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La nueva economía del tiempo va a cambiarlo todo, empezando por una pregunta clásica:

¿qué quieres ser de mayor?

Durante mucho tiempo hemos podido responder a esta duda basándonos en gustos, habilidades y presunciones que partían de un listado grande pero finito de posibles ocupaciones o profesiones, parecidas a las que desempeñaron nuestros padres o abuelos.

Hoy eso se ha acabado. Para siempre.

De hecho, no sólo es imposible saber a qué se van a dedicar nuestros hijos o nietos dentro de 50 años; tampoco podemos pronosticar qué vamos a hacer nosotros mismos dentro de 10 o 15 años. La respuesta más probable a esa pregunta es N-A-D-A.

Sí, nada. Hoy ya existen millones de personas en todo el mundo de entre 30 y 60 años que jamás van a encontrar un trabajo remunerado porque su cualificación, sus habilidades, su disponibilidad o su especialización –o la falta de ellas- les convierten en inadecuados para las necesidades productivas actuales.

Estamos en un momento de la historia en el que la mayor parte de las necesidades humanas pueden cubrirse a través de procesos automatizados o automatizables, desde la alimentación hasta el transporte, el ocio o la reproducción.

La Inteligencia Artificial ya está en todas partes.

Podemos sembrar, cultivar, regar, abonar y recolectar en el momento óptimo casi cualquier tipo de alimento utilizando algoritmos y máquinas diseñadas para ello. Podemos imprimir vehículos e incluso edificios, hacer diagnósticos médicos e intervenciones quirúrgicas a miles de kilómetros de distancia o conducir cualquier vehículo por tierra, mar y aire sin intervención humana, reduciendo la contaminación, el consumo de energía y los accidentes.

Mis bases de datos son mucho más eficientes que yo encontrando las leyes y los antecedentes más relevantes para los casos a los que me enfrento en el despacho y es cuestión de meses o años que los contratos y los escritos se estandaricen, completen y firmen a través de sistemas de Inteligencia Artificial. En ese momento, los abogados tendremos tan poco sentido como el que hoy tienen los jueces, los notarios o los registradores.

Hay miles de ejemplos en todas las industrias de cómo la inteligencia artificial está sustituyendo –y mejorando- los procesos que hasta ahora han sido desarrollados por personas.

Si lo piensas bien, los humanos somos el recurso más ineficiente e imprevisible de cualquier proceso de producción. Nos equivocamos con frecuencia, nos ponemos enfermos y nos hacemos mayores. Tenemos prejuicios. Nos cansamos. Queremos tener fines de semana y vacaciones para recuperarnos del trabajo, porque en el fondo a casi nadie le gusta trabajar.

Si odias tu trabajo, no te preocupes. Dentro de unos años no vas a poder trabajar, incluso aunque quieras hacerlo. Y tampoco te vas a convertir en un neoludita. O sí, pero entonces estarás perdiendo una gran oportunidad.

Ante la evidencia de que el número de puestos de trabajo es una realidad menguante, los expertos de todo el mundo se han agrupado en tres grandes corrientes (perdonad la generalización):

  • los que piensan que los trabajos antiguos se van a sustituir por otros, de forma que todo el mundo va a poder seguir trabajando (aquí tienes un buen post de futurizable sobre nuevas profesiones);
  • los que opinan que la gente debería trabajar menos horas para repartir los pocos trabajos que haya en cada momento entre todos (trabajar menos para trabajar todos) y
  • los que opinan que, simplemente, no va a haber trabajo para todos, hagamos lo que hagamos.

Creo que las dos primeras posturas son buenistas, pero no se ajustan del todo a la realidad porque la evolución de la Inteligencia Artificial y la automatización de los procesos, no van a reducir los puestos de trabajo, sino la necesidad de que haya personas dedicadas a esas tareas para conseguir el mismo resultado. Si a esto sumamos el crecimiento geométrico de la población, podemos afirmar sin temor a equivocarnos que es matemáticamente imposible que todo el mundo pueda trabajar.

Si ya podemos producir vino, viajar a Japón, o que nos sirvan una hamburguesa en un bar sin que una sola persona haya intervenido en el proceso ¿debemos esforzarnos por mantener todos esos empleos, aún sabiendo que el proceso no va a ser óptimo y se va a encarecer?

Por supuesto, siempre habrá un pequeño porcentaje de posiciones que implicarán desarrollo, mantenimiento y creatividad, que deberán seguir siendo desempeñados por personas.

La pregunta en este caso suele ser ¿quiénes serán los elegidos? ¿Quién trabajará y quien se quedará en su casa?

A esta cuestión yo suelo responder con dos preguntas más, llamadle deformación profesional:

¿cuánta gente conoces en tu entorno que elegiría trabajar frente a no hacerlo, si su situación no fuese a cambiar de forma sustancial? y

¿cuánta gente extraordinaria conoces, que realmente sea capaz de provocar un impacto positivo en su entorno?

En mi opinión, nos encontramos ante una de las mayores oportunidades de la historia: la posibilidad de que la mayor parte de la población mundial tenga sus necesidades cubiertas gracias a la tecnología y que, por tanto, desaparezca la concepción del trabajo que nos llega desde el Antiguo Testamento:

Genesis 3:19:

Ganarás el pan con el sudor de tu frente, hasta que vuelvas a la tierra, de donde fuiste sacado. ¡Porque eres polvo y al polvo volverás!

 ¡Voy a trabajar como un animal hasta que muera para poder comerme un puto PAN! ¡Bien!

Levantad la mano todos los que os sentís motivados ante la perspectiva vital que plantea el Génesis. Ahora bajadla los que aún creéis que descendéis de Adán y Eva. Veamos… Exacto. Nadie quiere plantearse una vida tan triste, si tiene alternativa.

¿Y cuál es la alternativa?

No nos engañemos: los nuevos retos son gigantescos. ¿Quién va a mantener a casi la totalidad de la población en condiciones dignas sin que colabore en la producción de riqueza? ¿Los estados? ¿Agrupaciones privadas? ¿Las empresas? ¿Las organizaciones neofeudales? ¿Donald Trump?

Esto es en lo que deberían estar trabajando los gobiernos y las empresas de todo el mundo desde hace años: en buscar nuevos campos en los que poder aprovechar toda esa gigantesca capacidad de consumo y de tiempo no dedicado a la producción de bienes y servicios.

¿O quizá ya lo están haciendo?

¿Habéis oído hablar de la renta básica? Creedme, vais a escuchar esta expresión, bajo otros nombres, mucho más durante los próximos años.

Para mucha gente, el primer paso en este proceso es la economía colaborativa: que cada uno podamos compartir y sacar rendimiento a nuestros propios recursos.

Se trata de una tendencia imparable y que se consolidará, no sólo como una moda, sino como un nuevo modelo de relación social, en los próximos años.

Da igual lo que opinen los ayuntamientos, los taxistas o los ISPs; compartir mis cosas y mi tiempo con otras personas forma parte de mis derechos como ciudadano, incluso del propio concepto de propiedad privada.

Sin embargo, la economía colaborativa puede ser sólo un parche. Su consolidación provocará un efecto negativo a corto plazo en industrias y mercados regulados si empezamos a compartir y alquilar en lugar de consumir nuevas unidades, por lo que a medio plazo, estos productores pueden llegar a sustituir a los particulares si el marco legal les es propicio. No perdamos esta oportunidad.

Pero la economía colaborativa no es la solución para todos los males, no basta para garantizar el bienestar de la población mundial, salvo que creamos en la buena fe de una sociedad basada en buena parte en el trueque y el autoconsumo.

Por otra parte, dudo mucho de que los estados y sus gobiernos sean capaces de hacer frente a este reto: hasta la fecha han sido incapaces de dar una nueva respuesta a un mundo globalizado, donde se desperdicia más comida de la que podrían consumir las personas que pasan hambre, en el que la población activa supone un porcentaje cada vez menor y la gente vive más años, pero no quiere trabajar a partir de los 60. De hecho, casi nadie trabajaría si no lo necesitase.

Me interesa mucho más ver cómo algunas empresas estudian nuevos modelos de relación con sus clientes y usuarios, basados en formas alternativas de retribución y de compensación.

Dentro de unos años, miles de millones de personas tendrán necesidades, pero no tendrán trabajo y sí un montón de tiempo disponible.

Yo le llamo a esto el reto de la nueva economía del tiempo y os animo a participar en él. Los próximos 100 años van a ser de quienes planteen las mejores soluciones.

La nueva economía del tiempo
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