
Uno de los efectos de la crisis que vivimos con cierta perplejidad a finales de la década pasada -y de la anterior- fue la expulsión del sistema de toda una generación de directivos y, en general, de profesionales que llevaban muchos años viviendo de la sopa boba en grandes compañías y que acabaron de un día para otro con sus huesos en la fría calle, obligados a buscar una nueva forma de llevar el pan a la mesa de sus hijos.
Como big four alumni (cuando me fui de EY aún eran big five), decidí saltar del barco muchos años antes de que al capitán se le pasase por la cabeza llamarme a desfilar por la tabla, pero muchos de mis compañeros no vieron llegar a tiempo el Tsunami y, en lugar de ejecutar sus planes, fueron ejecutados por otros.
No fue por venganza o por incapacidad; simplemente, llegó el momento de adelgazar, de perder grasa y, de pronto, dejó de haber espacio para todo el mundo.
Los superespecialistas tienen una ventaja y un gran inconveniente: pueden llegar a aportar valor en una especialidad o un campo muy específico, pero a veces -casi siempre- a las compañías les basta con tener a alguien con ganas y talento, que sea capaz de jugar en distintas posiciones.
Y entonces, boom, se acabó lo que se deba porque tienes que empezar casi desde cero con un gigantesco bagaje que no sirve para nada.
Muchos de estos excedentes de producción se recolocaron con cierta agilidad en puestos similares, aceptando condiciones más precarias en empresas menos bonitas; a esto se le llama quedarse en la zona de confort COMO SEA, y me parece legítimo, porque muchas veces la hipoteca aprieta y hay que adaptarse a los nuevos tiempos.
Qué lástima. Cuánto talento -tan aparente como inexistente- desaprovechado. Cuántas horas dedicadas a saludar por los pasillos y robar cafés en la cantina, echadas a perder. Cuántas noches calentando sillas y siguiendo procesos absurdos, diseñados por tipos mediocres que desaparecieron mucho antes de que alguien se percatase de su inutilidad y de su falta de talento.
Esa capa absurda de amiguetes y enchufados que medraron al calor de los excesos es una de las peores consecuencias del capitalismo ciego.
Lo más parecido que he visto hoy en día a este fenómeno en extinción son algunos analistas y gestores de fondos de inversión que llegan a creerse estrellas del rock, sólo por tener a miles de futuros fracasados arrastrándose hasta su puerta para conseguir un dinero que no es suyo, ni lo será jamás. Patéticas fotocopias de los verdaderos generadores de los recursos que ellos despilfarran a manos llenas en cascarones vacíos de talento, eventos, viajes y cenitas, profesionales del desdén, de la condescendencia y de mirar desde una atalaya que no existe, que viven ilusionados por llegar a la orilla para que les coman los caníbales.
En este big bang de los deshechos profesionales proliferaron dos perfiles distintos que, al llegar la hora del adiós, en lugar de aceptar su condición de mendigantes de empleos peores, optaron por engañarse a sí mismos y fingir que se mantenían a flote mientras la orquesta sigue tocando su propia marcha fúnebre: los nuevos emprendedores de mentira y los consultores sobrevenidos. En este post voy a hablar sobre los segundos.
Los consultores sobrevenidos
Seguro que ya habéis escuchado aquello de que un consultor es alguien que te cobra por decirte lo que sabes que tienes que hacer, cuando no puedes hacerlo. No es justo, pero suele ser cierto cuando quien va a opinar sobre tu negocio es alguien que ha vivido al calor de una gran empresa y alejado del mundo real, durante años.
Es normal que sea así. Las habilidades de un empleado que sobrevive a codazos en los escalones altos de la pirámide, pueden llegar a asemejarse a los de un consultor, ya que buena parte de su trabajo consiste en evitar mancharse en la ejecución de las tareas del día a día, a cualquier precio.
Si el resultado es bueno, el mérito es suyo. Si es malo, el problema está en tu ejecución, claro.
Los consultores -como los abogados- son -somos- un mal necesario en muchas situaciones en las que el time to market o el coste de oportunidad no nos permiten formar a nuestro equipo o aprender a través del mecanismo de prueba y error.
Puedo imaginar muchas situaciones en las que el trabajo de un buen consultor puede sacar del fango una empresa o hacer que dé un salto de gigante en determinadas circunstancias.
También tengo en la cabeza nombres de consultores que lo son por vocación, que se han formado específicamente para serlo y que aportan un valor casi imposible de obtener a través de otros canales.
Sin embargo, la mayoría de los consultores salientes de grandes empresas que he conocido, en realidad estaban desesperados por volver a encontrar un trabajo en otro sitio, porque no tenían ni idea de lo que estaban haciendo ni de cómo encontrar clientes, cobrarles por sus servicios o, qué sé yo, encontrar a alguien que les presente los impuestos o les diseñe la página web; son inútiles funcionales y profesionales que esperan triunfar, sólo porque ellos se lo merecen, en un mundo grotesco en el que nunca han vivido.
Aunque ha llegado la hora de apagar las luces y cerrar la puerta, antes de rendirse a la evidencia de su mediocridad, lanzan su cante del cisne, un último intento de mantener la dignidad que nunca tuvieron mientras lamían las botas de sus amos, a base de desperdiciar sus últimos recursos en seguir dando lecciones a los demás.
Los consultores sobrevenidos suelen venir de serie con un sesgo cognitivo que podemos asociar con el error de atribución o sesgo de correspondencia: si he trabajado en un sitio enorme -y que, por tanto, es mejor que el resto, primer error-, yo también soy mejor que el resto y puedo decirles a todos lo que tienen que hacer -segundo y definitivo error-.
Qué pena, madre mía
El ciclo suele ser siempre el mismo:
- Me dan la patada.
- Pienso que se equivocan y se lo voy a demostrar
- Le cuento a todo el mundo que ya era hora de dar el salto -primeras caras de perplejidad-
- Dedico tiempo y dinero a poner el negocio en marcha (el logo, la web, la frasecita en Linkedin, cualquier cosa con tal de no empezar a trabajar)
- Engaño a alguien y pienso que ya lo tengo.
- No sé muy bien cómo hacer este trabajo porque no tengo secretaria ni becarios, ni ese software carísimo que lo hacía casi todo solo, pero ya se me ocurrirá algo.
- No se me ocurre nada, no hago más que perder el tiempo en gilipolleces y acaba siendo el proyecto menos rentable de la historia.
- Han pasado tres meses y me he quedado sin pasta. Igual no era tan buena idea.
- Sin dejar de pontificar, empiezo a dejar caer entre mis amigos del gimnasio que estaría dispuesto a volver a trabajar para terceros si recibiese una oferta que no pudiese rechazar -más caras de perplejidad-.
- La gente empieza a no responder cuando les escribo.
- La oferta no llega
- Todos los días le pongo velas a la Virgen del Carmen para que alguien se acuerde de que existo
- Llegan ofertas que considero insultantes, no son dignas de un Mogul como yo.
- Acepto lo primero que llega y que me permite mantener la apariencia de que algún día fui alguien -spoiler: no lo era-
- Le explico a todo el mundo que es la mejor decisión que he tomado porque ahora soy yo quien toma las decisiones -risas entre bastidores-.
No hay forma de luchar contra el destino. Que hayas tenido suerte una vez no significa que la vayas a tener siempre. Los consultores sobrevenidos creen que pueden vivir de rentas sin haberlas generado.
Por supuesto, hay clases y clases de consultores sobrevenidos, y entre todas ellas hay una que me encanta: los que te alquilan su Rolodex (ok boomer)
Aunque no te lo creas, hay gente que comercializa a sus amigos y cobra comisiones por conectarte con otras personas que han tenido la mala suerte de cruzarse en su vida cuando aún pensaban que eran alguien.
Vender el e-mail de la gente con la que te codeabas es una forma como otra cualquiera de sobrevivir, pero esa cartera de contactos, más falsa que un billete de tres euros, suele durar poco, así que es mejor que lo hagas rapidito, antes de que tus otrora panas se den cuenta de que has dejado de ser útil y empiecen a no responder a tus llamadas.
Claro, también puedes sobrevivir comiendo carroña o vendiendo tus órganos -esto último, con un número limitado de transacciones, claro-, opciones que siempre serán más dignas que arañar unos euros al fatum vendiendo los teléfonos de gente que cada vez tiene menos motivos para respetarte.
Si quieres engañarte, hazlo, todos nos hemos engañado a nosotros mismos alguna vez y hemos sobrevalorado nuestras capacidades, sin ir más lejos, el otro día hablaba por aquí sobre el efecto Dunning-Kruger.
Antes o después la realidad acaba imponiéndose, así que cuando parezca que todo tu mundo se ha roto en pedazos, intenta recomponerte lo antes posible, asume la nueva situación y sácale provecho con humildad y esfuerzo.
Construir sobre la mierda suele acabar con todo manchado y oliendo regular, así que suele valer la pena cortar y empezar con lo puesto. La paz mental salva vidas.
Y recuerda: tú no eres tu trabajo, ni mucho menos el puesto que ocupas durante una fracción de tu vida. Eres lo que te queda cuando te metes en la cama por la noche, cuando abrazas a los amigos que siguen sin saber qué cojones haces cuando no estás con ellos y cuando le estás poniendo el desayuno a tus hijos, a tus nietos o a tu mascota. Eres lo que nadie ve y a casi nadie le importa.
No quieras ser lo que quieres que otros vean, porque quien tiene que mirarse en el espejo todos los días eres tú.
Y tú molas. Seguro que sí, aunque quizá no tanto como crees.
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