
Tercer domingo del octavo mes del sexto año de la tercera década del siglo XXI. 17 de agosto de 2025. Último día de mis vacaciones. O no.
Esto va a ser divertido.
La gente suele utilizar las vacaciones para desconectar, signifique esto lo que signifique. Creo que todos nos planteamos estos días como una forma de vivir, durante un período más breve de lo que nos gustaría, de forma distinta al resto del año; lo que pasa es que diferente no siempre significa mejor y muchas veces acabamos esforzándonos tanto por innovar y romper la rutina, que al cabo de un par de días ya estamos deseando volver a nuestra bonita rueda de hamster, con sus cojines, sus puntillas y su bailaora junto a las figuritas de cristal de la abuela.
Como mi vida está repleta de casi cualquier cosa que te puedas imaginar, incluso de voraces bestias Bugblatter de Traal, antes que de rutina, no me interesa demasiado pasar las vacaciones yendo de un lado para otro pero, claro, me acabo moviendo más que el precio del bitcoin.
Cuando la rutina es que no hay rutina, todo es posible menos la rutina, ya sabéis.
Aunque no lo parezca, en esta canción del domingo no quería hablar de mis vacaciones, sino de todo lo demás.
A principios de junio pasé unos días en Lisboa con nuestros abogados amigos de Europa y Australia (los firm friends, ya os los presentaré un día de estos) y entre fado y fado le robé tomé prestada la guitarra a un señor y canté don’t look back in anger con mi amigo Andy Oury, un tipo fantástico al que deberíais conocer todos.
Al cabo de un rato, mientras todos los ingleses tomaban expresso martini como si no fuese una bebida infecta que va a exterminar su civilización con más facilidad que los romanos, estuvimos recordando lo que esta canción había significado en el Reino Unido después del atentado de Manchester de 2017. La semana siguiente estuvimos trabajando en su despacho de Londres y grabamos un episodio de su podcast (business without bullshit), en el que volvimos a hablar -entre otras muchas cosas- sobre las diferencias entre Barcelona y Madrid y entre Londres y Manchester y cómo tras el Brexit el Reino Unido no sabe muy bien cuál es su lugar en el mundo.
Ojalá saber cuál es nuestro lugar en el mundo o creer, como creen algunos, que estamos en el lado bueno del mundo o de la historia. Ojalá ser tan imbécil como para pensar que podemos entender -o, mejor aún, explicar- en apenas unos minutos el Brexit, la guerra de Ucrania o la ocupación de la franja de Gaza.
- Eh, que no son lo mismo
- Ok, no son lo mismo, pero ya me entendéis.
Hace un par de días, Lola me preguntó por los niños en las guerras. Tenía mucha curiosidad por entender cómo vivían, si ellos también combatían, qué pasaba cuando morían sus padres, si las guerras se acababan cuando no había más cosas que romper. Quizá curiosidad no es la palabra adecuada. Lo que le generaba todo esto era preocupación, no una angustia desmedida, pero sí un pesar que hacía girar cosas en su cabeza en una órbita inesperada.
Acabábamos de montar a caballo por una playa de Menorca y yo creía, inocente de mí, que ella estaba pensando en unicornios, pero no, claro que no. Cuando tienes siete años -casi ocho- ya empiezas a entender las conversaciones y las noticias y a preguntarte cómo te afecta a ti todo esto y si hay algo que tú o alguien puede hacer para evitar sufrimiento, miedo o dolor. Porque ellos experimentan estas emociones en situaciones muy concretas y son capaces de inferirlas o de proyectarlas con bastante tino en otras personas y en otras circunstancias que parecen -y son- mucho peores.
El año pasado, Lola vivió en sus carnes muchos de los efectos de la DANA de Valencia. De repente no había forma de llegar a su colegio. Varios amigos se quedaron sin casas o perdieron a sus familias. Una amiga de su madre perdió a decenas de mascotas en su clínica, ahogadas. Carmen estuvo a unos pocos centímetros de no contarlo.
Unos meses antes, había presenciado un martes cualquiera a la vuelta del cole cómo el edificio contiguo al nuestro prendía como una cerilla, llevándose en un suspiro la vida de 10 vecinos, incluida una familia completa que quedó encerrada en un baño. Por lo visto, sus amigas de clase le cuentan historias de los fantasmas que ahora abarrotan el edificio, pero no parece que esto le preocupe tanto como unos niños a los que no conoce pero sabe que están viviendo un infierno a miles de kilómetros de distancia.
Mientras yo pienso cómo hacer feliz a mi hija y cómo evitarle algo de dolor, ella piensa cómo hacer lo propio con gente a la que no conoce, en unas circunstancias que no comprende, en un lugar que jamás ha pisado.
Por suerte para ambos, Lola es mucho mejor que yo.
Qué difícil, queridos. Qué ridículas parecen en estas ocaciones nuestras creencias, nuestras opiniones, nuestras pequeñas acciones diarias, cuando el mundo se ha está yendo a la mierda a unas pocas horas de viaje en avión de distancia.
Estas catástrofes, estas guerras, estas matanzas, esta desolación moral que te hace plantearte tantas cosas, acabarán antes o después y vendrán otras que harán que nos preguntemos -una vez más- si estamos mejor o peor que antes.
¿Cómo se reconstruye la esperanza en el futuro, en la naturaleza de nuestra especie, en democracias que encumbran a líderes como los que estamos sufriendo en muchos países que creíamos civilizados?
Todo camino comienza con un pequeño paso y, en este caso, quizá una buena forma de empezar a andar de nuevo sea mirando atrás sin ira, sin odio, sin resentimiento.
Por todo esto, la canción del domingo 17 de agosto de 2025 es Don’t look back in anger, de Oasis.
So Sally can wait, she knows its too late as we’re walking on by
Her soul slides away, but don’t look back in anger I hear you say
Don’t look back in anger, don’t look back in anger, don’t look back in anger…
At least not today
«Don’t Look Back in Anger» fue escrita por Noel Gallagher para su banda Oasis y, de hecho, es el primer single en el que apareció como voz principal. Forma parte del enorme (What’s the story) Morning Glory?, que está tan lleno de himnos que no sabrías por dónde empezar a recortarlos. Bueno, sí, pero de esto ya hablaremos otro día, ya si eso.
Recuerdo muy bien la primera vez que escuché Don’t look back in anger. Estaba encajado en el minusculo asiento trasero del Open Tigra de un amigo y acababa de salir de clase de derecho romano para tomar algo en el Rala, tres plantas por debajo de donde estoy escribiendo ahora mismo este post, casi 30 años después.
Es la segunda canción de ese álbum que pasa por este blog, que es el suyo joven. La primera fue, cómo no, Wonderwall, otro temazo que me recuerda a mis primeros años de carrera en ESADE, cuando no podía ni imaginar las cosas que me iban a pasar, la gente a la que iba a conocer, ni mucho menos todo lo que iba a ganar y perder por el camino.
Visto con perspectiva, me gustaría explicarle a Lola que casi nada de lo que pasa es importante en el medio plazo porque la perspectiva acaba aplanándolo todo, pero no es cierto. No sería justo tratar de eliminar de su cabeza una reacción tan sana como la indignación o la oposición decidida frente a la maldad, la opresión, el abuso y, de paso, el feísmo.
Está bien plantarse y reaccionar. Ahora bien, no se puede construir desde el odio y el resentimiento, porque el resultado está abocado a convertirse en una reinterpretación interesada de la causa que lo originó.
Si, tras la devastación, la fuerza que te mueve no es la venganza, ya has conseguido lo más difícil, que es encontrar un camino mejor.
Espero que Lola encuentre muchos caminos correctos y aprenda a mirar atrás sin ira, a pesar de todo.
PD: como siempre, más adelante tienes mi lista con todas las canciones del domingo, en orden cronológicamente inverso
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