Todo es mentira. ¿Y eso qué importa?

La mayor parte de los comentanrios que aparecen en los medios sobre El Código da Vinci, la novela de Dan Brown que ha adaptado Ron Howard para la gran pantalla, se centra en las supuestas falsedades que plagan el argumento y que han provocado, entre otras reacciones, que el Opus Dei se haya sentido forzado a justificarse ante la sociedad y a publicar toda una sección en su página web, en la que se hace eco de las opiniones negativas que el libro está recogiendo desde hace años.
Anailzando el embrollo surgido a partir de la publicación del libro, la única conclusión razonable es que se trata de un conflicto artificial que beneficia a todas sus partes.

El primer beneficiario es, lógicamente, el propio Brown. El éxito de su novela es espectacular y ha conseguido, además, exprimir de forma magistral a una serie de teorías de serie B sobre la vida de Jesús que llevaban décadas circulando entre círculos de conspiradores y amantes de lo oculto.

Es probable que también los sujetos que tuvieron la ocurrencia de demandar a Dan Brown por plagio, Michael Baigent, Richard Leigh y Henry Lincoln, hayan visto cómo su obra «The Holy Blood and the Holy Grial» se ha vuelto a publicar y esta vez con pingües beneficios. No sé si a alguien se le ha ocurrido pensar que ellos, a su vez, han «plagiado» la idea de otros autores anteriores, y así hasta remontarnos al primer «iluminado» al que se le ocurrió que Jesucristo pudo tener descendencia con María Magdalena.

Finalmente, la iglesia católica ha conseguido una inesperada fuente de publicidad, que le permite mostrarse ante la opinión pública como el damnificado de una conspiración mundial de fanáticos anticatólicos.

Nada más lejos de la realidad.

Quizá las cosas fueron como narra Dan Brown en su libro. Quizá no. A mí, personalmente, no me supondría ningún trauma que así hubiese sido, incluso me ayudaría entender mejor a un personaje histórico que tiene mucho de mítico, más, incluso, que de místico. De acuerdo, igual Jesús tuvo una hija, un hijo o un loro. Quizá hubo 10 apóstoles, quizá hubo 13 o quizá en realidad no hubo ninguno; quizá Saunière, el abad de Rennes-Le Château, encontró unos pergaminos en los que se explicaba la falla; quizá Judas era el apostol predilecto -como dice el presunto evangelio encontrado en qumran-; quizá los hombres de negro tengan desmemorizadores y quizá mi gato Tarzán sea un ser venido del espacio para acabar con las reservas mundiales de Brekkies Excel y engendrar una nueva raza de gatos que dominará la galaxia.

Pero, ¿es de esto de lo que estamos hablando, o lo que verdaderamente importa es que «El Código Da Vinci» no es más que una novela que ha tenido un éxito tan extraordinario como inesperado? ¿Acaso no hay grandes novelas históricas que imbrican personajes reales con ficticios, e incluyen hechos verosímiles que carecen de base histórica? ¿Que es una novela, sino una narración de hechos -independientemente de si son reales o ficticios-? ¿Acaso alguien ha visto «El Código Da Vinci» en la sección de novela histórica de la FNAC o de la librería de la esquina?. Entonces, ¿dónde está el problema en que el Sr. Brown especule con unos hechos que pueden ser o no ciertos?

Reconozcámoslo; «El Código Da Vinci» no es un libro bueno. Ni siquiera creo que sea un buen libro. Es una novela divertida, bien trazada y con un argumento atrayente. Y ya está. Quién busque en este libro la profundidad de los personajes de Cela o la cuidada expresión de Ruiz Zafón, no lo encontrará. A mí me encantó, la recomiendo a cualquiera que esté dispuesto a dejar sus pretensiones a un lado y que busque una vía de evasión para sus males diarios.

Y es que con El Código Da Vinci, Brown ha resucitado el espíritu lector de muchas personas que habían perdido la ilusión por descubrir las experiencias que ofrece un nuevo libro. Esa nueva clase -caterva para algunos- de lectores, que no necesitan -ni quieren- una guía de personajes rusos con nombres impronunciables, sino una puerta de escape a la rutina, tampoco tiene por qué contentarse con Marcial Lafuente o Corín Tellado.

A estos lectores reencontrados consigo mismo les invito a descubrir a Matilde Asensi (por favor, por favor, por favor, leed «El último catón»), Arturo Pérez-Reverte, y a tantos otros escritores españoles que, estando muy por encima de Dan Brown, pueden satisfacer sobradamente sus nuevas ansias, sin devolverles a su primitivo estado de indiferencia.

Para mí eso es suficiente, porque un libro, incluso «El Código Da Vinci», así, con mayúsculas, es sólo un libro. ¿O no?.

Me muero de ganas de ver la película.

Un comentario sobre “Todo es mentira. ¿Y eso qué importa?

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  1. Que sea mentira o no, para mí, es lo de menos. En mi opinión, uno puede escribir pilas de mentiras y hacerse famoso publicándolo en un intento de libro de los nunca mejor llamados “Bestsellers”. El problema, por llamarlo de alguna manera, viene cuando una persona, como puede ser mi caso, que se dedica a la investigación, o al menos lo intenta, lee un libro como El código Da Vinci en el que el autor defiende que es una obra fruto de una profunda labor de investigación, cuando en realidad ni se aproxima a una novela histórica, porque nada de lo escrito por Dan Brown tiene algo de histórico. La literatura apócrifa y los textos Gnósticos son algo más serio que lo que da a entender el autor del Código Da Vinci, y que en el cuadro de la última cena no aparezca ningún cáliz no tiene nada que ver ni con el vientre de Maria Magdalena ni con la descendencia Merovingia, pues es de todos conocido, el echo de que el cuadro de la última cena está inspirado en el Evangelio de Juan, el único que describe la última cena sin cáliz alguno. Si especulas, al menos infórmate e investiga fuentes de primera mano. Al fin y al cabo no deja de ser una novela de intriga, con la que un tipejo se ha hecho famoso y millonario. En el fondo… ¿No será todo envidia?. Particularmente me parece más interesante hablar del posible Evangelio de Judas, que mencionaba Luis en su texto y sobre el que me gustaría aburriros con un par de diarreas mentales, sobre las que no me extrañaría nada que algún Dan Brown de turno escriba en un futuro no muy lejano. Contrariamente a lo que ha dicho mucha gente, incluido el National Geographic, el posible Evangelio de Judas, no es de Judas el traidor, si no que es un caso más de pseudo nimia de un grupo de judeocristianos que recogen las tradiciones orales que se decían unos a otros, atribuyéndolas a Judas, hermano pequeño y sucesor de Jaime, el llamado hermano del Señor y Patriarca de la Iglesia de Jerusalén, que actuó durante 60 años como si fuera un califato, es decir, a base de transmisión generacional pero no estrictamente de padres a hijos. Y todo esto, ¿Qué significa? Pues en mi opinión, es un ejemplo más de toda esta literatura apócrifa, escrita por judeocristianos, que en un principio fueron preponderantes, al menos durante el siglo I y II, que destruyeron el cristianismo de Jesucristo, creando una iglesia más arraigada en la tradición greco-romana. En el fondo, todo esto, no dejan de ser las raíces del New Age: convertirlo todo en mitología para expresar lo inexpresable y negar la realidad palpable, considerándola como inexistente o aparentemente efímera. ¿Tuvo hijos? ¿No los tuvo? Lo que está claro es que la interpretación que pueda hacer un Dan Brown de turno sobre las palabras que le dijo Jesucristo cuando resucitó y se presentó a Maria Magdala “Nolli me tangere” (No me toques más) y otra persona como pueda ser yo mismo, pueden ser abismales, ¿La diferencia? Yo sé que existen y las he leído en un evangelio trilingüe, Dan Brown no debe saber ni que existen. Saludos a todos, y enhorabuena por tu blog Luis.LuisG

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