
Hace poco recibí un mensaje de Linkedin en el que me recordaba que llevamos 20 años juntos.
WOW. 20 años es un montón de tiempo.
Cuando creé mi cuenta, sólo llevaba un par de años con mi primera empresa, e-contratos, y Metricson no era ni siquiera la idea loca en la que se convirtió unos años después.
Yo he cambiado mucho durante todo este tiempo. Y LinkedIn también.
Para mí, empezó siendo el lugar en el que podía conectar con mis compañeros de promoción; de hecho fue ESADE quien me recomendó darme de alta y al principio pensé que era una especie de comunidad propia.
Desde entonces, LinkedIn ha sido una segunda casa en la que he contado miles de historias profesionales y, en ocasiones, también personales.
Porque LinkedIn ha pasado de ser una red social profesional a convertirse en un lugar en el que compartimos nuestros intereses con gente que tiene perfiles afines. Y ya no sólo hablamos de trabajo, sino que, cada vez más, se mezcla el ámbito personal con el profesional.
Mis principales usos actuales de LinkedIn son:
- contactar con gente interesante, por motivos profesionales (no sólo para vender, también para comprar o proponer cosas 🙂
- compartir los contenidos que genero en otros sitios, como este blog, que es el suyo, joven.
- publicar ofertas de empleo de mis empresas
- Pedir opiniones e informarme sobre temas que me interesan
- Ver qué hace la competencia de cualquiera de las empresas en las que estoy involucrado
Cada vez más, LinkedIn se está convirtiendo en un ecosistema en el que puedes hacer casi cualquier cosa. Puedes pagar por anunciarte, publicar encuestas, buscar empleados y, sobre todo, puedes -casi debes- ser un capullo integral.
Con el tiempo, LinkedIn se ha convertido en un escaparate de nuestro ego, una oda al yo, el lugar en el que mostramos, no ya nuestra mejor cara, sino una que no existe y que sólo está en nuestra cabeza. O ni siquiera allí.
Supongo que esto pasa en todas las redes sociales, pero aquí es donde se manifiesta de forma más brutal porque combina nuestra tendencia natural a aparentar con la necesidad de prosperar profesionalmente. Y la llegada de la IA sólo ha acusado este fenómeno, con textos llenos de retórica infumable y listas con viñetas y emoticonos imposibles.
(Conecto el modo boomer) A mí me gustaba más el LinkedIn de principios de siglo, donde los usuarios teníamos un propósito más relacional que transaccional. Quizá hemos perdido la inocencia o quizá yo entonces no lo utilizaba bien.
Pero, claro, Microsoft no pagó 26.200 millones de dólares por LinkedIn en 2016 para que puedas preguntarle a tu amigo José Antonio cómo compartir archivos pesados por e-mail.
Por aquel entonces, LinkedIn ya había lanzado Sales Navigator y comprado Lynda y Pulse, y era la mayor comunidad profesional del planeta. Y gracias a su integración con Microsoft esa comunidad se ha duplicado, mientras que su facturación se ha multiplicado por 5,5.
Hoy, LinkedIn cuenta con 1.200 millones de usuarios (se calcula que 310 millones de ellos eśtan realmente activos) y factura cerca de 18.000.000.000$ (18 mil millones de dólares). Cuando quieres contratar a alguien o confirmar una información profesional, le preguntas a LinkedIn, porque casi todo el mundo con el que te relacionas en occidente está dado de alta allí.
Aunque a Elon Musk no le guste. Y aunque LinkedIn cada vez sea más YouTube, con todo lo que ello comporta.
En mi caso, cuando dejé de utilizar Facebook, Instagram o Twitter, incluso cuando me salí durante casi dos años de WhatsApp, seguí usando LinkedIn. Si eres consciente de que todo es mentira y aprendes a usar un filtro de egos, puede resultar muy útil, incluso divertido.
Cuando están vendiendo, todos mienten un poco, incluso tú. Sólo es cuestión de saber cuánto.
Y tú, ¿cómo utilizas LinkedIn?
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