
En el año 2023, Janna Anderson y Lee Rainie publicaron un informe sobre el impacto positivo y negativo que podría tener la IA en un plazo de 10 años, más concretamente en 2035.
El documento incluía citas y pronósticos de algunos de los investigadores más reconocidos en esta materia. Puedes leerlo de forma abierta en este enlace:
Reconozcámoslo: una predicción a diez años vista en el campo de la Inteligencia Artificial es poco más que un brindis al sol.
Más allá de la evolución que podemos inferir sobre las funcionalidades y capacidades ya existentes y su impacto en una sociedad cada vez más tecnificada, existen retos mundanos que pueden impactar en su desarrollo.
Por ejemplo, no tenemos ni idea de qué va a pasar con las infraestructuras necesarias para que la tecnología siga desarrollándose al ritmo actual, la regulación que va a apareciendo en distintas jurisdicciones o los dispositivos (incluyendo los robots autónomos) que ya están permitiendo a la IA interactuar con el mundo físico.
Una de las muchas lecturas del informe es que el 79% de los expertos consultados se encuentra igual o más preocupado que ilusionado (equal or more concerned than excited) sobre los cambios tecnológicos derivados de la evolución de la IA en este período.
Entre todas las opiniones analizadas, hay una de Alf Rehn, profesor de innovación, diseño y gestión de la University of South Denmark, que me llamó mucho la atención:
Slowly but surely we’re getting the tools to regain some semblance of control. AI used to be the monster under our beds, but now we’re seeing how we might make it our obediente dog (although some still fear it might be a cat in disguste)
Durante estos últimos años, se ha extendido la idea de que la Inteligencia Artificial no está respondiendo a nuestras expectativas.
Pensábamos que la IA nos ayudaría a deshacernos de las tareas desagradables, que nos evitaría el esfuerzo físico y el sufrimiento y que nos dejaría espacio para concentrarnos en escribir poesía, crear nuevas formas de expresión artística o, qué sé yo, meditar y hacernos uno con la energía del universo, mientras que unos robots antromórficos nos preparan unos spaghetti aglio, olio e pepperoncino.
Pero la IA no es -ni va a ser- nuestra esclava. De momento, somos nosotros quienes seguimos levantando muros de ladrillo y descargando camiones mientras que la Inteligencia Artificial redacta notas de prensa, diseña las portadas de los libros y prepara los informes sobre los que se toman decisiones críticas para nuestro futuro como especie.
Hace poco, leí que Amazon se ha visto obligada a limitar el número de obras que los autores pueden autopublicar en su biblioteca.
Ahora, sólo puedes publicar tres libros al día y algunos autores, por llamarlos de alguna forma, se han molestado porque con la IA pueden crear un libro completo de 300 páginas, con prólogo, portada y bibliografía en menos de diez minutos. Y que quién es Amazon para coartar su creatividad.
En fin.
Me viene todo esto a la cabeza porque ayer un amigo me preguntó si estaba redactando mis posts con alguna herramienta de IA. Al parecer, le parecía extraño que utilizase descripciones, listados y citas. Como si las demandas y los informes legales -que suelen tener esta misma estructura- creciesen en el bosque.
Mi primera reacción fue, claro, sentirme muy ofendido.
Llevo un mes levantándome a las 05:30 de la mañana para dedicarle casi dos horas a escribir un post diario y que alguien pueda pensar que esto lo hace un roboz sin alma hace que me plantee para qué demonios sirve todo este esfuerzo.
Pero, si lo piensas bien, tiene sentido que alguien piense así, porque estamos tan acostumbrados a desconectar el cerebro y dejar que la IA haga todo el trabajo, que no nos planteamos que todavía haya alguien tecleando miles de palabras en su iPad.
Por ejemplo, es evidente que las imágenes de mis posts están hechas con IA, porque mis habilidades en diseño gráfico no superan las de un pato con guantes de boxeo. También es cierto que utilizo varias herramientas de IA para investigar y obtener información que luego utilizo para documentar mis posts.
Quizá soy yo el que me estoy robotizando.
Igual que ya no sé firmar con un bolígrafo, porque llevo años haciéndolo en una pantalla con el dedo, quizá me haya acostumbrado a expresarme igual que una IA y todos nos acabaremos convirtiendo en clones inexpresivos, hasta que no tenga sentido seguir esforzándonos por tener nuestra propia voz y dejemos que sea un modelo de lenguaje el que hable por nosotros.
Me gustaría pensar que no es así. De momento, la IA es una ayuda importante, pero mis textos todavía dependen de mí. Es mi asistente, pero jamás diría que me obedece.
La IA no es un perro obediente. Por suerte, tampoco es el proverbial monstruo bajo la cama.
No podemos anticipar todos sus efectos en nuestras vidas ni cómo se va a desplegar en un plazo de diez años, así que podría convertirse en cualquier cosa.
Incluso en un gato disfrazado.
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