La decisión cobarde

Quédate con este dato: se estima cada día tomamos alrededor de 33.000 decisiones.

No todas estas decisiones son críticas o totalmente conscientes. Está cifra incluye reacciones como un cambio de postura para estar más cómodo o elegir el garbanzo que te apetece comerte en este instante de entre todos los que han llegado a tu plato.

Si nos centramos sólo en las decisiones conscientes, con capacidad para generar impacto en nuestra vida, la profesora Sheena S. Iyengar, de la Universidad de Columbia, estima que todos los días tomamos alrededor de 70. Aún así son un montón.

Esto me recuerda una vez en que mi amigo Nabuco apostó que podía beberse 1.000 litros de agua en un día y, a medida que metimos algo de raciocinio -ese día no bebíamos agua, precisamente-, fue reduciéndola a 500, 100, 50 litros, hasta que llegó a la conclusión de que con 10 litros ya iba servido. Y también eran un montón.

A ver, que me voy por las ramas y este tema es importante.

Cuando tomas decenas de decisiones relevantes todos los días, no puedes esperar a tener una foto completa del contexto y has de basarte en tu experiencia y en tu instinto, que son dos formas de explicar el mismo fenómeno.

Pero no voy a hablar sobre los dos sistemas de Kahneman ni sobre la ignorancia consciente, que ya traté en este post: vivir de espaldas.

Mi objetivo en este post es analizar desde dónde tomamos las decisiones: desde el miedo o desde el crecimiento.

No tengo datos pero tampoco dudas de que las cosas men ha ido mucho mejor cuando he tomado decisiones para crecer, con optimismo y decisión, que cuando he adoptado una posición defensiva, desde el miedo a perder algo que no estaba muy seguro que fuese realmente importante para mí.

Hay una explicación científica para este sesgo: cuando nos sentimos amenazados reducimos el procesamiento de información y repetimos respuestas aprendidas, que son, precisamente, las que nos han llevado a esa situación.

Además, el estrés agudo debilita algunas de las funciones ejecutivas de nuestra corteza prefrontal, lo que significa que, casi literalmente, apagas el cerebro y te limitas a defenderte, porque es lo que tu cuerpo interpreta que necesitas.

¿Sabes lo del mecanismo lucha o huye (fight or flight)? Pues eso.

Por el contrario, hay estudios científicos, como la teoría de ensanchar y construir de Barbara L Fredickson, que describen cómo las emociones positivas amplían nuestro horizonte con nuevas conexiones neuronales y nos permiten construir recursos sociales, cognitivos y psicológicos que nos acercan más a nuestras metas.

No eres tú, es tu fisiología. Si tienes miedo y estás estresado, vas a tomar peores decisiones, porque tienes menos recursos para enfrentarte a ellas.

Eso no significa que no sobrevivas, claro. Pero no vale la pena vivir sobreviviendo.

Por eso, cuando te sientes con energía y eres optimista, tiendes a tomar decisiones mejores que cuando te sientes acorralado e inmerso en una nube gris.

Pero, claro, no siempre escogemos nuestro estado de ánimo.

Una de las frases más repetidas por los psicólogos es que si eliges tus pensamientos, eliges tus emociones. Yo he tardado un montón de años en entender este mecanismo y otro montón de años en aprender a activarlo. Y reconozco que es uno de los recursos más útiles que me ha dado la psicología para mejorar mi vida.

Ok, vamos a analizar el proceso completo de una forma sencilla.

Te levantas por la mañana y lo ves todo negro. Para cambiar tu estado de ánimo, necesitas cambiar la forma de pensar, así que analizas por qué estas interpretando las cosas de esa forma o, simplemente, decides orientar tus pensamientos en otra dirección.

En momentos como éste, es muy útil tener una reserva de pensamientos positivos o momentos felices para casos de emergencia. Yo tengo unos cuantos almacenados en mi disco duro y cuando vuelvo a ellos, me envían a la casilla de salida de forma casi instantánea.

Respira. Cambia tus pensamientos. Ya casi lo tienes. ¡Conseguido! Ahora podemos seguir.

Al recuperar un mood moderadamente objetivo, puedes evaluar la situación con más perspectiva e incorporar elementos en tu proceso de toma de decisiones que antes eras incapaz de ver.

Ojo con fliparte. No va de eso.

De lo que se trata es de medirte contigo mismo y decidir tus pasos en función de lo que quieres que pase, no de lo que intentas evitar.

Cuando tomas tus decisiones para defender una posición en apariencia desesperada, el resultado suele ser regulinchi, porque no has llegado hasta allí de forma voluntaria o consciente.

De repente, te has encontrado en una situación que querías evitar, en la que te encuentras muy incómodo y que no dice nada de ti, así que, con frecuencia, la major decisión es cavar tu trinchera en otro lado, porque en esta batalla no tienes nada que ganar.

Saber elegir tus guerras es una de las cosas más difíciles del mundo.

Por eso, siempre que puedas, cuando vayas a tomar una decisión piensa en lo que quieres conseguir, no en lo que intentas evitar, porque tu cerebro te lleva en la dirección en la que estás pensando.

Esto me lo explicó el conductor de la autoescuela en la que me saqué el carnet de conducir, hace la friolera de 31 años: cuando tomas una curva pronunciada, presta atención a la línea del centro de la calzada, no la exterior, porque inconscientemente irás hacia donde estás mirando.

También está el ejemplo de Gozer el Gozeriano transvestido de muñeco de los Mashmallows, pero no hace falta irnos tan lejos para entender que el miedo nos lleva a lugares indeseados.

Sé valiente. Abraza tus limitaciones y decide adónde quieres ir.

Y entonces, simplemente, ve.

No olvides disfrutar el camino, es lo único que tienes.

Nos vemos al otro lado.

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