Paris

París es una ciudad inabarcable, majestuosa, soberbia y absolutamente maravillosa.
La semana pasada tuve la oportunidad de aterrizar por primera vez allí y, de paso, aprovechar para practicar mi francés que permanecía oculto bajo toneladas de óxido en algún recóndito lugar de mi cerebro.

Fue un viaje relámpago junto con mi compañera de fatigas, Gemmurrín, ya que apenas estuvimos 36 horas en la capital francesa, pero tuvimos tiempo de echar un vistazo rápido a algunos de los lugares más conocidos del planeta: la Tour Eiffel, el Museo de Louvre, el Arc de Triomphe, Notre Dame, les Invalides, los Campos Elíseos y, sobre todo, el barrio de Montmartre y la basílica del Sacre Coeur. Todo en un solo día y a base de pies y metro, que no es poco.

De todo lo que vimos, que no es poco para un solo día, lo que más me impactó fue el Louvre y Montmartre; tras varias semanas de preparativas, de revisar guías, preguntar a amigos y leer libros de viajes, sencillamente, no estaba preparado para interiorizar en unas pocas horas todo lo que vi.

A las nueve de la mañana ya hacíamos cola en la puerta del Louvre, impacientes y ansiosos ante lo que se nos avecinaba. Sin embargo, me resulta imposible reproducir la majestuosidad del Louvre, un museo interminable, bellísimo, en el que cada metro cuadrado alberga sorpresas y obras de arte eternas, sublimes, maravillosas. Entrar en el Louvre es penetrar en el Sancta Sanctorum del arte universal y convertirse en mudo testigo de la Historia con mayúsculas, y los conservadores y directivos del museo lo saben: puedes seguir un itinerario «rapido» -casi un sacrilegio-por las obras de arte más famosas del mundo casi sin excepción (desde la Gioconda de Da Vinci hasta la Victoria de Samotracia, «La libertad guiando al pueblo» de Delacroix, el escriba sentado o la Venus de Milo).

Ésta es la opinión de Gemma, que sabe mucho más que yo de arte, justo al salir del museo y que refleja perfectamente la sensación de cualquier visitante al museo más visitado del mundo.

Del Louvre fuimos a Notre Dame y de allí a Montmartre. Dicen que hay mucho más de Montmartre en París que de París en Montmartre y lo cierto es que el barrio de los artistas es un lugar telúrico, acogedor y vivo. La imagen actual dista mucho de aquella imagen romántica y bohemia del Montmartre idílico, porque los turistas llenan las calles de paraguas cerrados, cámaras y mapas, y los pintores de la Place du Tertre se dedican en buena parte a hacer retratos y caricaturas, al estilo de las Ramblas de Barcelona o la Plaza de España de Roma.

Sin embargo, la Butte tiene una fuerza y un magnetismo especial que te invita a recorrer sus calles estrechas con un crepe de nutella y a descubrir sus bistrots con manteles de cuadros blancos y rojos al atardecer, mientras escuchas en una radio antigua las canciones de Trenet, Piaff o Brassens.

Acabamos el día en la Tour Eiffel, después de recorrer George V y los Campos Elíseos, con una magnífica visión de la ciudad de la luz, incandescente bajo nuestros pies destrozados.

Inolvidable París. Si algún día me pierdo, buscadme por allí.

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