
Inspirado por varios amigos, el año pasado por estas fechas implanté mi propia versión de los viernes al sol: un día a la semana sin reuniones ni llamadas, centrado únicamente en tareas estratégicas dirigidas a incrementar el valor de mis empresas.
Como soy un flipado y no sé arrancar proyectos sin ponerle nombres o etiquetas grandilocuentes, le llamé net worth Fridays y me los bloqueé en todas mis agendas, para evitar la tentación de cargarlo con reuniones.
En realidad, la gente de mi entorno que había implantado dinámicas similares dedicaba los viernes a jugar al golf, organizar comidas con amigos, salir a navegar, escribir o, simplemente, no trabajar. Y punto.
Pero yo no sé no trabajar. Algún día os explicaré mis demenciales -y casi inexistentes- rutinas de trabajo diarias, pero esto de reducir el ritmo un día laborable me parecía un exotismo inalcanzable, así que creé mis propio esquema de viernes enfocado, con una carga estratégica extra.
Desde luego, no soy nada original. En muchas empresas han implantado los Focus Fridays -o Flow Fridays o Summer Fridays, cada uno le llama como quiere-: un día sin reuniones, para centrarse en lo que llaman trabajo profundo, sin distracciones.
El germen de esta tendencia no es el espíritu paternalista de los comités de empresa o la cristalización del animus vagandi de la generación Z, sino la constatación de un fenómeno real y documentado:
El viernes es el día menos productivo de la semana.
Y no lo digo yo. Un estudio de Gallup analizado por Bloomberg cuantificaba el coste de la caída de la productividad los viernes en 1,9 trillones de dólares americanos, sólo en Estados Unidos.
Al convertir los viernes en un día sin distracciones, las empresas buscan la forma de recuperar parte de esa productividad, reduciendo las fricciones que llevan a los empleados a no concentrarse y procrastinar los viernes hasta que suena la campana y se pueden ir a sus casas a hacer lo que que quiera que hagan los fines de semana.
Por su parte, muchos directivos y profesionales senior con capacidad de gestionar sus agendas han decidido rendirse a la evidencia: si es un día casi perdido, voy a hacerlo mío y a aprovecharlo para mis propios asuntos. Aunque esos asuntos sean jugar al golf.
Reconozcámoslo: la productividad es un problema en la economía y la sociedad occidental. Mientras descubrimos la forma de abordarlo, intentamos doparla reduciendo el número de horas o días laborables semanales, en una progresión que no tiene fin. Misma producción, menos días = más productividad. Y el coste de oportunidad, que se lo coman las empresas.
Porque, si quitamos los viernes, ¿quién nos garantiza que los jueves no se van a convertir, ahora sí, en los nuevos viernes (los maravillosos juernes)?.
Y, si sólo trabajamos de lunes a miércoles, ¿quién va a ser capaz de quitarse la ansiedad de trabajar los lunes, tras cuatro días de dolce far niente?
¿Y si sólo trabajamos un día a la semana? ¿Y si no trabajamos jamás y lo quemamos todo y nos extinguimos de una puñetera vez?
Mientras tanto, en algunos países el debate se centra en las bondades y los inconvenientes de la jornada 996 (trabajar de 9 am a 9 pm, 6 días a la semana). O la jornada de 69 horas que algunos han propuesto en Corea del Sur.
Para mí, la solución correcta siempre es la misma: flexibilidad. Si quieres trabajar menos o descansar los viernes -o los martes-, ajusta tu jornada, reduce tu salario y rinde al máximo durante tu horario. Sin trampantojos, sin excusas, sin tonterías. Sin pausitas, ni conciliación ni inventos que sólo generan ruido e insatisfacción.
Cuando trabajas, trabajas a tope. Cuando descansas, desconectas y disfrutas a tope del resto de tu vida. O no, es tu decisión. Pero cada cosa en su sitio y a su debido momento.
No es tan difícil.
En mi casa tengo dos carteles colgados de forma que es lo primero que veo al levantarme:
- Do what you love every day
- Work hard, party hard, no drama
Soy un poco intensito, lo sé. Pero no engaño a nadie e intento no perder el tiempo con excusas.
Los viernes al sol no son una cura, porque el diagnostico es erróneo.
El problema real detrás de la caída de la productividad de los viernes es la falta de motivación y de propósito. Si no crees en lo que haces, estás deseando todo el rato dejar de hacerlo. Y cuentas las horas para que suene la campana. Y esa tensión interna hace que llegues extenuado, aunque en el fondo no sea para tanto.
Sin embargo, cuando haces algo que te gusta y en lo que crees, quieres hacerlo todo el rato y es mucho más difícil bajar los brazos.
Ninguna empresa puede asumir el coste de mantener un equipo desalineado o desmotivado.
Construye un equipo con propósito, págale lo que se merece y deja los experimentos para los alquimistas.
Así, todos tus días al sol serán infinitos
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