¿Para qué sirven los gatos?

Éste podría ser el post más breve de la historia. Los gatos no sirven para nada ni a nadie. Son animales y, como tales, no tienen un encuadre desde la perspectiva del principio de utilidad.

Bastante tienen con aguantar que los encerremos en pisos o adosados, con el pretexto de cuidarlos.

Siguiente tema.

Pero, espera un momento. ¿A qué viene esto?

Lola me hizo esta pregunta mirándome muy fijamente, con sus ojitos brillantes y entrecerrados, en un gesto que ya me conozco bien.

Ojo, que vienen curvas.

Si no has tenido hijos, puedes pensar que los niños se pasan el día preguntando estupideces. Pero no. Podía ver cómo se movían las ruedas dentadas de los mecanismos de su cerebro y la anticipación en su mirada.

Lola quería saber para qué servía un gato por algún motivo. Y yo no podía defraudarla.

Ok, vamos a darle una vuelta.

Una respuesta sencilla y muy reyleoniana es que todos los animales tienen su función dentro del ciclo de la vida o, si queremos verlo desde una perspectiva más mundana, de la cadena trófica.

A ver, esto puede ser útil porque Lola estaba estudiando la diferencia entre presas y depredadores. Los gatos son claramente mesodepredadores, es decir, que cazan animales de menor tamaño y no se atreven con los grandes depredadores pero tampoco son presas fáciles. Sus características morfológicas -la posición de los ojos, por ejemplo- y sus hábitos son típicos de un depredador.

Cuando empecé a explicarle todo esto, entornó un poco más sus pestañas imposibles, como queriendo decir que no iban por ahí los tiros.

Nuestro gato, Yogur, es una bestia salvaje, un cazador implacable. El resultado de la evolución de generaciones y generaciones de asesinos peludos, aparentemente tiernos y despiadados.

No os dejéis engañar por su nombre de postre. Lola se lo puso cuando tenía -ella- apenas tres años y conocía un puñado de palabras. Podía haberse llamado perfectamente silla o caca, pero se llama Yogur porque patatas y es una máquina de matar.

Bueno, ya me entiendes.

Durante el tiempo que vivimos juntos en una casa grande en Rocafort, me pasaba el día vigilando la cama de Lola porque el gato del demonio la llenaba de cadáveres troceados de lagartos, pájaros, ratones y cualquier otro ser que hubiese tenido la desdicha de habitar en nuestro entorno. Nos traía trofeos sangrientos y animales en proceso de evisceración todo el rato. Era como vivir en la despensa de Jack el Destripador.

Un día apareció en el salón con un pájaro negro enorme agarrado del cuello, que acabó escapándose y dejando la casa como el set de grabación de la matanza de Texas.

Lola ya sabía que los gatos cazaban y no solían ser cazados. Aquí no hay nada que ver, circulen.

Mmm.

Otra forma de abordar esta pregunta era el clásico “hay gente de perros y gente de gatos”. Pero esto era una estupidez y una simplificación y sabía que Lola no se lo iba a tragar.

No hay personas de perros y personas de gatos. Hay gente que decide convivir con mascotas y hace lo que puede, en función del tiempo y del espacio del que dispone.

Pasé mi adolescencia viviendo en una masía perdida -textualmente- en la sierra de Aitana, conviviendo con tres perros, más de diez gatos, tres caballos, un puñado de yeguas, dos ponis, un montón de gallinas y conejos, un pavo real, jabalís, un ciervo que se escapó una vez del Safari Aitana y, durante un tiempo, con una vaca que se llamaba -cómo no- Margarita.

De entre todas mis historias durrellianas, a Lola le encanta la de nuestros caballos, probablemente porque le parece al mismo tiempo divertida e imposible, pero ella -por suerte- no sabe lo que era vivir en mi casa en los años 80.

Un día cualquiera, mi padre se escapó a vender hilo a Sevilla, donde, en lugar de perder su silla, conoció a un señor que vendía caballos. Que alguien invente ya las risas enlatadas para los posts, por Dios.

Venga, sigamos. Todo bien hasta aquí.

El tema empezó a complicarse cuando a mi padre se le ocurrió comprar sobre la marcha tres caballos para que aprendiésemos a montar, porque en ese momento en mi familia había muchos, muchísimos burros, pero caballos los justos.

El caso es que compró los tres caballos y unas cuantas sillas de montar, pero pasó por alto un pequeño detalle: que en la masía teníamos un montón de espacio lleno de árboles, piedras, aperos y trastos de todo tipo, pero exactamente cero unidades de cuadras.

Y, claro, los caballos no viven sueltos en mitad de la montaña, ni teníamos a mano el teléfono del líder de los indios Lakota para proponerle un asentamiento Sioux, con casino incluido.

Así que mi padre, en un arrebato de responsabilidad impropio de él, llamó a otro señor, esta vez en Alcoy, para decirle que necesitábamos tener unas cuadras y un picadero.

La semana siguiente.

Lo primero que llegó, antes incluso que la cuadrilla, fue un equipo de música y un montón de CDs de sevillanas, porque mi padre había escuchado que es mejor que los caballos se acostumbren al ruido.

Y como venían de Sevi… bueno, es que ni me atrevo a acabar esta frase.

Como era de esperar, cuando llegaron los caballos se encontraron con un montón de señores rodeados de ladrillos, vigas de madera que nunca supimos de dónde habían salido y un montón gigantesco de balas de paja y heno, que mi hermano y yo utilizábamos para escondernos y construirnos cabañas, hasta que descubrimos que estaban atestadas de nidos de escorpiones.

El caso es que los caballos sobrevivieron y nosotros también.

Pero al poco tiempo, mi padre se dio cuenta de que mi hermano y yo éramos muy pequeños para montar aquellas bestias gigantes, que se estaban empezando a asilvestrar, y compró dos ponis, que obviamente tampoco tenían cuadras.

Y así he pasado mi juventud, amigos. Luego soy yo el que tiene problemas de impulsividad

Al final, aprendimos a montar y disfrutamos un montón de los caballos. Y, al cabo de unos años, -oh, sorpresa- lo perdimos todo y supongo que alguien se los acabó comiendo.

Fundido a negro. By Robert B. Weide.

Esto no se lo he contado a Lola aún. Sólo tengo dinero para pagar psicólogos a un miembro de la familia.

Que me lío.

Seguimos.

El caso es que Lola notó -no sin motivos- que me estaba quedando sin argumentos y yo empezaba a desesperarme, así que recurrí a los lugares comunes, que tantas alegrías nos dan a los abogados.

Que si los gatos son independientes y fáciles de mantener, que si su ronroneo nos calma, que si es cómodo vivir con ellos porque pueden pasar un par de días solos sin comerse las puertas y se limpian solos. En resumen, argumento de pobres y vagos. Esas cosas.

Pero, claro, todo esto ya se lo sabía porque Lola es una enciclopedia gatuna.

Y yo ya no sabía qué más decirle.

Me estaba yendo por las ramas y Lola seguía sin saber para qué servían los gatos.

Pero justo en ese momento, sin duda decidida a sacarme del marrón en el que me había metido, sonrió, y me dijo “vale, entonces no hace falta que devolvamos a Yogur a la protectora”.

A continuación, se dio la vuelta y se fue dando saltitos, sin decir nada más.

Y yo me quedé -una vez más- con cara de imbécil sin saber qué había pasado. Y temiéndome lo peor.

En efecto, al cabo de un rato descubrí que el maldito gato del demonio había vuelto a llenar su cama de trozos de lagarto y se había entretenido marcando las cortinas del salón, que olían como la letrina de una carabela.

La casa parecía Sarajevo a mediados de los 90.

Por lo visto, en la cabeza de Lola, que está repleta de silogismos, se había producido una inferencia que, desde su perspectiva, tenía bastante sentido,:

Yogur viene de una protectora -> Como se porte mal, se vuelve a la protectora -> Se ha portado mal -> Uy uy uy -> Espera, que los gatos son útiles -> No se devuelven las cosas útiles -> Yogur se queda.

Y Yogur se quedó.

Desde entonces, Lola ha intentado meter todo tipo de seres vivos en nuestra casa, desde perros a caballos, cerdos enanos, gusanos de seda, todo tipo de roedores, pájaros e, incluso, una vez trató de convencerme para que adoptásemos un delfín.

“Mientras sea pequeñito nos cabe en la bañera”

“¿Y tú le vas a dar 15 kilos de sardinas todos los días?”

“No comen tanto”

“Pregúntale a Robotín” (otro día os explicaré quién es Robotín)

“Vale, ya no quiero un delfín”

Y así, todo.

Ojalá pudiese ofrecerle a Lola una casa enorme llena de animales absurdos, que se devorasen entre ellos, como un arca de Noé del siglo XXI.

Mientras tanto, mi hija tendrá que conformarse con compartir su vida con un ser peludo e inquieto, que se lo come todo y no deja de hacer cosas inexplicables y desencadenar el caos a su alrededor.

Y con Yogur también, claro.

PD: Si te ha gustado este post, puedes apuntarte a mi lista y te escribiré cuando publique el próximo: http://eepurl.com/h-O2lf. 0% spam, garantizado.

Deja un comentario

Subir ↑

Descubre más desde El blog de Luis Gosálbez

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo