Los impermeables

Existe un círculo en el infierno reservado para los que no se mojan. Seguro que sabes de quién hablo.

Los que no ponen pasta ni tiempo pero acaban teniendo un porcentaje de tu negocio y exigiendo que hagas un triple mortal, desde la barrera.

Los que quieren un porcentaje de tu negocio o un descuento sobre la valoración a cambio de presentarte a sus colegas. Emprender es fácil, dicen. Sólo es cuestión de contactos. Estos son los peores.

Los que se levantan se levantan a mitad de la partida pero esperan que nadie se moleste y los demás fundadores sigan trabajando para ellos.

Los que van de cofundadores pero no dejan sus trabajos hasta que la empresa gane el dinero suficiente para pagarles su sueldo de managing nosequé en una empresa que no han creado ellos. Spoiler: esto no funciona jamás, por muchos motivos que ahora no me caben aquí. Sed honestos y ni os lo planteéis.

Los que, cuando las cosas van mal, son los primeros en saltar del barco, empujando a los niños al mar, y en hablar mal de los que se quedan a tapar agujeros y achicar el agua.

Los que nunca tienen la culpa de nada y cuando hay que hacer un esfuerzo, siempre están mirando hacia otro lado.

A lo largo de los años, me he encontrado con unos cuantos caraduras que aspiran a quedarse con un trozo de tu empresa y participar de tu éxito, sin mojarse.

Por eso les llamo impermeables.

El primero que se cruzó en mi camino fue un personaje al que conocí cuando levantaba mi primera ronda de inversión en e-contratos, allá por 2005. El tipo se nos acercó en un evento y nos dijo que estaba muy interesado en invertir en nuestro negocio. Cuando empezamos a rascar, descubrimos que esperaba que le regalásemos un 10% del capital -por adelantado, claro- a cambio de invitarnos a 2 cenas con sus amigos, en las que seguro que íbamos a conseguir muchísimo negocio.

Literal.

Por supuesto, la cena la pagaba él. Y si no conseguíamos nada era culpa nuestra, él ya había hecho su trabajo.

What

The

Fuck

Reconozco que me lo pensé durante unos minutos porque esperaba que hubiese un gato encerrado en algún sitio. Pero no había mascotas ocultas, era tan sencillo como sonaba: el timo del tocomocho, entrepreneur edition.

El último impermeable que me he encontrado -de momento- es un tipo que le ofrece a uno de mis clientes crear una nueva empresa, de la que él tendrá un 51% y una cláusula de no dilución, y en la que los fundadores aportarán una patente, todo el equipo y su trabajo -en exclusividad y con un sueldo mísero- a cambio de que él les presente a sus contactos, que potencialmente van a generar millones en nuevos proyectos durante los próximos años. Es decir, que de momento se queda con la empresa y luego ya veremos qué pasa.

El cliente no acababa de entenderlo, pero es que, claro, no había nada que entender. Sin compromisos, sin pasta, con nada más que su rostro de hormigón armado, quiere apropiarse de su negocio y obligarles a trabajar para él.

Los impermeables son expertos en cincuenta y unos por ciento y en cláusulas de no dilución. Y también en ofenderse y en no firmar pactos de socios, porque te han dado la mano y cómo vas a desconfiar de ellos. Cómo se te ocurre desconfiar de alguien que quiere quedarse con tu patrimonio a cambio de una promesa que ni se han planteado cumplir. Eres lo peor.

Y así, todo.

El mundo está lleno de impermeables, porque emprender desde la barrera es sencillísimo. Lo complicado es bajar al barro y pelearse con los orcos.

Por suerte, tenemos unas cuantas espadas forjadas en Gondolín, que se iluminan cuando tenemos un impermeable cerca. Si quieres aprender a detectarlo, permanece atento a las señales.

Hay una regla que no falla: las acciones se pagan con dinero y el trabajo se paga con dinero. Cuando compras acciones con trabajo, las cosas empiezan a torcerse. Y si, además, no es trabajo efectivo, sino expectativas futuras, sin que las funciones, obligaciones, objetivos y entregables sean claras y medibles, es muy probable que haya un impermeable frotándose las manos cerca de ti.

Por eso hay que cuantificar. Un impermeable es un experto en cualificar, porque de esa forma evita comprometerse.

No basta con que en tu empresa alguien sea el director de marketing, producto, ventas o, incluso el CEO. ¿Qué demonios hace un CEO o un CTO en una empresa que acaba de empezar y en la que sois tres? Pues de todo. Pero hay cosas importantes, de las que alguien tiene que responsabilizarse.

Por eso están importante definir con precisión las tareas, los objetivos, las métricas, los mecanismos de control y todo lo que sea necesario para que no haya dudas sobre lo que tiene que hacer exactamente cada uno y hasta dónde llegan sus responsabilidades.

Y esto nos lleva al siguiente punto; la gestión de expectativas.

Recuerda que un impermeable se llama así porque no se moja, así que, para identificarlo, oblígale a que se comprometa de forma concreta y medible. Qué va a hacer, cómo y cuándo. Y qué pasa si no lo hace.

Las expectativas matan más empresas que las pandemias y esta afirmación tiene tres derivadas importantes:

Si no defines con detalle el rol de cada socio, te vas a encontrar con una empresa llena de huecos y una fuente inagotable de frustración, porque todo el mundo espera que otro los rellene.

Si defines bien tu rol, cumple con tu función. Y si no quieres o no puedes hacerlo, sé honesto y apártate a tiempo, pero no perjudiques a tu propia empresa.

Y si tu expectativa sobre el trabajo de tus socios no se cumple, revisa si es el problema es tuyo o suyo. Si en tu cabeza alguien tendría que hacer algo a lo que no se ha comprometido, no es su problema. Ni el tuyo.

Es un problema que afecta a toda la compañía, que tendréis que gestionar con mucho cuidado, porque tampoco es justo trasladar tu falta de previsión o tus expectativas frustradas a tus socios.

En mis clases siempre digo que hay que repartir el capital con las manos en los bolsillos para que no se escapen participaciones y acaben en el lugar equivocado. Esto pasa todo el rato. Y es una de las formas más eficientes que conozco de generar guerras civiles entre fundadores que no suelen acabar bien para nadie.

En todas las empresas hay un impermeable.

Y si no lo ves, ojo, porque quizá el impermeable eres tú.

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