Mi abuela Pilar 5
Así las cosas, ayer metí precipitadamente en la mochila cuatro cosas y me vine a trabajar a la oficina de Alcoy, con la esperanza de pasar a visitar a mi abuela por la tarde. Pasé un día regular entre prisas y líos y sobre las 19:00 me escapé del despacho.
Mientras conducía hacia el centro de respiro del Preventorio me llamó mi tío Javier para preguntarme dónde estaba; cuando le dije que estaba subiendo a ver a mi abuela, se echó a llorar y me colgó el teléfono. No hacía falta explicar mucho más. Lo cierto es que no recuerdo cómo remonté el puerto de montaña en mi coche, bajo una espesa cortina de lluvia fría y oscura, pero sí que recuerdo que cuando llegué mi abuela estaba tumbada en su cama, acompañada por mi abuelo, mi madre y mis tíos, con los ojos cerrados, la boca abierta y las manos juntas. Había muerto cinco minutos antes. Tan sólo cinco putos minutos antes de que yo llegase.
Lo primero que pensé fue que podía haber salido antes del despacho, que podía haber ido por la mañana a ver cómo se encontraba, que tenía que haberla visitado más veces, que he sido y sigo siendo un mal nieto… sin embargo, nada de todo esto hubiese salvado a mi abuela de una muerte tranquila y plácida, pero cruel.
Como ya comentaba en este blog hace unos meses, el alzheimer es una enfermedad cruel e injusta; ahora he descubierto que también es una enfermedad cobarde, porque destruye la resistencia, la memoria y la conciencia del enfermo, pero no se atreve a matarlo, y deja la consumación de su cruenta labor en otras manos. En el caso de mi abuela, ha sido el fallo de varios órganos, provocado por un problema de irrigación sanguínea, lo que ha acabado con su pequeña vida. Ha muerto como siempre ha vivido, plácida y discretamente y rodeada de sus seres queridos; aunque yo llegase cinco putos minutos tarde.
Mi abuela ha sido un ejemplo para todos por muchas cosas, pero sobre todo por su honestidad, su sencillez, su carácter conciliador y su bondad inacabable e inquebrantable. “Es un ángel” repetía mi abuelo en el momento en que yo entraba en el cuarto y confirmaba lo que mi mermada intuición gritaba dentro de mi cabeza. No sé si mi abuela era un ángel, pero es lo más parecido a la imagen que tengo de un ángel que me he encontrado en esta cochina tierra.
El alzheimer ha cumplido su cruel ultimátum: ha acabado con la salud física y mental de mi abuela y la ha dejado sola, indefensa y asustada al borde del abismo. Ayer llegó el empujoncito que faltaba para que mi abuela emprendiese un viaje sin retorno en el que no está sola, porque aún vive en nuestros recuerdos, esos recuerdos que le habían robado y que perduran brillantes y vivísimos en nosotros.
Aún no he asumido que nunca más veré a mi abuela Pilar; no creo que algo así llegue a asumirse nunca, sino que uno acaba acostumbrándose a no ver a la persona querida a fuerza de endurecer el alma y encallecer el corazón.
Mi abuela ha fallecido, pero siempre perdurará viva y alegre en los recuerdos de mi familia, como el elemento aglutinador que era y como el ángel que ahora ya es. Descansa en paz abuela y perdóname por no haber llegado a tiempo de decirte por última vez lo mucho que te quiero.



