Shanghai es de otro planeta. No se me ocurre otra forma de ubicar, definir o explicar las sensaciones que me produce esta ciudad maravillosa y caótica pero, al mismo tiempo, perfectamente organizada.

Shanghai es la primera ciudad de China que conozco en persona y tengo la sensación de haberme quedado sin palabras para poder definirla; si hace un par de meses decía que París es excesiva e inabarcable, esas expresiones son tan insuficientes que resultan ridículas y casi ofensivas cuando hablamos de Shanghai. En realidad, tengo la sensación de que hablar de Shanghai es mentir, porque este lugar es muchas ciudades, muchas sociedades, muchos mundos en uno solo.

Llegué el lunes a mi hotel, el Regent Shanghai, en taxi desde la estación del Maglev, un tren de levitación magnética que circula a 431 km/h para cubrir un trayecto de 30 km en apenas 8 minutos. Aquí tenéis un vídeo en el que podéis comprobarlo.

El hotel es una auténtica pasada, un rascacielos de más de 50 plantas con vistas sobre la ciudad; para que os hagáis una idea, ésta es la vista desde mi habitación.

El primer día fue algo difícil a causa del jet lag y el sueño acumulado: la combinación de aviones había sido tan nefasta que entre el sábado y el domingo apenas pude dormir un total de 5 horas- Aún así, me fue imposible resistirme a dar una vuelta por la ciudad, así que me fui a comer a Nanjin Road East, una de las calles comerciales más conocidas -y mejor surtidas- del mundo.

Aquí puedes encontrar absolutamente de todo; las grandes tiendas de marcas internacionales conviven, puerta con puerta, con bazares y tiendas de imitaciones o artesanía tradicional china. Pero la imagen más impactante -si es que algo así existe en Shanghai- es la vista de Pudong desde el Bunt, un boulevard de construcciones coloniales sobre el río. La foto al margen corresponde a ese lugar.

El lunes acabó con una cena temprana cerca del hotel en compañía de José Ramón, un compañero de una empresa valenciana de mármoles, y de Juan Carlos y Laura, unos buenos amigos del ITI.

El martes, tras una breve reunión en el IVEX, empezó de verdad mi agenda. Quiero agradecer a Ricardo Blázquez y a Laura Botella del IVEX el esfuerzo que hicieron porque realmente las reuniones resultaron muy productivas. Especialmente interesante me resultaron las conversaciones que mantuve con algunos abogados españoles, instalados en Shanghai, y que nos pueden facilitar mucho el desembarco.

Al acabar las reuniones, sobre las 17:00 y sin haber comido, me parecía un crimen irme corriendo al hotel, así que me dediqué a callejear un poco, tomando como referencia algunos de los rascacielos más característicos, y en especial el Bund Center, en el que había estado por la mañana. Fue entonces cuando disfruté realmente de la ciudad, paseando entre miles de personas tirando de carros y en bicicleta, en un tráfico de mil demonios que, pese a la aparente ausencia de normas de circulación, se mueve con total fluidez, como un único organismo vivo.

Shanghai huele de otra manera, en ningún lugar me había encontrado esa mezcla de olores especiados, picantes, dulzones… simplemente maravilloso.

Ahora voy a mi última reunión en Pudong y sobre las 5 salimos hacia Chengdu, a un evento de dos días que nos va a reunir con unas doscientas empresas chinas y europeas. Me voy de Shanghai con pena por no haber podido disfrutar y conocer más una ciudad que es muchas ciudades, y que parece de otro planeta, aunque el jueves que viene paso mi última noche en China aquí de nuevo.

Bien visto, quizá no es que Shanghai sea de otro planeta; si es cierto que la mayoría tiene la razón, entonces soy yo el marciano en Shanghai.

Marciano en Shanghai
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