Medina de Tetuán

Tras una semana intensa en Marruecos, he vuelto con dos lecciones muy bien aprendidas sobre el país y su estilo de vida:

(i) Que su potencial es mucho mayor del que me imaginaba en un principio y

(ii) Que, amigo, la prisa mata.

Marruecos es un país fascinante, repleto de contrastes y de una riqueza natural inacabable; sin embargo, un porcentaje elevado de la población vive en un estado de miseria absoluta, en grandes medinas (los cascos antiguos de las ciudades) de callejas intrincadas o en plena montaña, en mitad de la nada. Según las fuentes consultadas, sólo en la medina de Tetuán, la ciudad en la que pasamos la mayor parte del viaje, habitan entre 300.000 y 1.500.000 personas, una horquilla nada despreciable. Tras haber pasado horas recorriéndola a pie, me inclino más por la segunda cifra que por la primera.

Aunque mi viaje se limitó al norte del país, tuve la oportunidad de conocer cuatro de las ciudades más representativas: Tetuán (con nuestra base en Blanco Riad, el maravilloso hotel -y casi aún más maravilloso restaurante- de Maribel Jiménez), Chefchaouen (en la foto superior), Asilah y Tánger.

Si hay algo que caracteriza la vida en Marruecos, es la calma y una curiosa interpretación de las tradiciones: el uso del pañuelo (hiyab), incluso el que sólo deja a la vista los ojos (litam), en las mujeres está absolutamente extendido y empieza a apreciarse un número cada vez mayor de burkas, algo que incluso sorprende a buena parte de la población marroquí.

Sin embargo, si tienes la oportunidad de hablar con la gente de a pie, pronto te darás cuenta de que el Ramadán no es lo que era (cada vez gente come a mediodía y duerme el resto del día, con lo que en lugar de un sacrificio esta festividad se convierte en unas vacaciones cojonudas), de que el consumo de alcohol y cerdo está mucho más extendido de lo que parece y de que existe una burguesía incipiente con una considerable capacidad económica -considerando que la renta per capita en 2007 era de 7000 USD-.

Durante una semana hemos tendido oportunidad de hacer casi de todo: visitas culturales, excursiones en velero, en quad y salir de compras. La artesanía local es una pasada, aunque es fácil que intenten darte gato con liebre, y el tradicional regateo acaba convirtiéndose en una molestia cuando te das cuenta de que, si no regateas, estarás siendo vilmente engañado en casi cualquier cosa que intentes comprar en el país. Eso sí, puedes encontrar prácticamente de todo 🙂

Sin duda, lo mejor del viaje ha sido la oportunidad de disfrutar de Blanco Riad, el increíble hotel de mi amiga  Maribel Jiménez, enclavado en una situación privilegiada de la medina de Tetuán, que cuenta con el que probablemente sea el mejor restaurante del norte de Marruecos. La siguiente foto es de la habitación en la que pasamos nuestra estancia.

La calma, el clima, el entorno, el cambio cultural, todo en Marruecos invita al relax -salvo las hordas de seres humanos que invaden las calles principales al anochecer-, hasta el punto que ha sido el período más largo de tiempo que he pasado sin conectarme a internet desde el año 1998 (siete días), cumpliendo uno de los retos de este 2010; incluso he conseguido no conectar mi blackberry durante este período. Si este argumento no te convence para decidirte a dar el salto, no creo que ninguno otro lo consiga 🙂

Muy recomendable, estoy deseando volver.

Amigo, la prisa mata
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