De funcionarios y castores

Estas últimas semanas he leído todo tipo de comentarios al hilo de la desproporcionada cantidad de funcionarios que (man)tenemos en España, algo más de tres millones de personas que disfrutan de un puesto vitalicio, simplemente por el hecho de haber pasado una oposición, un concurso o, en ocasiones, ni siquiera eso. En especial me gustó el artículo de Alejandro Suárez, pese a que estoy de acuerdo sólo con algunos -la mayoría- de sus postulados.

El papel del funcionario es necesario, la administración necesita agentes que ejecuten las instrucciones y tareas propias de la cosa pública; sin embargo, no tiene sentido que el 20% de las personas que cotizan a la Seguridad Social en la piel de toro sean funcionarios, que todos los días se destruya trabajo, se cierren empresas y que, mientras tanto, sigamos contratando a más y más funcionarios, replicando administraciones, incrementando la maquinaria del Estado, con puestos vitalicios en condiciones que, en muchos casos, están fuera del mercado (por encima, por supuesto).

Este análisis me ha recordado una historia -desgraciadamente cierta- que me contó un guía en una excursión por el parque nacional Tierra del Fuego, en la Patagonia Argentina. A finales de los años 40, se introdujo un grupo de 50 castores canadienses en la región con el objetivo de repoblar la zona y fomentar la industria peletera, ya que en circunstancias normales estos castores tienen una piel muy valiosa.

Sin embargo, al establecerse en una región en la que no existían depredadores naturales, riesgos ni competencia por el alimento, los castores empezaron a engordar y a reproducirse. Incluso perdieron todo su valor para el mercado, ya que la falta de adrenalina provocó que su pelaje se volviese suave y no pudiese utilizarse en peletería. Se asentaron, se relajaron y se convirtieron en seres improductivos, hasta que los cazadores perdieron su interés por ellos.

Poco tiempo después, la población de castores se había multiplicado, había construído presas, desviado ríos, destruido bosques y acabado con especies autóctonas. En la actualidad, existe un castor por habitante en Tierra del Fuego y se están diseñando campañas para acabar con ellos, con un importantísimo gasto que se suma al daño que ya han provocado a su entorno.

¿Qué hemos aprendido de esta historia?

– Que la falta de competencia y de tensión puede acabar con el valor añadido, incluso de la persona más brillante y valiosa.

– Que un número desproporcionado de excepciones en un contexto competitivo puede arruinar todo el sistema.

– Que de sabios es rectificar una situación irregular y dañina para el entorno, aunque sea una medida impopular y con un gran coste económico. Más vale perder que más perder.

Por supuesto no estoy promoviendo una campaña genocida de la clase funcionarial. Insisto en que los funcionarios son necesarios para el funcionamiento de la administración y del estado. Pero no de cualquier forma, a cualquier precio o en un número desproporcionado. Los funcionarios deberían ser empleados «al uso», con un período de pruebas y un contrato indefinido en condiciones de mercado que permita cierta flexibilidad en los momentos de cambio, de crisis o, simplemente, cuando alguien no cumpla con sus obligaciones laborales, no se alinee con el resto del equipo o, simplemente, no esté a la altura de las expectativas o de lo que la administración requiere en cada caso.

La falta de competencia y de tensión provoca ineficiencias e injusticias. Tengo buenos amigos que son funcionarios de vocación, cumplen con las obligaciones de su puesto con arrojo y voluntad y realmente contribuyen al desarrollo y el buen fin de la función pública. Por desgracia, en demasiados casos existe un establishment que acaba cortando alas, promoviendo el conformismo y alentando la ineficacia al albur de la olla caliente y de la conveniencia personal y, en muchos casos, política.

Ante la crisis se impone un cambio de modelo, más eficiente, más productivo, más escalable y flexible. Es un hecho contrastado que el modelo castor no favorece a nadie. Ni siquiera a los propios castores.

4 comentarios sobre “De funcionarios y castores

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