Cine reparador

Es sábado, la una y media de la mañana, y dentro de dos horas serán las dos y media. Cosas del cambio climático, digo de hora. Nuestro amigo Al nos tiene cogido de los pelillos.

Acabo de llegar del cine de ver Stardust. Es mi segunda película ese fin de semana, después de que ayer fuese con Gemmurrín a ver un funeral de muerte.

Los que conozcáis siquiera una sinopsis de ambas películas, sabréis que se parecen aproximadamente lo mismo que sus respectivos títulos, es decir, en nada absolutamente. Sin embargo, para mi pobre estado tras una semana demoledora de trabajo, puedo resaltar un mínimo común múltiplo: el buen sabor de boca. Y no me refiero al típico happy end, sino a una sensación positiva, reparadora.

Probablemente ninguna de estas películas pasarán a la historia del cine como grandes obras maestras, aunque Stardust acaba de empatar en mi propia categoría de cuento con la princesa prometida, de feliz recuerdo. «Me llamo Íñigo Montoya, tú mataste a mi padre, prepárate a morir». Brutal.

Sin embargo, si necesitáis reconciliaros con el mundo, os recomiendo que vayáis a ver cualquiera de las dos: a mí me han arreglado una semana difícil y me han preparado para enfrentarme a una semana previsiblemente aún más complicada, rellenando mi pequeña reserva de endorfinas.

Aún me quedan por ver Tierra (que me suena a segunda parte de una verdad incómoda, y espero equivocarme) y, por supuesto, el Sueño de Cassandra, que me reservo en la recámara para la semana que viene. Sé que estas dos obras son mucho menos amables, pero no todo iba a ser césped en el camino, ¿verdad?

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