
En una comida con un montón de emprendedores españoles en Doha, K nos habló sobre un episodio de Sexo en Nueva York en el que Carrie intentaba ligar con un tipo a través del e-mail y se desesperaba porque no sabía cuándo le iba a responder, ni si habría recibido su mensaje.
No hemos cambiado tanto desde los 90.
Hoy en día, al menos podemos saber cuándo alguien abre o recibe un correo, pero seguimos sin tener ninguna certeza sobre qué o cuándo nos va a responder.
Y está bien que sea así.
Los medios de comunicación asíncronos nos permiten respirar de vez en cuando. Las apps de mensajería instantánea se llaman así por algo e, incluso, tienen una expresión para denominar a la falta de respuesta inmediata: ghosting.
Nadie quiere que le hagan ghosting, pero tampoco nos gusta estar sometido a la tiranía de la inmediatez.
En 2015 pasé varios meses sin whatsapp ni redes sociales en el móvil. Fue una muy buena experiencia y sólo volví a utilizar todo este montón de aplicaciones sin corazón cuando me di cuenta de que me estaba desconectando de la gente a la que quería.
Incluso entonces, seguí utilizando de forma intensiva el correo electrónico, porque hasta ahora no he encontrado otro sistema mejor para gestionar mi comunicación profesional.
En el ámbito personal, no utilizo apenas el e-mail. Hace poco tuve que compartir unas reservas de hotel con mi grupo de amigos de toda la vida y les tuve que pedir sus direcciones de e-mail por WhatsApp, porque no las tenía actualizadas.
Me encantaría expulsar el e-mail de mi vida para siempre.
Cuando veo acumularse los e-mails, uno encima de otro, en una carrera interminable por sepultar mis bandejas de entrada, puedo sentir cómo se acumula el cortisol dentro de mí, a la misma velocidad.
He intentado casi cualquier aproximación que se te pueda ocurrir y ninguna ha funcionado.
Durante un tiempo, delegué la gestión de mis e-mails en mi secretaria. Pusimos reglas y procedimientos, pero mi forma de conectar con mis clientes es muy personal y basada en la confianza, así que este sistema no funcionó ni para ella ni para mí.
También he probado a crear ventanas de apertura y respuesta al e-mail durante el día.
Automatizar procesos y respuestas.
Mantener la bandeja de entrada a cero o responder sólo correos urgentes y dejar que el resto se pudriese porque, de verdad, no podía más,
Transcurridos más de 30 años desde que creé mi primera cuenta de correo electrónico, sigo asistiendo la procesión interminable de correos con resignación y sin estrategia.
En febrero de 2026 sigo manteniendo 5 cuentas de correo activas (mucho), con sus correspondientes chats y agendas sincronizados.
Según las métricas de las distintas aplicaciones que utilizo, estoy gestionando de forma manual una media diaria más de 300 e-mails entrantes o salientes, lo que significa que escribo o leo y respondo unos 25 e-mails a la hora cada una de las 12 horas que suelo estar activo frente al ordenador, el iPad o el móvil, todos los días.
Algún día -muy pronto, espero- aparecerá una IA que gestionará todo esto mucho mejor que yo, decidirá qué e-mails responder y cómo hacerlo y me notificará cuándo tengo que intervenir. Por supuesto que ya hay sistemas de IA que hacen esto y muchas otras cosas, pero los que he probado todavía están lejos de sustituir mi gestión personal.
Pero ese momento llegará y supongo que a partir de entonces el e-mail perderá su sentido, porque se convertirá en una serie de conversaciones entre máquinas, que pueden comunicarse de forma mucho más eficiente a través de otros canales.
Quizá el problema del correo no sea su utilidad, que es indiscutible, sino el uso que le estamos dando.
Hay clientes que me escriben un e-mail, a continuación me envían un WhatsApp para pedirme que mire el correo y, si en unos minutos no he dado señales de vida, me llaman al móvil.
Curiosamente, si le digo que estoy ocupado con otros asuntos no lo entiende, pero cuando estoy concentrado en sus temas se molesta mucho si respondo a otras personas.
Los celos de la atención matan muchas relaciones profesionales. De las personales, ni hablo.
El reto del e-mail es generacional.
Todos necesitamos cosas de los demás y cada vez estamos más desconectados y absortos en nuestra propia burbuja de atención, por lo que estas conexiones impersonales entre nodos aislados será cada vez más importante.
Me imagino un futuro cercano en el que nuestros gemelos digitales, entrenados a partir de la observación de los hábitos, conductas, preferencias y necesidades que no manifestamos verbalmente, pero sí a través de nuestros actos y decisiones conscientes, tendrán toda la información que necesitan para gestionar estas comunicaciones de forma eficiente.
En ese momento, empezaremos a ser más sustituibles que libres, porque no dudo que encontraremos una forma de seguir tirando a la basura nuestra atención y los mejores años de nuestra vida, habitando una realidad alternativa en la que casi cualquier cosa es más importante que estar presentes aquí y ahora.
Mira a tu alrededor. Mírate a ti mismo y respóndete de forma honesta: ¿cuántas horas al día estás presente de verdad? ¿Y cuánto tiempo has pasado encerrado en tu burbuja de e-mails, whatsapps, redes sociales, llamadas e interacciones que te han apartado de tu conciencia?
El objetivo no sólo es utilizar mejor el e-mail,
El verdadero reto es la lucha de tu presente por sobrevivir en un mundo saturado de estímulos e información, un fenómeno que Alfons Cornellà llamó muy acertadamente infoxicación.
Ojalá puedas crear las islas de recogimiento y atención que te permitan reconectar contigo mismo y con tu entorno.
Ojalá ser un Robinson de una de esas islas.
Ojalá que la siguiente generación no abrace cualquier mierda que caiga en sus manos y lo haga un poquito mejor que la nuestra.
Nos va el futuro en ello, Neo.
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