Pang! (cazando burbujas)

Durante estas últimas semanas he escuchado en todos los foros a los que he asistido hablar sobre dos burbujas, la inmobiliaria y la de internet. La conclusión general es que es mentira que existan, pero que haberlas, haylas. Mi hipótesis es que no sólo existen -es evidente- sino que además tienen muchas cosas en común.

A principios de siglo (de ESTE siglo, por si alguien no se acuerda, estamos en el XXI) se produjo un fenómeno que no por esperado resultó menos sorprendente: el reventón de la denominada primera burbuja de internet, un efecto que también se llamó el crash de las dotcom o puntocom, que suena más castizo.

En realidad, las causas de que la burbuja reventase hay que buscarlas en las circunstancias en las que se generó esa burbuja: a la especulación irracional se unió la absoluta imposibilidad de cumplir con unas expectativas que no habían tenido en cuenta la situación del mercado, la capacitación de los potenciales usuarios, el grado de desarrollo de las comunicaciones… un sinfin de circunstancias que desembocó en la frustración de los inversores y la desacreditación de todo un sector que movía billones de euros en todo el mundo.

Ahora el escenario ha cambiado: tenemos millones de usuarios ansiosos por conocer nuevos productos, las conexiones han multiplicado su capacidad por cien o mil, los ordenadores son más potentes y se encuentran presentes en casi todas las facetas de nuestra vida, proliferan las PDAS y blackberries… y, sin embargo, seguimos cometiendo los mismos errores.

Hace poco, Enrique Dans retomaba en su blog una pregunta formulada por franticindustries: ¿por qué servicios pagarías si no fuesen gratuitos? Esta pregunta bomba deja al trasluz uno de los grandes retos actuales de Internet: con el desarrollo monumental de servicios y aplicaciones en lo que la gente llama la web 2.0, lo importante es tener muchos fans, no un negocio próspero que genere beneficios. Vamos, puro Metcalfe. Durante los últimos meses hemos escuchado varios ejemplos de empresas que operaban exclusivamente en Internet y que se han vendido por millones o incluso miles de millones de euros, únicamente por su potencial como comunidad social; es decir, que si consigo crear «algo» que guste a millones de usuarios en todo el mundo dispuestos a compartir su tiempo conmigo (los fans), llegará un momento en que alguien me pagará un buen puñados de euros por asociar su imagen a la mía delante de mis fans o, más directo, por convertirse en yo.

Eso es lo que ha pasado con iniciativas como Youtube, Hotmail (¿alguien recuerda que no siempre ha sido de Msn?) o Myspace, que fueron winners ofreciendo servicios gratuitos, acumulando una ingente cantidad de usuarios sin ingresar un solo euro por sus servicios.

Nuestro amigo metcalfe no se equivocaba al postular en su ley el crecimiento exponencial del valor de una red a medida que ésta crece, pero quizá no nos hemos planteado que ese valor sigue siendo un activo potencial, es decir, que pienso que el día que quiera poner anuncios mucha gente los verá y cobraré por ellos, o el día que cobre un euro por hacer lo que antes era gratis, casi todos lo pagarán y con lo que gane, me compraré un coche muy grande… pero es posible que no sea así. Porque me da la impresión de que estamos empezando a soplar otra vez, y cada vez más fuerte, para hacer grande la burbuja, sin que haya apenas nada para llenarla.

Un ejemplo de esta tendencia es twitter, un sistema simple y fallón que se ha convertido en una herramienta usada por casi todo el mundo para saciar su afán de notoriedad, y que permite ser muy eficaz comunicando eventos intrascendentes. El sistema falla como una escopeta de feria, los servidores se cuelgan varias veces al día y aún así seguimos accediendo, como auténticos groupies. ¿Y qué? ¿Cambiará mi vida si desaparece twitter? ¿Estoy dispuesto a pagar por dejar que un desconocido conozca a qué hora me lavo los dientes? Y, pese a todo, seguimos usándolo (en micaso, reconozco que cada vez menos).

Quizá peco de ser poco objetivo en este ámbito, (disclaimer) porque mi empresa sí que presta servicios de valor añadido en internet y generamos negocio con nuestra actividad, sin renunciar al fin último de crear una gran comunidad, pero mi impresión es que necesitamos ofrecer soluciones, herramientas, productos y servicios «de verdad» al mercado, generar un valor real para toda esta actividad, si queremos evitar que la especulación acabe de reventar la burbuja que estamos generando entre todos.

En realidad, pronto tendremos una pequeña prueba con el DNI digital; muchas empresas albergan grandes esperanzas en las bondades de este sistema, sin tener en cuenta lo que cuesta convencer a un señor de la fiabilidad de esta firma, de que tiene que utilizar un lector en su casa y de que tiene que volver a la comisaría cada dos años y medio a renovar sus certificados, aunque su DNI dure diez. Y, tal vez, cuando se entere de que en el Reino Unido o en Estados Unidos no existe el DNI, o de que en la mayoría de países se conforman con cualquier documento con foto y, por supuesto, ni se plantean implantar algo tan minorityreportiano como un DNI electrónico, de repente se plante y diga «a ver si nos vamos a estar adelantando demasiado OTRA VEZ».

Mucha gente ha perdido cantidades ingentes de dinero por dejarse llevar por el entusiasmo; sin embargo, como decía hace poco alguien en el I congreso TIC de la Comunidad Valenciana, una de las diferencias más importantes entre las empresas TIC antes y después del derrumbre de las puntocom es que ahora ya no tienen tanto glamour y para crecer hay que currárselo.

Llegados a este punto, se me ocurren muchos paralelismos con la burbuja inmobiliaria, pero creo que este post ya supera los límites humanos del tedio absoluto, así que lo dejaré para más adelante.

Malditas TICs. Como dice la canción, no debía de quererte, no debía de quererte y, sin embargo,… te quiero!!

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