Quiero ser sealandés

Durante el día de hoy, varios medios de comunicación han publicado la noticia de que el príncipe de Sealand ha puesto su reino a la venta (por ejemplo, aquí). Por lo visto, el príncipe Michael -que fue secuestrado hace años y liberado por la guardia pretoriana del Rey- opina que su padre no tiene energía para continuar con su cargo y él no tiene ganas de seguir viviendo en una plataforma en mitad del mar.

El caso Sealand me ha atraído desde que conocí la historia hace un buen puñado de años: un señor se atrinchera en una plataforma de 550 metros cuadrados construida por el Reino Unido en la Segunda Guerra Mundial y se autoproclama Rey del recién creado reino de Sealand. Dado que la plataforma se encontraba en aguas internacionales, ningún país ha podido reclamar su soberanía sobre ella (los juzgados del Reino Unido declararon carecer de competencia territorial en 1968) y eso ha provocado que la familia real se sienta reforzada en su cargo y que el Rey Roy (bonita cacofonía) posea sus propias monedas, sellos e, incluso, su selección nacional de fútbol. En la página web oficial del reino se manifiesta, incluso, que Sealand ha ganado una guerra, entendiendo como tal la recuperación de la plataforma tras la invasión de un puñado de facinerosos en 1978.

El reino de Sealand ha sido protagonista directo o indirecto de numerosas estafas y engaños internacionales, como fue el caso de los pasaportes falsos (aquí, comunicado oficial de la guardia civil española), y con frecuencia se encuentra en el ojo del huracán debido a que, al carecer otros países de competencia sobre lo que allí ocurre, el Rey Roy puede hacer poco menos que lo que le viene en gana en su reino. Entre otras cosas, existe una enorme granja de servidores seguros de la empresa HavenCo, que constituyen una de las principales -si no la única- fuentes de ingresos de Sealand, y que ha provocado que únicamente personas relacionadas con la empresa dispongan de autorización para aterrizar en la plataforma.

Resumiendo: Sealand es un mundo dentro de nuestro mundo en el que unas pocas decenas de personas viven en barracones de hormigon sobre una plataforma construida sobre el mar por un país que ahora carece de competencia para hacer cumplir la ley y en el que el rey no ha sido nombrado por el pueblo ni por la Providencia sino por sus propios machos. En realidad el reino de Sealand recuerda un poco a la utopía de Tomás Moro, un lugar que no puede existir y al que le quedan las horas contadas, sobre todo ahora que el heredero al trono quiere venderlo.

Me gustaría ser sealandés y vivir allí una temporada. Sealand es el paradigma de la libertad y de cómo una idea absurda puede llevarse a cabo con un poco de perseverancia y muchas ganas de pelearse con el mundo. Aunque, en realidad, ¿de qué sirve la libertad cuando puedes ejercerla únicamente en un espacio de poco más de 500 metros cuadrados?

Una pena; en realidad, aunque no disponga de fondos para comprar el reino, siempre me quedará la posibilidad de adquirir, por cerca de veinte libras, un título de Lord o Barón de Sealand y conseguir cosas como «impresionar a la gente y hacer amigos», «ser invitado a todas las fiestas importantes», «dar envidia a sus compañeros de trabajo» u «obtener trato VIP y los primeros puestos de la cola en acontecimientos importantes». Os juro que esto es lo que pone en la página oficial de venta de títulos de Sealand. Así de fácil. Porque yo lo valgo…

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