponer tus miserias frente a los demás. Puede que te apasione escribir, pero te aterre la posibilidad de que alguien lea tus textos. O, simplemente, crees que no eres lo bastante bueno para seguir avanzando en tu carrera profesional, para hablar con el tipo que te gusta o conseguir una meta que todo el mundo opina que tienes a tu alcance, pero tú ves a una distancia inalcanzable.
¿Sabes qué? Ellos tienen razón. Y tú, también.
Yo tengo dos cosas: dificultad para hablar y ninguna posibilidad de dejar de hacerlo.
No estoy diciendo que si puedes soñarlo puedas hacerlo, ni que tengas que salir de tu zona de confort, o cualquiera de esas estupideces que te dirán los coach de mercadillo, que venden consejos inútiles y bragas a dos euros.
Se vive de puta madre en la zona de confort, por eso se llama así. Es que hay que explicarlo todo.
Para mí, se trata de medir tu propio perímetro. Qué eres capaz de hacer y qué no, de verdad. Hay muchas cosas que, con más años que un bosque, ya no puedo hacer y no creas que me importa demasiado.
No puedo ser delantero centro en el equipo que ganará la Champions este año, pero no dudo que puedo plantarme delante de la plantilla y explicarle cosas que hagan que sean un mejor equipo, pese a que mis capacidades son escasas en los dos ámbitos.
Puedes interpretar tus limitaciones como defectos o como características. Yo siempre intento ser de los segundos.
Y tú ¿qué vas a hacer hoy para impedir que tus limitaciones se conviertan en una barrera para conseguir la vida que quieres?
Que tengas un día fantástico.
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