Canción del domingo: Northern sky (Nick Drake)

Primer domingo del tercer mes del séptimo año de la tercera década del siglo XXI. 1 de marzo de 2026. Un día importante. Un día para recordar.

Al menos para mí.

Esta última semana ha estado atestada de noticias y momentos impactantes.

Ayer, EEUU e Israel bombardearon Irán, que a su vez atacó las bases estadounidenses en los países de la región, entre ellos Catar, donde estuve hace apenas un par de semanas.

Hoy, empiezan oficialmente muchos de los actos del Mobile World Congress, que va a copar Barcelona de directivos de las principales empresas tecnológicas del planeta.

En los Goya, han salido vencedoras un montón de artistas de los que no había oido hablar en mi vida, no por falta de interés, o sí, quién sabe.

Hoy, me he levantado pensando en otras cosas.

Éste es mi sexagésimo post consecutivo y el último que voy a escribir dentro de esta serie. Mañana romperé una rutina a la que llevo más de dos meses anclado y ya me siento extraño. No es nada importante para ti. Para mí, es el momento de la verdad, porque ahora tengo un reto aún mayor por delante, que me motiva tan como me asusta.

Mientras escribo este post, se están abriendo las nubes, dejando pasar los primeros rayos de sol sobre Puigcerdà. Miro por la ventana y veo las vacas pacer tranquilamente en el prado que hay frente a nuestra casa, ajenas a su destino.

Todas las tardes de verano, alrededor de las 7 de la tarde, dos aves enormes sobrevuelan ese mismo prado. Lola y yo solíamos observarlas desde la terraza de casa e, incluso, llegamos a ponerles nombre: las águilas amigas de las vacas. No tenemos ni idea de la especie a la que pertenecen, ni si son realmente águilas, pero nos encantaba verlas planear al atardecer, poco antes de meter a Lola en la ducha y de preparar la cena, probablemente una fondue de quesos que habíamos comprado al otro lado de la frontera, volviendo de una excursión.

La ciudad comienza a despertar. Lo sé porque las chimeneas empiezan a escupir columnas de un humo blanco y espeso que parece mezclarse con las nubes, aún bajas, y el fondo nevado de las montañas que dan forma a este paraje único de la Cerdanya.

Un señor pasea a su perro por el parque. Hace un frío de mil demonios, quizá por eso el animal no deja de correr de un lado a otro, nervioso y con la lengua fuera. Su dueño lo observa con una mirada entre cansada y orgullosa. Quizá está pensando “este perro es un cabrón, pero es mi cabrón”. O quizá esté recordando algo que jamás compartirá con otra persona. Le veo dar patadas en el suelo para entrar en calor y bostezar de vez en cuando. Es un día más, no recordará este momento casual. Yo sí.

En la acera contraria de mi casa, una señora mayor arrastra un carrito del que sobresale una barra gigantesca de pan y un montón de bolsas de croissants y magdalenas. Probablemente, su familia haya venido a visitarla y esté deseando llegar a casa a prepararles el desayuno. Se la ve contenta.

Estoy tentado de abrir la ventana y preguntarle dónde ha conseguido su botín, no sabía que hubiese una panadería abierta a estas horas por aquí. Pero no quiero molestarla y, además, esta mañana me ha costado un poco más de lo normal encender la chimenea y prefiero que no se escape el calor.

Como buen mediterráneo, tengo una relación muy cercana con el fuego. Lo primero que hice al comprar esta casa fue comprar un montón de leña y probar que la chimenea funcionase correctamente. Compré el capazo en el que almaceno la leña en una tienda de artesanía local y el resto de trastos que utilizo para encender y mantener el fuego a través de Amazon. Cosas del siglo XXI. Lola y yo tenemos un ritual para limpiar la chimenea que suele acabar con el salón lleno de ceniza y los dos en el suelo muertos de risa.

Salgo a la terraza para sentir el frío. Enseguida noto cómo mi aliento se convierte en una pequeña nube de vapor de agua que, poco a poco, se disipa y desaparece frente a mis ojos. A Lola le gusta simular que fuma para que yo simule que le riño y nos riamos los dos. “Mira, papá, estoy fumando” es la frase que más repite mientras arrastra sus pequeños esquís hasta el coche.

Nunca hubiese pensado que le llegaría a gustar tanto esquiar. Baja las pistas sin apenas hacer giros, porque le encanta sentir el viento en la cara, incluso con ventisca. Nadie sabe cómo disfruto observando ese pequeño torpedo azul y rosa deslizarse con agilidad y a toda velocidad por las pistas de la Molina, sorteando principiantes, árboles y cañones de nieve

Ayer comí con K en Cal Cofa. Llívia es uno de mis lugares favoritos del mundo, si te decides a dar un paseo por el pueblo -donde encontrarás la farmacia más antigua de España- y comer aquí, no te pierdas el souflé Carlit , un postre flambeado maravilloso e incompatible con mi dieta exenta de gluten pero de algo hay que morir, ¿no?

Por la tarde, paseamos por las calles del centro de Puigcerdà y nos acercamos a dar una vuelta alrededor del lago -aquí le llaman estanque, l’estany-, una masa de agua construida en el siglo XIII y habitada por un montón de especies que no he visto en ningún otro lugar. Tampoco es que sea Darwin, eh.

He disfrutado mucho en l’estany, he paseado en barca con mi familia, acompañado a Lola a jugar en los columpios muchas más horas de las que soy capaz de recordar y acabado el stock de cervezas de su único bar, cuyos horarios de apertura no soy capaz de memorizar.

Os cuento todo esto porque ésta ha sido nuestra última noche en esta casa. Hace unos meses decidimos ponerla a la venta y en apenas 10 días teníamos firmadas las arras.

Dentro de tres semanas firmaremos la venta y diremos adiós para siempre a nuestra casa de las montañas, el nombre que le puse para Lola, porque por aquel entonces ella tenía 4 años y todavía no sabía de la existencia de esta maravillosa región, donde ha crecido y ha aprendido a caminar por pedrizas, galopar a caballo por sus ríos, acampar a la sombra en verano y al sol en invierno y mojar churros en un chocolate espeso y humeante, sentada en la acera, mientras empieza a nevar y las calles de Puigcerdà se convierten en procesiones de perros vestidos como esquimales.

Dentro de un rato, empaquetaremos los esquís, nuestras botellas de vino favoritas y un montón de trastos -tampoco tantos- que hemos acumulado en esta casa maravillosa durante los últimos cinco años y cerraremos la puerta por última vez.

No es la primera casa de la que me despido. A lo largo de mi vida he dicho adiós a todos los lugares en los que he sido feliz y algunos en los que no lo he conseguido.

Pero esta vez es distinto, porque nuestra casa de las montañas no era un capricho o una veleidad, formaba parte de un proyecto de vida. Cuando la compramos en 2021, K y yo esperábamos pasar aquí muchos años y buena parte de nuestra vejez. Era la primera casa que comprábamos juntos y, de hecho, es la primera casa que es mía de verdad. Mi primera casa, mi primera hipoteca, mi primera reforma.

Esta casa ha formado parte de mi viaje hacia la madurez, con ella entré en la segunda -y última- etapa de mi vida. Aquí le he dado la vuelta al jamón y he sido muy feliz.

Por eso, hoy es un día importante para mí. Dejo mi querida casa de las montañas para no volver, con la esperanza de que nuestra próxima aventura saldrá igual de bien o, incluso, mejor que ésta.

Por eso, la canción del domingo 1 de marzo de 2026 es Northern Sky, de Nick Drake.

Northern sky (Nick Drake)

I never felt magic crazy as this
I never saw moons, knew the meaning of the sea
I never held emotion in the palm of my hand
Or felt sweet breezes in the top of a tree
But now you’re here
Brighten my northern sky

Hoy no os voy a contar más rollos. No os voy a explicar por qué esta canción es importante para mí, ni cómo descubrí a Nick Drake, ni intentaré encontrar una forma más o menos coherente de enlazar la canción con mi texto.

Sólo os deseo que encontréis resguardo y amor en lugares que os hagan sentir que habéis hecho bien las cosas y que el viaje ha merecido la pena. Que luchar tiene su recompensa alguna vez. Que todo tiene sentido, cuando nada parece tenerlo. Lugares especiales, telúricos, en los que podáis ser vosotros mismos. Donde veáis crecer a vuestros hijos y podáis haceros mayores y más sabios, en paz.

Lugares como mi casa de las montañas.

Que tengáis un domingo maravilloso.

PD: como siempre, puedes escuchar mi lista de reproducción en Spotify, con todas las canciones del domingo hasta la fecha, a través del siguiente enlace:

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