Desde hace un par de meses, me cito con ella a diario, alrededor de las ocho de la tarde. Gemma no pone pegas, lo ha acabado entendiendo, e incluso nos acompaña a menudo.

Los días suelen ser agotadores para ella por lo que, de tanto en tanto, cuando entro por la puerta está durmiendo y me mira con ojillos vidriosos, pero alegres; otras, al verme, aletea los brazos con tanta energía que diría que quiere salir volando.

Es invierno en Madrid, así que suelo esperar unos minutos a que mis manos entren en calor antes de abrazarla, aunque os confieso que no siempre lo consigo. Su piel siempre es suave, tierna y cálida, como debería ser la piel de todos los bebés de dos meses del planeta.

Es la hora del baño y Lola lo sabe. Estoy tan convencido de ello, que he dejado casi todo lo que daba forma a mi vida aparcado durante un tiempo: los eventos, los viajes, las jornadas maratonianas de trabajo, todo. A las ocho de la tarde, todos los días, tengo una cita con una de las mujeres de mi vida y no tengo ninguna intención de fallarle. Por suerte, Gemma está allí para acompañarnos y hacer que la palabra familia cobre de nuevo un sentido placentero, tranquilo, acogedor.

Cuando Lola deja caer sus pestañas, que son como los alféizares de las pagodas chinas, se desatan torbellinos de cosas bonitas y tiernas en Kuala Lumpur, en Hong Kong, en el Calafate y en muchos otros lugares y ciudades a las que estoy deseando volver con ella, para descubrirlos de nuevo, a través de sus ojos.

A sus dos meses, es poderosa. De repente, sonríe y sube el bitcoin. O baja, que hoy en día nunca se sabe, pero pase lo que pase, es todo gracias a Lola. Ella mueve las mareas, azota a los malvados y riega con su ternura todos nuestros malos sentimientos hasta hacerlos desaparecer. Es una fuente inconmensurable de amor. Todo lo puede, todo.

Tendríais que verla dormir, casi siempre con un ojo medio abierto, atenta a un mundo que aún no conoce y que le espera con ganas. Y, sobre todo, tendríais que verla despertarse. No hay explosión de alegría mayor que ésa.

Muchos días, de repente, abro un ojo en mitad de la noche y me doy cuenta de que no duerme. Sólo puedo distinguir un ligero crepitar de sábanas, quizá un breve gorjeo, casi inaudible, pero no necesito mucho más para saber que Lola está despierta. Entonces, entro en su cuarto y ella se gira, me mira y sonríe con todo su pequeño cuerpo, casi con vergüenza, pero con un entusiasmo indescriptible, como si llevase toda la vida esperándome, tal y como yo le he esperado a ella.

He pasado madrugadas enteras conversando con Lola.

Yo le hablo de música, de lugares a los que vamos a viajar, de gatos o de Alcoy, porque ella ha nacido en Madrid y aún tiene que aprenderlo todo sobre sus ancestros, y Lola me mira, sonríe y balbucea, como queriéndome responder que sí, que me comprende, que está de acuerdo conmigo y está deseando aprender a andar y a hablar. Quizá lo que quiere decirme es que tiene sueño, que no entiende nada porque hablo raro, que soy un coñazo y, en fin, que “mira, te lo digo sonriendo para que me dejes tranquila. Vete a la ducha, que ya se ha hecho de día y en algún momento tendré que volver a dormir, que es lo que se supone que tendría que estar haciendo ahora”

Porque un día, cuando haya aprendido a andar y a correr y a alimentar a los gatos y a despejar incógnitas, y sepa conversar sobre vinos, viajes y el género musical de mierda que sea que sustituya el reggaetón dentro de 20 años, dejará de estar de acuerdo conmigo y se forjará una vida lejos de mí. Este pequeño ser, tan cálido, tan lleno de vida, que ahora me permite abrazarle y acurrucarle entre mis brazos, que cierra con fuerza sus puños sobre mis dedos y llora cuando no sabe qué demonios hacer, algún día, pronto, dejará de hacerlo, y es bueno que así sea.

Pero ahora tiene dos meses y es poco más que un trozo de carne rosa, limpia y tierna que llora, gime, duerme y hace que me estremezca sólo con abrir los ojos o acompañarme con los pies mientras toco el ukelele, así que no voy a dejar pasar esta oportunidad de quererle con todas mis fuerzas y ayudarle a ser la mujer que quiera ser.

Traer al mundo a una nueva persona, educarla y darle las herramientas que necesita para construir su propio futuro es un reto nuevo para mí. Estoy en parte emocionado, en parte expectante y en parte aterrorizado, porque hasta ahora he construido mi vida como un aluvión, amontonando experiencias, fracasos y alguna que otra victoria, sin criterio y por puro azar.

No sé si ésta es la mejor forma de acompañar a una mujer del siglo XXI durante sus primeros años de vida, pero Lola, querida Lola, te prometo que vas a divertirte, a experimentar cosas distintas y a conocer un mundo que vas a querer comerte todos los días, porque es tuyo y te está esperando para que lo abraces como yo te abrazaré a ti mientras me dejes.

Bienvenida, Lola. Te quiero. Hagamos que valga la pena.

LOLA
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