
Hay libros que te acompañan toda la vida.
Leí por primera vez El Origen Perdido, la novela de Matilde Asensi, poco después de su publicación en 2003. Acababa de terminar el Último Catón, de la misma autora, que fue el libro que me devolvió el impulso de leer -y de escribir algo que no fuesen demandas y contratos-.
El Origen Perdido es una novela de aventuras que narra la historia de Arnau, un emprendedor tecnológico de principios de los 2000, al que las cosas le habían ido muy bien, hasta que empieza a meterse en líos y acaba buscando quipus y tesoros en Tiahuanaco (Bolivia), simplificando y sin querer haceros spoiler.
En 2003, cuando leí El Origen Perdido por primera vez, estaba montando mi primera startup –e-contratos– y me parecía muy aspiracional leer las peripecias de alguien que había triunfado en ese campo y podía dedicar tiempo y pasta a hacer lo que le diera la gana, vivir en una casa maravillosa en el centro de Barcelona y desaparecer durante meses al otro lado del planeta, sin que todo se fuera al carajo.
Era una novela, claro.
Desde entonces, he leído El Origen Perdido antes de lanzar cada una de mis empresas -ocho hasta ahora-. La última, hace apenas tres meses.
Una cosa ha llevado a la otra y, 23 años después, esta novela de aventuras se ha colado entre los libros que más veces he releído en mi vida.
La primera es Sin Noticias de Gurb, de Eduardo Mendoza, un libro con el que sigo riéndome a carcajadas cada vez que lo vuelvo a leer.
La segunda, la trilogía del Señor de los Anillos + el hobbit, de JRR Tolkien, que releí todos los años al comienzo de las vacaciones de verano entre mis dieciséis y mis veintimuchos.
La tercera, probablemente sea la Brevísima historia del tiempo de Leonard Mlodinow y Stephen Hawking, de la que hablé hace poco por aquí.
Y la cuarta es El Origen Perdido.
Hay gente que lee y gente que, además, relee.
Tengo amigos que no se han releído un libro en su vida. Al enfrentarte a una página que ya has leído en distintos momentos de tu vida, la profundidad, los ángulos, la interpretación, todo es un poco distinto, así que esas páginas inmutables te permiten descubrir cuánto y cómo has cambiado a lo largo del tiempo.
Cada libro que he releído -son muchos- tiene sus motivos y sus ventanas de rentrada. Y cada uno me ha ayudado a ser consciente de mi propia transformación.
Releer El Origen Perdido se ha convertido en parte esencial de mi ritual emprendedor y me ayuda a plantearme cada nuevo proyecto como una aventura.
No es casualidad que, en inglés, se llame ventures a las startups. Como pasa con los libros de aventuras, cuando creas una nueva empresa, sabes cómo empiezas pero nunca cómo vas a acabar.
Hay gente a la que su motivación por fundar una startup le llegó a través del ejemplo de Bill Gates, Elon Musk o Marc Adreessen. Si es tu caso, ve con cuidado con la sal y no te olvides de tomar magnesio.
Yo descubrí mi propósito y mi mayor motivación profesional gracias a Matilde Asensi, que tiene de emprendedora tecnológica lo que tengo yo de bombero torero o de portero regateador, que es lo que quería ser mi primo Mauro de mayor.
Hace unos años, descubrí que Matilde -en mi cabeza, le llamo así, Matilde, porque somos viejos amigos pero, claro, no es cierto- venía a Valencia a firmar ejemplares de su último libro, que en aquel momento era la segunda parte del Último Catón (El Regreso del Catón).
Sin entrar a opinar sobre esta vuelta de tuerca al mundo staurofilake (me remito a Regresos Inesperados, de Señor Mostaza, una de mis canciones favoritas de todos los tiempos), me puse en la cola, esperé una hora larga y, cuando me tocó el turno de firmar mi ejemplar, le expliqué lo importante que había sido el Origen Perdido para mí.
Ella me escribió una dedicatoria muy amable y esa misma noche publicó un twit (no sé cómo se llaman ahora las publicaciones en X, la verdad) que recuerdo cada vez que me paro a pensar en las vueltas que da la vida y cuánto hay de cíclico en las cosas que te suceden.
Porque todo lo que pasa en el Origen Perdido es mentira, claro. Pero a mí me ha motivado a crear un montón de empresas y a llevar una vida que, seguramente, habría sido muy distinta.
Gracias, Matilde, por tu inspiración y tu amabilidad. Te debo una.
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