
Crear una nueva vida es una cosa muy seria.
Nadie se toma a cachondeo el papel de demiurgo cuando trae un hijo al mundo.
Contratamos clases de preparación al parto, compramos ropa diminuta y tenemos una maleta preparada durante semanas por si hay que salir corriendo.
Hacemos radiografías y un seguimiento permanente de la salud de la madre y del embrión, del feto y del bebé cuando llega al mundo. Algunos de los mejores cerebros de la historia del derecho se han dedicado a analizar los derechos civiles y hereditarios de esos nasciturus, que apenas tienen forma humana.
Somos conscientes de la importancia de la situación y de la responsabilidad que asumimos en ella.
Sin embargo, no solemos llegar preparados a la creación de una nueva empresa. Y pagamos las consecuencias con una tasa de mortalidad absurdamente alta.
Según varios estudios, en España el 25% de las nuevas empresas desaparece durante el primer año y el 60% de las empresas no supera los 5 años de vida. La esperanza de vida para las pymes españolas se sitúa en los 11 años de media.
Si nos centramos en las startups, las cifras son alarmantes: de acuerdo con un estudio de la consultora ENLACE sólo 1 de cada 7 se consolida durante los primeros 3 años de vida, el 80% se queda sin caja antes de generar ingresos y el 90% no llega al punto de equilibrio antes de cerrar.
Entre los motivos que explican estas cifras, el que detecto con más frecuencia es que muchos emprendedores ponen en marcha nuevos negocios sin ningún tipo de preparación y sin un propósito claro.
Simplemente han identificado una oportunidad en el mercado -sin validarla- y se han lanzado a resolver un problema que, quizá no existe.
No seré yo quien critique la impulsividad a la hora de lanzar una nueva empresa, tras haber participado en el alumbramiento de 10 nuevas sociedades en los últimos 22 años.
El otro gran problema asociado con la falta de preparación en estas fases iniciales de las empresas es la sensación de vivir en un sandbox permanente.
Me explico.
Todos los días -literalmente- llegan emprendedores al despacho con empresas que acaban de constituir sin la más mínima planificación legal y fiscal.
Han constituido su sociedad en puntos PAE sin preocuparse del contenido de sus estatutos, sin saber a qué se comprometían o cómo quedaban sus obligaciones y las de sus socios. No han firmado un pacto con ellos.
No han registrado sus marcas, pero ya han lanzado sus páginas web con dominios que no podrán utilizar, Han copiado sus textos legales y sus contratos de un competidor o de alguien que no tiene nada que ver con ellos. O se los han pedido a cualquier sistema de IA que desconoce los pormenores de su negocio ni tiene en cuenta las responsabilidades que está asumiendo la empresa y sus administradores.
Porque amigos, en España los administradores y consejeros de una empresa asumen responsabilidades personales, civiles y penales, por sus actos y por sus incumplimientos formales. Y esta responsabilidad se extiende a todo su patrimonio, presente y futuro. Tonterías, las justas.
Desde el punto de vista de negocio, la perspectiva no es más alentadora. No han pensado cómo van a conseguir a sus primeros clientes, ni han definido el funnel de ventas para mantener un crecimiento sostenible. Sus operaciones son inexistentes. Eso sí, tienen muy claro en qué se van a gastar la pasta y cómo tiene que ser el producto, aunque luego no lo quiera nadie. Los ingresos, ya si eso, los iremos viendo.
Y estos son sólo unos pocos ejemplos de las cosas que hacemos mal, que comprometen nuestros negocios y acaban provocando que la supervivencia de las startups sea una rareza estadística, no digo ya el éxito.
Jugar a emprender es muy peligroso y tiene unos enormes costes ocultos; no estoy pensando sólo en el coste económico y emocional de abrir, mantener vivo y cerrar un negocio.
Me refiero al coste de oportunidad que supone dedicar los mejores años de tu vida a una quimera, una ilusión que no existe y que sólo has visto tú porque estabas dirigiendo tu mirada en la dirección incorrecta o sin las gafas adecuadas.
“A veces ganas y otras aprendes”. Ojo con esta mierda.
Si el coste de aprendizaje supone echar tu vida por el desagüe, hipotecar tu futuro y el de tu familia y pasar el resto de tu existencia amargado porque tu idea era maravillosa, pero no era el momento adecuado o el mercado no estaba preparado o tu socio blablabla, no compensa.
Las excusas no compensan nunca el fracaso. Y lo normal es que fracases una y otra vez.
No lo olvides: el éxito en los negocios es una rareza estadística y no sólo depende de ti, de tu talento, de tus ganas y de tu capacidad de sufrimiento. También necesitarás un poco de suerte y una buena red de contactos. La preparación y la experiencia ayudan., claro.
Te cuento todo esto porque he visto a gente que empezó jugando a emprender porque era lo que tocaba, porque a su cuñado le había ido bien -mentira- y, claro, él no era más tonto que su cuñado -mentira, también-.
Empezó capitalizando el paro, luego pidió un préstamo y acabó perdiendo su casa y a su familia por no saber parar a tiempo.
Muchos emprendedores acaban sumidos en una depresión, enganchados a cualquier mierda o con un cable pelado en el cerebro para el resto de su vida.
El pasado viernes recordamos en una cena a un buen amigo que acabó colgándose de una viga del techo de su propia nave mientras sus empleados desayunaban en el bar del polígono, porque no supo enfrentarse al impago de un cliente y a su miedo al fracaso. Le estuve llamando durante horas para preguntarle cómo estaba. Y ya no estaba.
Emprender es una profesión de riesgo y nunca es demasiado pronto para que te des cuenta y tomes medidas para protegerte. Ojo, que este post no va sobre salud mental, para eso tenemos la suerte de contar con Ancla.
Lo que hoy quiero recordarte es que crear un negocio es una decisión importante y estratégica, que te va a llevar por el lado salvaje de la vida durante más tiempo del que esperas. Que se lo digan a Lou Reed. Y a Albert Pla.
No se puede debe jugar a emprender. El impacto que genera la puesta en marcha de un nuevo negocio para ti, para tu familia y tu entorno y para las familias y los entornos de tus empleados, proveedores y clientes, es brutal.
Rodéate de gente que haya pasado por esto; no se aprende en cabeza ajena pero hay alertas que sirven para todos los casos.
Cuídate y protege tu vida personal y a los tuyos. Y disfruta, porque emprender también tiene momentos en los que te sentirás orgulloso por lo que has conseguido y por la gente a la que has sido capaz de reunir alrededor de tu idea y de tu propósito. También en esto se parece a la experiencia de tener un hijo y alumbrar una nueva vida.
Si vas a hacerlo, hazlo bien. Con la preparación y la mentalidad adecuada, el viaje merece la pena, créeme.
Y mucha suerte, amigo. La vas a necesitar.
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