Segundo domingo del sexto mes del primer año de la pandemia. 12 de julio de 2020. Llueve en Valencia  y dentro de poco más de una semana abandonaré los 42 años. Cosas tenedes que faran fablar las piedras.

Desde hace ya unos meses, estamos envueltos en una espiral de situaciones inesperadas y mucho menos deseadas. Si eliminamos de la ecuación todo lo que tiene que ver con la pandemia -que no es un cisne negro, pero vaya tela, amigos-, también sería un año excepcional, en el sentido literal, sin acepciones positivas y nada que celebrar.

A estas alturas de la película ya deberíamos estar acostumbrados a las sorpresas y al Tysonismo, es decir, a una concepción de la vida en la cual los planes sólo sirven hasta que te parten la cara y tienes que empezar de nuevo. No me parece mal que sea así, la alternativa debe de ser aburridísima, al fin y al cabo aquí hemos venido a jugar, no a dejar que otros lo hagan por nosotros.

La COVID19 nos ha obligado a mirarnos en los espejos más incómodos: nuestra condición inefable de seres temporales, nuestra fragilidad como especie, la intrascendencia de nuestra propia existencia o la incapacidad de nuestras sociedades para ponerse de acuerdo cuando la unidad es la única alternativa al precipicio.

Hoy, tenemos de nuevo un país lleno de agujeros: ciudades y regiones enteras confinadas de nuevo y unas autoridades incapaces de actuar ante una amenaza cuyas dimensiones parece que los ciudadanos no somos capaces de calibrar por nosotros mismos.

En un plano más personal, hace un par de días falleció mi tía-abuela Irene. La COVID19 no le pasó ni de cerca y, fíjate tú, una caída inesperada y las complicaciones posteriores han conseguido apartarla de nosotros, algo que ni una guerra civil ni una pandemia habían logrado hasta ahora, y eso que mi tía Irene estaba todo lo sana, cuerda e ilusionada que se puede estar a los 94 años.

Sí, lo sé, el tocino, la velocidad, las churras y las merinas.

Os cuento todo esto para evitar la tentación de pensar que todo en 2020 han sido malas noticias porque, contra todo pronóstico, dentro del páramo yermo y frío del confinamiento, la muerte, la soledad y la tristeza más absolutas, algunas personas han encontrado motivos para seguir viviendo y pequeñas sorpresas en forma de reencuentros, gestos o simples muestras de amor que no esperaban.

Y es que, de vez en cuando, la vida adopta la forma de una Матрёшка, una sorpresa dentro de una sorpresa, una noticia inesperada dentro de una situación inesperada, ambas, quizá, igual de desesperanzadas, o que se compensan -de alguna forma inesperada, también- entre sí.

No voy a tratar de defender que la COVID19 tenga algún componente positivo. No es así. Algunos dirán que el teletrabajo, la innovación o la adaptación forzada a la que casi todos nos hemos tenido que sumar para sobrevivir pueden provocar efectos favorables a medio plazo.

Esta pandemia no ha tenido -no tiene, recordemos- nada positivo, a largo, medio o corto plazo. Es un pozo de mierda sin fondo, una catástrofe sin paliativos.

Ojalá nunca hubiese existido.

Sin embargo, incluso en las peores situaciones hay motivos para la esperanza. Creedme, sé de lo que hablo.

Por eso, la canción del domingo 28 de junio de 2020 es “De vez en cuando la vida”, de Joan Manuel Serrat.

De vez en cuando, la vida afina con el pincel,

se nos eriza la piel y faltan palabras para nombrar lo que ofrece a los que saben usarla

De vez en cuando, la vida nos gasta una broma y nos despertamos sin saber qué pasa,

chupando un palo, sentados sobre una calabaza

Hace un par de semanas se cumplió una década desde la última vez que Serrat aterrizó en este blog, que es el suyo, joven. En aquella ocasión, la canción del domingo elegido fue Fiesta, un himno a la noche de San Juan que todavía me provoca gallina de piel cuando recuerdo mis años en Barcelona.

Seguro que has hecho unas cuantas cosas durante los últimos diez años; estarás más orgullo o satisfecho de algunas de ellas y otras preferirías olvidarlas o haberlas evitado. ¿Y sabes qué? Está bien pensar en el pasado, al fin y al cabo es de donde venimos, pero lamerte las heridas no va a cambiar lo que has hecho.

Hoy es tan buen día como cualquier otro para encarar tu futuro con una energía distinta. Tal vez hayas recibido palos, como todos o más que los demás. Quizá te sientas vacío o sin apenas fuerzas, o pienses que no es posible remontar este partido pero, créeme, es posible y depende en buena parte de ti.

Las cosas no saldrán como esperas y probablemente tendrás que cambiar de planes, de estrategia o volver a empezar desde el principio unas cuantas veces pero, de vez en cuando, la vida hace que nos sintamos bien tratados y, sólo por tener la oportunidad de disfrutarlo, vale la pena intentarlo.

Que tengas un feliz domingo y que la vida te siga sorprendiendo, siempre.

PD: como siempre, aquí tienes el enlace a la lista en Spotify con todas las canciones del domingo, en orden inverso 🙂

Canción del domingo: de vez en cuando la vida (Serrat)
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