
El pasado lunes 28 de octubre de 2024, el mismo día que mi hermano cumplía 43 años y apenas unas pocas horas antes de que se desencadenase el fin del mundo en Valencia, mi padre falleció en el hospital de Alcoy, casi llegada la medianoche.
Llevábamos siete años sin hablarnos, pero este post no es un acto de falsa contrición. La historia que hoy quiero contarte no termina entre gatitos, arco iris y unicornios.
Llegué al hospital apenas 20 minutos antes de que su corazón dijese basta y, para entonces, ya estaba sedado e inconsciente. Me despedí de un cadáver que no reconocía, porque los últimos mensajes que le envié para felicitarle por su 70 cumpleaños nunca llegaron a su teléfono móvil. Mi número llevaba años bloqueado en su cuenta. Y el suyo en la mía, claro.
Horas después, el cielo se abrió sobre la provincia de Valencia, descargando cientos de litros de agua por metro cuadrado, que han provocado centenares de víctimas y han dejado en la calle, indefensas y sin recursos, a miles de personas que lo han perdido todo en apenas unas horas de horror y destrucción.
Mientras tanto, nuestros políticos discutían el precio de los carburantes y esperaban que el resto del mundo mirásemos hacia otro lado, porque no es posible encontrarle sentido ni justificación a esta catástrofe y a su gestión posterior.
A 120 km del tanatorio y apenas 6 km de la zona cero, Lola jugaba en un parque con su madre y unas amigas, ajena a mi situación y a la tragedia de Carmen, su cuidadora, con la que conseguí contactar tras dos días de angustia y silencio; en esa llamada, Carmen me explicó que lo había perdido todo bajo el lodazal que se llevó por delante su casa, su coche y el negocio de su marido. Necesita de casi todo, como la mayoría de sus vecinos.
Ayer, conseguí viajar de Alcoy a Valencia para comprobar que mi casa seguía en pie, y de Valencia a Barcelona, donde a mediodía mis vecinos compartían pizzas y botellas de vino en las terrazas con sus cuñados, mientras sus hijos, entre gritos y risas, se perseguían por las prístinas aceras de Sarrià.
Todos vivimos, en cierta medida, de espaldas.
En mi nomenclátor particular, vivir de espaldas consiste en dejar que tu vida transcurra ajena a una parte del contexto en el que se desarrolla. Ver sin mirarlo todo. Oír la canción sin escuchar algunas notas. Evitar ciertos datos o eliminarlos antes de procesarlos.
Vivir de espaldas es una forma de autoprotección que nos permite seguir adelante sin tener todas nuestras alertas activadas de forma permanente.
En su obra An economic theory of Democracy (1957), Anthony Downs acuñó el término ignorancia racional, que describió, a grandes rasgos, como una situación en la que añadir conocimiento o información a un análisis no aporta un valor extra.
Aunque Downs centraba su análisis en la decisión del voto electoral, seguro que se te ocurren muchos escenarios en los que la ignorancia racional puede resultar útil para evitar, por ejemplo, la parálisis por análisis o reducir el coste marginal en una decisión poco relevante.
¿Cómo decidimos qué información es prescindible? ¿Y cómo nos preparamos para los efectos de tomar decisiones con una fracción de la información disponible?
Con frecuencia la ignorancia no sólo es irracional, sino inconsciente, porque no sabes lo que no sabes y ese sesgo, esa carencia, esa falta de calidad en tus datos, te lleva a aterrizar muy lejos de tu meta, si es que la tienes.
Cualquier coach del planeta te dirá que no hay que vivir de espaldas, que es mejor estar informado y conectado, ser consciente, superar tus miedos y enfrentarte a todos tus retos con determinación y coraje, sin apartar la vista de tu objetivo.
Como ya me conozco la película y estoy desarrollando una alergia creciente hacia los mensajes vacíos y el papanatismo woke, tengo una respuesta preparada: cómeme los huevos por detrás. Creo que últimamente la estoy utilizando más de lo necesario pero no he sido yo quien ha empezado esta guerra.
Vale, reconozcamos que vivir de espaldas no es la solución a tus problemas.
Si tienes una vida luminosa, estás rodeado de paz, amor y magnums de Pingus, es probable que no quieras perderte los detalles. Si, por el contrario, vives en un pantano rodeado de ratas carnívoras, también deberías estar en alerta. Pero si tienes una vida normal, como todas las demás, apartar la vista de vez en cuando entra dentro de lo aceptable.
Yo tengo una buena vida. Cada vez que he salido de una situación complicada, el informe de control de daños -vosotros también lo hacéis, ¿verdad?- me ha pronosticado unas cuantas millas más de vuelo tranquilo. Pero durante muchos años ha habido una pequeña puerta oscura en mi interior que se abría en mis sueños y, en ocasiones, me paralizaba de terror.
La primera vez que entré en la consulta de mi psicóloga, le expliqué mi historia y, al acabar, me dijo, mirándome a los ojos y sin vacilación:
voy a prepararte para que cuando salgas por esa puerta seas capaz de no ir al entierro de tu padre, porque esto no va a mejorar.
Han pasado diez años desde aquel día y esta semana no sólo asistí a su entierro, sino que le acompañé en su partida, me despedí de él, pagué la cuenta y deposité sus cenizas en el hipogeo de mi familia, sin volver la vista atrás.
He viajado la última década de mi vida con una muesca en mi retrovisor, un punto ciego terrible y consciente que me ha transformado por completo y me ha permitido seguir adelante; el precio ha sido alto, pero volvería a pagarlo sin dudar.
Si lo necesitas, no te sientas mal por vivir de espaldas. Hay tantas cosas por hacer, tanto mundo por recorrer y tanta gente maravillosa con la que compartirlo, que te mereces un poco de paz, de libertad, de confianza y de energía para disfrutar tu propia experiencia.
Nadie te va a dar un premio por malvivir de frente pero puedes vivir de espaldas. Y seguir.
PD: he visto con mis propios ojos la magnitud de la tragedia de Valencia y esto no es vivir de espaldas. Es una vergüenza, una imprudencia, una falta total de escrúpulos, de talento y de liderazgo, en la que acabaremos pagando un precio inasumible como sociedad al permitir que miles de personas sigan pasando días y noche ateridas, desprotegidas, desabastecidas y asustadas. Es indigno e impropio para una democracia que se jacta de contarse entre las más avanzadas del planeta. No podemos darles la espalda. Muévete. Ahora.
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