
Uno de los pocos rituales que he conseguido incorporar en mi inexistente rutina es el de arrancar la semana desayunando con Marcos y Pablo, mis socios en Nostromia, los lunes a primera hora de la mañana.
Hemos abrazado con entusiasmo la larga tradición valenciana del almuerzo, aunque en nuestro caso la excusa no son los bocadillos de carne de caballo con patatas fritas, los chivitos o las brascadas -que también- sino los avances de la Inteligencia Artificial. Créeme, es mucho más divertido de lo que suena.
En estas conversaciones sale un poco de todo: filosofía, literatura, negocios, inteligencia, mucha tecnología y mucha, mucha estrategia.
Jamás hubiese pensado que un grupo de cabezas tan dispares iba a funcionar tan bien al juntarse.
Nuestras últimas conversaciones están discurriendo alrededor del mundo de los sesgos en los sistemas de IA, en cómo definirlos, detectarlos y mitigarlos, porque Marcos es el tipo que más sabe sobre esta disciplina que conozco.
Precisamente, éste es uno de los retos de las grandes empresas que utilizan de forma intensiva la Inteligencia Artificial en sus procesos, porque los sesgos son ineludibles en estos sistemas -y en tus propios mecanismos mentales de análisis y toma de decisiones, por cierto- y la regulación actual ya nos obliga a evitar sus efectos negativos, como la discriminación.
Para que te hagas una idea sobre funcionan estos desayunos nostrómicos, esta semana empezamos descartando un proyecto gigantesco para una empresa descomunal que tú también conoces y que consistía, precisamente, en resolver el reto de la identificación, clasificación y mitigación de sesgos.
Era imposible, no podíamos abordar algo así.
De pronto, Pablo lanzó una idea que nos dejó con el culo torcido. Marcos la cogió al vuelo y planteó una arquitectura que podía funcionar y yo le puse algo de perspectiva de negocio, para convertirlo en algo industrializable y escalable.
Salimos del desayuno deseando ponerlo en marcha. En apenas una hora habíamos pasado de un no mayúsculo a un sí entusiasta. Sin ese desayuno, hubiésemos quedado mirando a los ojos del problema, sin poner los recursos necesarios para abordarlo.
Chúpate esa, teletrabajo.
A menudo, lo que llamamos problemas son limitaciones que nos autoimponemos a la hora de abordar una situación, por falta de recursos, talento o perspectiva.
Hay un montón de factores que influyen en la forma en la que abordamos nuestros retos y las decisiones que adoptamos: los ángulos, las perspectivas, nuestra energía y nuestro estado mental en ese momento, las personas involucradas, el riesgo asumido, su alcance y muchas otras condiciones que pueden llevarnos a ver barreras o límites donde no los hay. A veces, es un rollo ser humanos.
Atento a esto, porque te va a volar la cabeza:
Los problemas no existen. Son atajos y excusas que nos autoimponemos para simplificar nuestra relación con el mundo.
Aquí hay un problema, aquí no lo hay. Si lo piensas bien, es una forma absurda y muy reduccionista de definir la realidad, como cuando los diseñadores de mapas antiguos incluían monstruos en los espacios que se les quedaban en blanco.
¿Qué hay aquí? Ni idea. Pues pon unos cuantos dragones y así no tienes que preocuparte, porque nadie irá allí a averiguarlo.
Los problemas en el siglo XXI son los hic sunt dracones del siglo XVI, una quimera y un atajo mental que has de aprender a superar.
Para complicarlo todo aún más, hemos cargado el concepto “problema” con un montón de connotaciones negativas, que no le son propias.
A Lola le encantan los problemas. Para ella, que exista un problema es algo divertido y me pide todo el rato que se los plantee, porque le gusta resolverlos y enfrentarse a ellos con soluciones creativas. En su proceso de aprendizaje, la resolución de problemas ocupa un lugar importante y estructural. Ojalá ser un poco Lola.
Si estamos de acuerdo en que los problemas no existen y son tan solo una de nuestras taras mentales -una más-, hemos de llegar a la misma conclusión con el concepto de solución.
Porque, claro, ¡las soluciones tampoco existen!
Muchos de los grandes conflictos de la historia se han producido por una interpretación errónea del concepto de solución.
Cuando asumes que una situación es problemática, tu cabeza se lanza en pos de una solución. Es un silogismo lógico, porque el concepto tradicional de problema resulta ontológicamente incómodo.
Nadie quiere tener un problema, si puede elegirlo. Así que el mismo error que hemos descrito, se convierte en el disparador de otro error que, además, nos mueve a la acción.
Asumir que existe una solución para cualquier circunstancia que no nos gusta nos obliga a estar permanentemente en guardia y a meter las narices en la vida de los demás, casi siempre sin permiso.
¡Tengo una solución para tu problema! ¡Señora, suélteme el brazo!
El esquema problema-solución nos ayuda a simplificar las cosas, al mismo tiempo que empeora nuestra relación con el mundo. Y, sobre todo, nos genera una ansiedad adicional que no necesitamos.
Propongo un cambio de paradigma: dejar de considerar los problemas como obstáculos o elementos negativos en nuestra vida y empezar a tratarlos como un juego o como un reto intelectual que consta de tres fases: análisis, definición y asignación.
Por Dios, deja de ponerte a buscar soluciones a la primera de cambio, no eres Spiderman.
Lo primero que haremos al encontrarnos con lo que tradicionalmente hemos considerado un problema, es definirlo. ¿Por qué esto es un reto o un obstáculo para mí? ¿Qué impacto real tiene en mi vida? ¿Por qué tengo que abordarlo yo?
El segundo nivel, una vez que tenemos información sobre ese supuesto problema, consiste en definir su perímetro. Esto es un problema para mí por esta serie de motivos y los efectos que quiero evitar son estos tres, cuatro o cinco. En el momento en el que acotas y aíslas los efectos reales de una situación que no te gusta, empiezas a ver la foto completa.
Por último, has de decidir si te corresponde a ti abordar esa situación o sólo eres un espectador incómodo, que debería centrar su atención en sus propias cosas y dejar de entrometerse en la vida de los demás.
Ojo, no estoy diciendo que tengamos que cerrar los ojos ante las situaciones desagradables o perjudiciales para la gente a la que queremos.
Sólo digo que hemos de respetar sus decisiones y su forma de enfrentarse a sus retos. Dejarles ser ellos mismos y exigir el mismo respeto a nuestras decisiones sobre cómo vivir nuestra propia vida.
Ya te hablé sobre esto en este post: aprende a soltar: the let them theory (Mel Robbins)
Tu misión en la vida no es solucionar problemas, propios o ajenos, porque la mayoría de situaciones a las que te enfrentas no tienen una forma mágica de resolverse, ni dependen de ti.
Para un momento, cojones.
Relájate.
Confía en el proceso, deja que cada uno siga su camino y responsabilízate de tus cosas.
Ser vulnerable no es una debilidad. Dejar que las cosas te impacten y te afecten forma parte de tu experiencia vital, no les des la espalda.
Y, sobre todo, deja de buscar problemas y soluciones para todo. El mundo no funciona así.
Tienes una sola oportunidad para experimentar tu vida. Para crear, querer, disfrutar, equivocarte y volver a empezar tantas veces como sea necesario. Deja que la emoción te arrope y que los ruines dejen muescas en tu piel. No importa. De verdad, da igual.
Sigue siendo tú mismo frente a todo, porque eres la única persona con la que vas a convivir desde el principio hasta el final.
Y no te preocupes por los problemas.
Los problemas no existen.
Y la solución, como el equilibrio, es imposible.
Que pases un día fantástico.
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