La esperanza que nace del barro

Carmen nació en Perú pero, tras más de 20 años aquí, es tan valenciana como la paella, las fallas o Joan Monleón.

Desde hace ya un tiempo, nos cuida a Lola y a mí cuando estamos en Valencia. La queremos como si fuese parte de nuestra familia y, en realidad, lo es. Hace poco, Lola pasó el día en su casa con su familia y volvió hablando sin parar de Kiki, su perro. Desde entonces, Kiki forma parte de nuestras conversaciones diarias.

Carmen vive en Massanassa, una de las poblaciones en las que el impacto de las inundaciones ha sido más cruel y salvaje.

El martes por la noche le envié un whatsapp que no llegó a su móvil.

El miércoles le llamé y su teléfono no respondía. Por la tarde escribí a una de sus amigas y me facilitó el teléfono de su marido, a quien llamé y escribí de inmediato. Lo mismo, nada de nada.

Me dijeron que había problemas con la infraestructura de telecomunicaciones, así que ése podía ser el problema, pero esta semana ha sido un poco complicada para mí (aquí te lo cuento) y me temí lo peor.

El jueves por la mañana seguí insistiendo sin éxito, hasta que, de repente, me llegó una llamada desde su móvil. ¡Era Carmen! En pocas palabras y entre lágrimas me explicó que la riada se lo había llevado todo, su casa, su coche, absolutamente todo. Pero ella, su marido, Kiki y su suegro, que es dependiente desde hace tiempo, estaban sanos y salvos.

El viernes subí a Barcelona para acompañar a K y ayer -sábado- me pasé la tarde comprando cosas para Carmen y su familia: botas de agua, guantes, mascarillas, productos de higiene básicos y alguna cosa más. Como la conozco bien, le compré también un par de velas que sé que le gustan y unas galletas, porque están comiendo lo que se reparte en el pueblo y llegan hasta donde llegan.

Está mañana me he levantado a las 05:15 y a las 09:00 ya estaba en Valencia, preparando las mochilas. He alquilado una moto eléctrica para acercarme hasta el cementerio municipal, desde allí he llegado a una pasarela que atraviesa el nuevo cauce del Turia y he cruzado hasta la Torre sin problemas.

Mientras tanto, mi amigo Truji circulaba por la A7 con un 4×4 lleno hasta la bandera de bombas de agua, transformadores, palas y botas pagadas por varios mentores de SeedRocket.

Aunque ayer las autoridades prohibieron el acceso a los voluntarios a la zona cero, la policía nos ha dado las gracias a cada uno de los que pasábamos cargados con mochilas, escobas, cubos, carretillas, con todo lo que os podéis imaginar; no parecían muy preocupados por las restricciones ni por las consecuencias. Policía 1 – Mierdas 0.

Es imposible explicar lo que me he encontrado al llegar. Había bomberos de Cádiz, policías locales de Madrid y un militar gallego me ha explicado la mejor forma de llegar hasta Massanassa; en dos días, me lo veo hablando en valenciano con acento de L’Horta Sud, porque la gente que está arreglando esta locura le pone ganas de verdad.

Y sólo ha sido el principio.

En los primeros 5 o 6 kilómetros, he visto arrancar de cuajo -con las manos, con cuerdas, como fuese- las rejas de varios parkings y a gente salir llorando tan rápido como habían entrado. He acompañado a señoras mayores a llevar su compra a casa porque estaban agotadas de arrastrar sus carritos por el barro. He transportado agua y escobas a pesar de ir cargado con casi 20 kilos en tres mochilas, porque allí ninguno estábamos para gilipolleces.

Y el lodo, pestilente, por todas partes. A veces, sólo te hace resbalar. Otras, cuando menos te lo esperas, te metes en él hasta las rodillas o gotea desde un edificio o te lo lanza alguien que está vaciando una carnicería Halal.

Y los coches. Decenas de miles de coches, destrozados, amontonados unos sobre otros, estampados en edificios, con los teléfonos de sus dueños escritos en las puertas o rotulados para indicar que habían encontrado cadáveres dentro.

Coches apilados en Massanassa

He andado y andado con mis mochilas a cuestas hasta llegar a Massanassa, donde el olor del fango y la cantidad de vehículos destrozados anunciaban que falta mucho, casi todo, por hacer, cinco días después.

Al final, he llegado a casa de Carmen, sin saber qué me iba a encontrar.

Y allí estaban ella y Kiki. Le he dado un abrazo de oso, nos hemos asegurado de que las botas y los guantes eran de su talla, nos hemos hecho vídeos y fotos para Lola y me ha contado que ella, su marido, su suegro y Kiki se pasaron dos horas de madrugada subidos a la mesa del salón porque el agua les envolvía y rezando para que parase la inundación.

La riada se detuvo a apenas 20 centímetros -unos pocos minutos de crecida- de ellos y poco a poco fue desapareciendo, por lo que no pudieron salvar sus cosas, pero sí sus vidas.

De momento han contado dos familiares ahogados, pero hay muchos vecinos, amigos y familiares desaparecidos desde el martes. Y ya es domingo. Y, a pesar de los problemas, los móviles vuelven a funcionar a ratos. Y, aunque no lo digan en voz alta, también se esperan lo peor. Ojalá tengan tanta suerte como yo con ellos.

Me he despedido, les he deseado lo mejor y he vuelto hacia Valencia, echando una mano cuando he podido con el reparto de víveres o la limpieza de las aceras.

Cuando he conseguido cruzar el nuevo cauce de vuelta por una pasarela atestada de gente que entraba en el horror con gesto adusto, pero decidido, he cogido otra moto y he llegado a mi casa en 10 minutos.

10 putos minutos.

Ésa es la distancia que separa a toda la gente que hoy estaba en mi barrio corriendo con sus zapatillas de 200€ o merendando al sol con sus hijos, del horror más absoluto y absurdo que he contemplado en mi vida.

Un puñado de minutos y de kilómetros marcan la diferencia entre vivir y morir. Es lo que te permite dedicar el día a opinar en redes sociales sobre los políticos, las culpas y los protocolos de seguridad, en lugar de tener que pedir ayuda para alimentar a tus hijos, que llevan cuatro días sin poder ducharse o cambiarse la ropa interior, si tienen la suerte de seguir vivos.

La distancia entre sobrevivir y vivir de espaldas.

He llegado a casa, me he calentado unas lentejas, he abierto una botella de vino y me he sentado en el sofá a llorar, tratando de colocar en su sitio todas las miserias y los horrores de los que he sido testigo esta semana.

Y de pronto, he recordado la alegría de Carmen cuando le he hablado de Lola y a mi abuela que, tras perder a dos hijos en menos de veinte días, a sus 94 años aún sonríe cuando me ve entrar por la puerta.

Las personas somos la variable que cambia todas las ecuaciones. El dinero, los coches, las casas y los políticos acaban pasando, pero si consigues rodearte de gente a la que quieres y que te quiere a ti, puedes sobreponerte a todos los retos que se te planteen.

Por eso, cuando pienses que no puedes más, acuérdate de Carmen, que ha sido capaz de mirar a los ojos al horror y sonreír; ella es la esperanza que nace del barro.

Sé valiente. Sé como Carmen.

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Carmen, Kiki y yo (03/11/24)

3 comentarios sobre “La esperanza que nace del barro

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