Excusas y más excusas

Recuerdo que una de las primeras lecciones que me enseñaron cuando empecé a trabajar fue que «las noticias buenas hay que darlas pronto y las malas, más pronto aún». En este caso sí que recuerdo perfectamente que fue Oriol Ràfols quién me lo dijo y aún me lo repitió unas cuantas veces más.
En nuestra profesión, raras ocasiones sucede aquello de «no news, good news», en especial cuando te encuentras en la parte actora: si decido demandar a alguien, es para que me den la razón, o al menos para pedir que me protejan, no para ver pasar los días sin que nadie me diga nada.

Esta situación no sólo se produce entre los abogados; algunos profesionales afines, como los asesores o los médicos, también tienen que llevar a cabo gestiones cuyo resultado no siempre depende enteramente de ellos y que pueden tener un resultado negativo para su cliente.

Ahora bien, si hay algo que no soporto, son las excusas: un profesional debe dar siempre la cara y asumir las consecuencias de su intervención. No hay nada peor que tener que soportar una mala noticia acompañada por un sermón en el que, encima, intentan hacerte sentir culpable, sobre todo si, encima, eres tú el que pagas.

Quizá sea porque me dedico precisamente a dar buenas y malas noticias, por suerte pocas de las segundas, me molesta sobremanera tener que aguantar excusas ajenas. Hoy ha sido uno de esos días.

Hace seis años que trabajo con una agencia de propiedad industrial con oficinas en toda España y el resultado durante los primeros años fue bastante satisfactorio. Sin embargo, hoy he recibido la confirmación de la denegación de una patente. En sí mismo, éste no es un hecho extraordinario.

Sin embargo, durante los últimos tres años he tenido que soportar un número ingente de cartas, faxes e e-mails del estilo «ya le dijimos en fecha blablabla que era difícil que prosperase la solicitud», con un listado exhaustivo de todas las comunicaciones intercambiadas durante los últimos meses en las que remotamente podía entenderse que me habían comunicado que el tema esta complicado.

Entendámonos; tal y como están las cosas, no me parece mal que un profesional se dedique al noble arte de intentar salvar el culo cuando los temas se tuercen; sin embargo, el primer pensamiento que me viene a la mente en estos casos es «¡¡¡¡le ha soltado a este tío n-mil euros para que me gestione un asunto y tres años después, no lo consigue, me cobra y encima me echa a mí la culpa!!!!».

Bueno, ya sabemos de otro proveedor con el que no volveremos a trabajar, por muchas oficinas que tengan y aunque lleve -presuntamente- 127 años en el mercado. Si después de tanto tiempo aún no han aprendido a tratar a sus clientes, quizá podían empezar a plantearse por qué están empezando a perderlos…

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